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5 poemas de Cierta edad, de Sara Toro

5 poemas de Cierta edad, de Sara Toro

Solo el tiempo envejece las cosas. Las maltrata o las bendice. Se mide en la experiencia del cuerpo, el espacio o el devenir de la naturaleza en relación con el mundo, con los otros o con una misma. Y es que, cuando llegamos a cierta edad y ya no podemos seguir fingiendo lo que verdaderamente somos, el calendario viene a recordarnos que el pasado es el futuro del que no supimos o no quisimos ser cómplices.

A continuación, ofrecemos 5 poemas incluidos en Cierta edad (Cuadernos del Vigía), de Sara Toro.

***

Carrusel de hipótesis del morirme

Que me voy a morir,

piensan mis padres cada vez que mi cuerpo

deja un rastro defractario

en cielo extranjero,

o viajo en un vehículo que no conducen

sus pies,

sus manos,

la espalda recta

de sus decisiones.

Tampoco yo contemplo que sus dedos de tubérculo

alejado del agua,

o que su cintura kintsugi de Supergen setentero

estercolen la tierra antes que yo,

fruto último de su cosecha

arrancado verde

y exportado

para alimento de otros.

 

Si les precedo,

enterrarán de mí

la parte que no conocen.

Me vestirán con un jersey incómodo

e informarán de la tragedia a familia

y amigos varados

en el muelle de la infancia.

 

Yo que siempre fui

de vagabundeo

requeriré de hombros de hombre

y fémur-clavícula de mujer

para gestionar la materia fungible

de mi cuerpo.

(Ojalá se salven de la tragedia

algunos dedos manchados de carmín

y las córneas).

A mis ascendientes legaré

una sucesión intestada de perros

y amantes callejeros

que acariciará el agujero negro

de la historia.

Sobrevivirán,

inexplicablemente,

muchas de mis plantas de interior.

 

Alguien dirá tras mi funeral:

Me encantó. Lloré.

 

Mi fantasma arrepentido

de haber tardado tanto

en volver a casa,

tratará de atravesarse el lóbulo

con un zarcillo.

 

Pasará el pendiente,

la muerte pendiente

 

pasará.

***

El magnolio

Comía serrín con harina.

Sopa de cinturón.

 

Mis libretas y el perfume de mi padre.

 

Antes del serrín,

las manos iban al pan y a las libretas,

a los pañolitos y a los picaportes

iban mano contra mano:

plas, plas, aplauso magiar.

 

La espalda acariciaba por su parte

lateral

el tronco de un pino.

Por mor de besos, flor de cerezos,

a la boca le rimaban los versos.

A la mano izquierda,

un dedo le engordaba alrededor

de un anillo.

Anémonas en ramo le pendían.

Alfombras de arroz y pétalos

para los pies.

 

Las palmas de la mano no amasaban aún

serrín con harina.

 

Las palmas que trenzaban sandalias

y sillas para el verano

viraron sus estípites a la derecha.

Las datileras eran metralla de Dios ahora

y ya fueron siempre

obligación de Domingo de Ramos

para los balcones.

 

Yo escribía en mis libretas

las notas de corazón del perfume de mi padre.

 

Se pensaba en el barrio que eran rosas,

como un camino de rosas,

las flores agostizas de las buganvillas

que asaltaban las tapias

para colarse en las bodas.

Se pensaba ya por púrpura y rosa-

rio, que jamás delatarían

a los claveles

ni a las gitanillas.

 

Tuve que tachar

los nombres de mis amigos de las libretas

y esconder el perfume de mi padre.

 

En las tardes largas de ciprés,

cuando ya no era posible distinguir la sangre

del vino,

el cielo acompasaba la pantomima del aire

sobre la ropa —invariablemente negra—

de los tendales.

 

Magnolio que miras a los pinos que cobijan

la espalda de los muertos.

Ellos esperan tu flor —bandera blanca—,

pero no tu fruto.

Magnolio claro

que no puedes ser un claro de bosque,

cuéntales cómo me he tragado mis anillos

y he intercambiado el perfume de mi padre

por serrín y harina.

