Hay que ir con cuidado por la Casa de Fieras: las criaturas tienen la mala costumbre de escaparse de sus libros y campar a sus anchas por los pasillos y salas de la biblioteca. Ya me había dado cuenta la vez anterior que estuve en el Retiro, firmando libros en la feria. No me había percatado de que muchos de esos personajes habían nacido de aquel rincón y volvían a su redil después de deambular unas horas a la intemperie. También he notado algo más: hacen que el tiempo vuele, que se escape de los relojes y se ancle en esa vertiginosa rueda que es la propia existencia. Lo percibo en la nuca y tras las orejas, hoy, más de un mes después de la última presentación a la que asistí allí, en la sala grande. Fue la de Rafael Caunedo. Recuerdo que entonces le dije a Zoe que llevara cuidado al caminar, que se andara con mil ojos, porque podía pisar cualquier cosa. A Evan y a Lita ya las había advertido. Lito lo sabía de sobra. Él ya ha ido casi media docena de veces.
El acto transcurrió sin el menor incidente. Las bestias se agolparon en la entrada, donde el vigilante de seguridad, más que acostumbrado, las retuvo para evitar que asaltaran a los asistentes con historias que no venían a cuento. Los hombres pájaro se acomodaron en las ramas del exterior para disfrutar de la charla entre Rosa y Rafael sin formar parte de la muchedumbre; no les gusta mezclarse con pingüinos de ascensor ni les caen muy bien las mujeres elefante ni los insectoides culturetas. Tampoco se llevan demasiado bien con los libros voladores que van de una estantería a otra ni con las ratas que devoran historia tras historia en los miniescritorios de las esquinas o bajo los anaqueles. Monse ya me había advertido de la fauna que pulula por Madrid y de todos esos que se mueven entre los libros. Después de unas firmas, varios besos y apretones de manos, nos escabullimos en busca de unas cervezas por el Barrio de las Letras y un paseo por la Cuesta de Moyano.
Fue un día ajetreado. El sol, que anticipaba una Pascua calurosa, nos quemó la nuca. Había demasiada gente. Caminamos demasiado. Caímos reventados hasta el día siguiente. Hubo madrugón para acompañar a Lito y Lita de vuelta a Alicante. Cogían el tren a las ocho y poco. Teníamos una hora y pico por delante en el metro. Al principio íbamos solos, algunos currantes y cuatro gatos que regresaban de fiesta. En el cambio de estación se subió un panda con los ojos ribeteados de negro y sonrisa bobalicona. Tenía la mirada triste, llorosa. Se arrodilló ante quienes estábamos allí y nos contó su historia: que llevaba no sé cuánto tiempo sin comer, que tenía los dedos ensangrentados de tocar la guitarra para intentar llevarse un mendrugo a la boca, que había intentado ganarse la vida de mil maneras pero siempre había salido escaldado y ahora se encontraba en la calle. Como muchos otros (muchísimos en Madrid y cada vez más en todas partes) pedía unas monedas. No se dio cuenta del tiburón-cocodrilo que dormitaba como un vaquero del salvaje oeste en la esquina, con el cuerpo estirado sobre cuatro asientos, las botas militares llenas de cicatrices y la gorra con la visera rasgada cubriéndole media cara. Le faltaba la ramita entre los labios y mascar tabaco. No lo necesitaba; las pistolas las llevaba bien cargadas. Fingía indiferencia, pero pronto nos dimos cuenta de que bajo la piel, esa sangre fría rumiaba odio e ignorancia. Mala combinación.
El vagón empezó a llenarse. Se ocuparon todos los asientos, excepto aquellos que ocupaba el tiburón-cocodrilo. Permaneció con los ojos ocultos por su propia sombra en una calma que se antojaba tensa y peligrosa. Se pasó lo lengua por los dientes, afilados, dispuestos a cerrarse sobre su presa a la más mínima oportunidad. Los pandas y los tiburones-cocodrilo no se llevan bien. En cuanto el panda entró con su agonía, vimos el brillo de esa sonrisa en el rincón y anticipamos que, en cualquier momento, podía desatarse la tragedia. El recién llegado se guardó las monedas en el bolsillo de su pantalón sucio. Casi nadie llevaba efectivo. Hoy en día es lo normal. El tiburón-cocodrilo quebró el discurso del panda con una pregunta. «¿Y tú por qué luchas, eh?». Eso fue lo que dijo. Ni siquiera se incorporó; solamente retiró la gorra para que se le vieran los ojos y lo miró avieso, turbador. El panda se encogió de hombros. «Yo lucho por sobrevivir, por el día a día, que ya es bastante», creo que le contestó. Al tiburón-cocodrilo le faltó escupirle a los pies. «Tú no sabes lo que es luchar. Hay que luchar por lo que uno quiere y, si hace falta, darse de hostias por ello. Porque eso es lo que hay que hacer». Se lo dijo con desdén. Se creía el tiburón-cocodrilo un luchador nato. Decía defender sus derechos y, sin embargo, allí estaba, estirado sobre los asientos del metro mientras otros permanecían de pie. Cuando el panda abandonó el vagón, el tiburón-cocodrilo arrugó la nariz y lo llamó hippie. Luego se recostó con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos escondidos bajo la visera y los dientes apretados en una sonrisa de triunfo. Todos imaginamos la sangre que habría empapado sus nudillos de haberse demorado el panda solo unos segundos en bajar. Creo que también todos pensamos en que el tiburón-cocodrilo apenas necesitaba una excusa para usar los puños.
Nos bajamos dos o tres paradas después del incidente. Lito y Lita cogieron su tren y yo regresé de vuelta a la estación del Pradillo. Aproveché para terminar El cuchillo en la mano, el primer libro de la trilogía de Chaos Walking. Entre página y página veía subir y bajar a los chavales que volvían a casa después de una noche loca. Abrí el oído para escuchar. Excepto algunos jóvenes que hablaban sin tapujos de lo que se habían metido esa noche para evitar los asteriscos, la mayoría iba en silencio, una marabunta amodorrada por el cansancio o adormecida por el alcohol y otras drogas. No me llamó la atención, sin embargo, que nadie tuviera un libro en las manos. Era una práctica que se estaba perdiendo. Los dedos subían y bajaban haciendo scrolling. Unos pocos, los que iban a trabajar, tenían la mirada fresca y la barbilla alta. Los que buscaban la cama, apenas tenían ojos y la barbilla les descansaba sobre el pecho hundido. Y yo… Yo tenía sueño. Y hambre. Llegué sobre las nueve. El tiempo es una víbora escurridiza. Tanto como lo son las fieras del Retiro. Esas criaturas inquietas e insomnes. No todas regresaron a sus libros. No todas se quedaron confinadas entre aquellas paredes. Cuando Lito abra la maleta —porque estoy seguro de que aún no lo ha hecho— no solo estará llena de sueños.


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