Se cumplen cincuenta años de la publicación de uno de los libros de historia más influyentes de nuestro tiempo. El queso y los gusanos sigue siendo un referente, una forma de hacer, un lugar seguro al que volver en tiempos de miedo, duda e incertidumbre. La pregunta es inmediata: ¿cómo es posible que la vida de un molinero del norte de la Italia del siglo XVI pueda convertirse en lo más parecido a un best seller historiográfico, en un texto aclamado incluso por los peores críticos de todos los tiempos? La razón no es única ni se esconde en un golpe de suerte; su creador, Carlo Ginzburg, construyó un túnel para conectar pasado y presente a través de una interpretación múltiple, que se basa, en realidad, en la lectura que cada persona puede hacer del libro. Esa es su gran aportación y significado, y tal vez por eso no pasa de moda y envejece tan bien. Desde su publicación en 1976, El queso entró a cuestionar frontalmente el relativismo posmoderno, muy en boga por entonces, que ridiculizaba el tiempo y la historia tanto como el propio concepto de verdad. Hoy sigue siendo un mapa para navegar por los mares identitarios y la manipulación del pasado de nuestra era, un antídoto contra ese mismo grial que llamamos postverdad.
Todo está en este pequeño libro y su protagonista, Domenico Scandella, alias Menocchio, que fue condenado a muerte en 1601 por la Inquisición, acusado de herejía y de renegar de la fe católica. Nada particular en la época, de no ser porque sus palabras suponían conocimientos que un simple molinero no podía tener. Los dos procesos judiciales que se abrieron en su contra concluyen que estaban enraizadas en antiguas tradiciones paganas que, sumadas a un conjunto de lecturas prohibidas, dieron origen a su cosmovisión del mundo. Lo realmente increíble es que aquellas visiones o ideas existían realmente, pero solo dentro del mundo exclusivo de letrados y académicos de la época.
El queso y los gusanos (metáfora de tal y como imaginaba el cielo Menocchio) fue el precursor de una corriente que comenzó a ser definida como “microhistoria”. En el prefacio, el autor se inscribe en los estudios de cultura popular, que los historiadores sociales británicos habían definido una década antes como “historia desde abajo”. Sin embargo, aquel extraño molinero comprendía y citaba viejos textos desaparecidos escritos en latín; no representaba, por tanto, ninguno de los parámetros propios de su clase o estatus social. En esta encrucijada, Ginzburg dejó atrás la senda de la teoría y se adentró en las fuentes de archivo. El proceso inquisitorial era un documento excepcional que podía resultar normal, justamente porque era relevante. Aquel camino, el de seguir piedra a piedra, documento a documento, las pistas y los indicios, dio sentido a todos aquellos casos de los que no sabemos nada, que no dejaron huella, es decir, la inmensa mayoría de la población a lo largo del tiempo.
El motivo, la rueda que hace girar el discurso del molinero, no es el territorio, ni una clase o grupo social, sino el propio sustrato de la cultura popular. Su realidad cobra sentido en el marco de una tradición en la que confluyen mitos de distinta naturaleza, que le han sido transmitidos tanto por vía escrita como por tradición oral, desde lugares y tiempos muy lejanos. En ese universo de referencias cruzadas, híbrido y de mestizaje, su región natal no importa, es apenas una coordenada geográfica. El mundo de Menocchio aparece poco a poco, a través de un descenso paulatino en la forma de mirar, de observar: la reducción de escala. El problema que plantea El queso y los gusanos, por tanto, no solo es cómo construir un relato, sino, sobre todo, cómo transmitir los resultados de investigación. Ginzburg introduce para ello dos niveles de escritura: una para el lector más amplio y otra académica para criticar las fuentes que introduce en el propio texto. La estrategia básica de la microhistoria pasa por incorporar la investigación, la metodología, a la narración. El giro es radical porque deja de escribir tan sólo para un grupo reducido de especialistas. En sus propias palabras, “podremos interesar a personas que no son profesionales si compartimos con ellas no solo el resultado de la investigación sino también el camino recorrido para llegar hasta él”. Por todo ello y mucho más, en definitiva, hay que volver Ginzburg, para sentir la historia y el estudio del pasado más como una aventura que como una pesada carga banal.


Una síntesis con sagacidad de la obra de Ginzburg