***

De abundantes carnes

Mi fábrica de baile no cabe en tu corazón pequeño.
Joe Crepúsculo

Ofelia deshojada
tumbada en la hierba con tribunales carnívoros.

Traian T. Coșovei

Nos, ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos.
Capella os ossos (Évora, Portugal)

 

Pequeño hombre que entre

clavícula y esternón

guardas monedas,

¿pretendes ofenderme acaso

con el excedente de mi carne? ¿Has nacido

tú, acaso, de la arista

de una pirámide,

del perfecto ángulo del compás

de Vitrubio?

 

Dices gorda

amasando su veneno semántico

como si no fuera

el nombre del pan

con que los mexicanos

honran a sus muertos,

como si no hubiera sido

la moneda perra

con que pagaron las tumbas

de los tuyos.

 

Little man, tu corazón enterrado

enflaquece

a la triste sombra

de un triste arbusto.

Apartaría la tierra con mis dedos gordos

para que disfrutases

el desparrame

de mi tronco entrenado

en la disciplina celestial

del dolce far niente.

Mis abultados índices

destriparían los terrones

que atascan tu oído

para regalarte la sere-

nata renacentista

que, muslo

contra muslo,

 venera mis estrías:

 

Joyas, nácar, vetas de liquidámbar,

rayos de Zeus en braille redactados

que de brazo a seno yacen tatuados

como letra de códice en gutiámbar.

 

Tus manos sarmentosas esperan

que tras el concierto

les ofrezca un tórax breve,

un culo-colina,

una meseta por vientre,

pero un cuerpo que ofende

la voluptuosidad de otro cuerpo,

no ha de gozar molicie alguna.

 

Pequeño hombre, esqueleto futuro,

la carne de la que hoy huyes

también será hueso.

Quedará un tuétano jugoso

que jamás rozará tu lengua

y que será festín

para romanos y gusanos.

***

Ciervos en la playa

Aprovechó nuestro encierro

para pasear por la calle y llegar

hasta la arena.

¿De qué otra manera

podría haber llegado un ciervo

a la orilla?

Yo lo vi.

Siempre hay alguien que mira,

graba y muestra,

aunque sea de lejos.

Corría por la ribera

de mi infancia

esquivando las olas.

Se bañó,

sacudiéndose después el agua

de una forma familiar,

casi canina.

 

Pasó un verano, o dos

—nadie recuerda—

y volvimos a pasear por una playa nueva,

una playa que

terremotos lejanos,

miocénicos,

habían hecho inaccesible por tierra.

Antes que a paseantes

y bañistas

la playa recibía desde el cielo

los escombros

de la ciudad.

Cenefas viejas de azulejos rotos con frutas

pintadas. Un ciervo.

¿De qué otra manera

podría haber llegado un ciervo

a esta playa?

Lo recogiste porque ya no era basura,

sino un souvenir que el mar

había dulcificado.

 

¿Tu ciervo

podría ser mi ciervo

sin que nunca

nos diéramos cuenta?

***

Crudo de Libia

Si estuvieran más cerca de la costa,

no parecerían dos manchas

de óxido

estos buques que traen crudo

de Libia.

Desde aquí

puedo jugar a

retenerlos

entre mis dedos

como en un paso

aduanero.

No así al hierro

fugitivo

de mi cuerpo, que mancha

de óxido la ropa

cada mes

y se diluye en el mar interior

del lavabo.

Mi herrumbre esquiva

las fronteras.

—————————————

Autora: Sara Toro. Título: Cierta edad. Editorial: Cuadernos del Vigía. Venta: Todos tus libros.

BIO

Sara Toro (Córdoba, 1984) es profesora en el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Granada, ciudad a la que ha vuelto tras siete años residiendo entre Serbia y Hungría. Ha publicado el poemario Souvenir (La Bella Varsovia, 2009) y la plaquette La escombrera (Diente de Oro, 2010). Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano y han aparecido en diversas revistas y antologías. En 2022 recibió el I Premio Paqui de la Rosa de poesía dedicada a la naturaleza.

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