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Un rey reo de un río

La ilustración de la portada —donde, por cierto, por las razones que fueren, no aparece completo el cuadro que se representa—, de la que ahora se hablará brevemente, le hace justicia al libro. Y a la inversa. Galaxia Gutenberg suele cuidar mucho su presentación —los ojos, advertía Saramago, son el único lugar donde, tal vez, exista el alma—, y bien que se nota.

Se trata de la obra titulada Retrato de un niño de la corte española, que lleva la firma de una pintora tan excelente como desconocida: Sofonisba Anguissola, que vivió, entre Italia y España, entre 1535 y 1626. Una larga y muy sustanciosa vida de la que viene siendo considerada, unánimemente, por los expertos como la primera mujer pintora con éxito del Renacimiento.

Se cuenta, además, que al margen de pintar al mismísimo Felipe II en la corte española —hablamos del famoso retrato del monarca que había sido atribuido a Sánchez Coello— conoció personalmente en Roma a Miguel Ángel, quien, para poner a prueba su destreza, le pidió que pintara un niño llorando, lo que se tradujo en una de sus mejores producciones.

"La fuerza de Cortesanos radica, sobre todo, en su portentoso lenguaje, que, a veces, roza lo chulesco, como si se tratara de un sainete de don Ramón de la Cruz ambientado en Lavapiés"

La mirada, un tanto inquisitiva y curiosa, de este jovencito cortesano, ataviado con ropajes propios de su condición social, lo dice todo; con lo que es fácil imaginárselo correteando por los largos pasillos y las amplias estancias del desaparecido Alcázar madrileño, el palacio residencial de los Austrias desde los tiempos de Carlos I, y lugar en donde va a desarrollarse buena parte de los hechos relatados en esta espléndida novela de Longares.

Porque es allí, precisamente, en el Alcázar, donde el monarca se reúne con sus asesores y ministros, no con el fin de aliviar las muchas penas de los ciudadanos de un país en decadencia, sino para debatir asuntos fundamentales del Estado, como lo relacionado con el mundo taurino, donde el rey y sus consejeros estudian a fondo la influencia de la predestinación divina en el auge y declive de las corridas de toros.

La fuerza de Cortesanos radica, sobre todo, en su portentoso lenguaje, que, a veces, roza lo chulesco, como si se tratara de un sainete de don Ramón de la Cruz ambientado en Lavapiés, en el Madrid más castizo y molón, mucho antes de la Movida, lo cual no resulta demasiado extraño si tenemos en cuenta las habituales cualidades del autor que firma la obra. La prosa limpia y elegante, en donde no falta la ironía y la parodia, de este relato deja paso a unos versos machacones y ripiosos que nos recuerdan a los del poema “Garrote vil” —“El patíbulo destaca / trágico, nocturno y gris; / la ronda de la petaca / sigue a la ronda de anís”— del grandísimo Valle-Inclán, autor que es toda una referencia en la presente novela en donde se aprecia el trampantojo y reina lo esperpéntico. Versos que, en su mayor parte, son atribuidos al “poeta chirle” fray Natalio, acostumbrado a la disertación rimada que tanto gusta a un público ansioso de emociones fuertes.

"De lo que se trata es de buscar la manera de que la Corte tenga su propio mar y no depender de un esmirriado río que si adelgaza se borra"

Pero el pueblo simple y llano, que aparece unos metros más allá de Palacio, representado por unas cuantas lavanderas en cuyo trasero ha puesto el rey sus ojos, también tiene su parte de culpa y es responsable de esos pareados que corren de boca en boca por todos los mentideros de la Corte, y se hacen eco de ellos en las temibles gradas de San Felipe, en donde se despelleja a todo quisqui. La religión, los curas y, sobre todo, el rey son los protagonistas de estos picantes versos que parecen inventados por un goliardo desafinado y ocioso o por un viejo juglar, borracho y extremadamente golfo: “El soberano patina, la reina desafina y la menina nos tensa la minina. ¡Una escabechina!”.

En tan escaso número de páginas —poco más de un centenar—, Manuel Longares se ve precisado a afinar mucho a base de certeras pinceladas que le dan a la obra un inequívoco aire impresionista, como si el lector se viera obligado a componer por su cuenta las piezas sueltas y las elipsis deliberadas. ¿Se trata, en el fondo, de una novela en clave, uno de esos relatos, tan apreciados en otra época, en donde se retratan a personas verdaderas bajo una apariencia de ficción? Este asunto no habría que descartarlo del todo. De hecho, gran parte de la acción se centra en la conducta, un tanto frívola y poco decorosa, del rey, que sale algo esquilado del acero verbal del poeta. El monarca, que destaca por su llaneza, sufre el rascado frenético provocado por su ardorosa actividad sexual fuera del matrimonio. Fray Natalio es quien sospecha que “nuestra monarquía se funda en practicar la coyunda con obstinación rotunda”. Y más adelante otro de los personajes asegura, sin cortarse un pelo, que

“Desde que el mundo es mundo
y la Biblia va en verso,
los reyes cada segundo
fornican con el universo
para cumplir con su misión
de traer sucesión”.

Y por si todo ello fuera poco, el rey es reo de un río que pasa, con más pena que gloria, por la Villa. Porque de lo que se trata es de buscar la manera de que la Corte tenga su propio mar y no depender de un esmirriado río que si adelgaza se borra, un río con más ínfulas que sustancia, un río —ético de corriente, que diría Quevedo— que por quererlo casto se volvió estéril; pero que, a pesar de todo ello, es la metáfora de “un mundo a la deriva y sin dos dedos de frente”. Algo así como el Jarama de la novela de Sánchez Ferlosio, salvando las distancias y dejando a un lado los aspectos sociales.

"Longares hace añicos la unidad temporal y, de ese modo, también nos invita a un paseo por la bohemia y la golfemia madrileña"

Mientras que fray Natalio defiende la identidad del río, el simbolismo histórico y castizo de sus escasas aguas, en donde las lavanderas de Madrid hacen su colada ante la mirada atenta del rey, que no pierde detalle, desde una de las ventanas del Alcázar, el mar, por el que apuesta el francés Próspero, que también asesora al monarca, representa el progreso. Y en eso consiste el eterno debate entre uno y otro, fray Natalio y Próspero, que personifican la lucha entre la fe y la razón, el sentido común cortesano y la vida entregada a la contemplación y al rezo. Retórica frente a Ilustración, como sucedía en esa novela de Pérez-Reverte, de tan grato recuerdo, Hombres buenos, en donde asistimos al mismo toma y daca entre el bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro de Zárate, enfrascados en una lucha dialéctica durante una Ilustración española que no pudo ser del todo.

En la obra, pese a, insisto, su escaso número de páginas, Longares hace añicos la unidad temporal y, de ese modo, también nos invita a un paseo por la bohemia y la golfemia madrileña que se reúne en los cafés de moda como el Fornos, uno de los favoritos de Baroja. Sin que falte a la cita la crema de la intelectualidad: un Ramón Gómez de la Serna con sus greguerías en la gruta del Pombo, un Valle-Inclán en La Granja de Henar, y la condesa gallega y su ratoncito novelista, sin olvidar el “cráneo privilegiado” de nuestro filósofo Ortega, ya suficientemente parodiado por Martín-Santos en Tiempo de silencio, que, “mientras escribe en su despacho sobre la caza con perros, advierte a su circunstancia de enterados que percibe ladridos de podenco, alano, sabueso o lebrel”.

“Para entender la monarquía —insiste el retrógrado e hiperbólico fray Natalio, temeroso de que los vientos del progreso, que llegan a rachas desde la vecina Francia, acaben con nuestros más ancestrales vicios y tradiciones— hay que tener sangre fría”. Y paciencia. Mucha paciencia.

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Autor: Manuel Longares. Título: Cortesanos. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.

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