Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 9 de mayo de 1936: Lamentación de Gil-Robles
En cualquier ciudad española siempre hay una calle donde, cada tarde, entre seis y nueve, pasean señoritos y señoritas. En Madrid tenían la calle de Alcalá o «c’Alcalá», que diría Arniches. Allí los buenos burgueses tendían a amontonarse, un poco como el ganado de una feria, en palabras de Ilya Ehrenburg. Era la continuación del tradicional paseo de damas de la nobleza durante el siglo XVII, cuando hacían la rúa por la calle Mayor, solo que trasladado más acá de la Puerta del Sol, siguiendo el crecimiento urbano.
—Qué locura… —Saliendo de la calle Velázquez a Alcalá, miró las negras verjas del Retiro desde la acera de enfrente. La borbónica puerta de Alcalá se perfilaba calle abajo. El sol bajo la golpeaba desde el otro lado. Quedaba a contraluz y su sombra se extendía hacia el este. Había cerca varias camionetas de militares—. No podía elegir otro marco… —musitó.
—Será porque en el Congreso no caben todos los compromisarios, José María —dijo su mujer, la discretísima Carmen Gil-Delgado. Y era cierto que el Congreso quedaba pequeño para acoger a la asamblea mixta de diputados y compromisarios, en número igual al de diputados, que debían participar en la elección.
Carmen calló, temiendo que a su marido se le disparasen los celos. Todo Madrid era consciente de que a Gil-Robles se le había pasado el momento. Desde la reapertura de las Cortes, el diputado que concitaba más apoyos entre las derechas era Calvo Sotelo, y a Gil-Robles se le iba poniendo cara de perdedor.
Ya se sabía que Indalecio Prieto iba a ser llamado por Azaña para formar Gobierno. El socialista pretendía remodelar los mandos militares y además poner en marcha planes masivos de obras públicas que le hubiera gustado impulsar a él. Don Inda aspiraba a presidir el Consejo de Ministros. Pero para ello debía contar con la aprobación del grupo parlamentario socialista, controlado por su rival Largo Caballero. En cuanto a Gil-Robles, Indalecio Prieto ya no lo consideraba rival y se permitía decir en público que era un excelente parlamentario, mediano guerrillero y mal gobernante. Casi un epitafio.
—¿Crees, José María, que podrá contener la revolución?
—¿Azaña? Le falta temple para que no le rebasen los extremos. Y le sobra escepticismo. Al final es un hombre de dudas, querida. Ahora mismo, el papel que le asigna el Frente Popular es la incorporación de las clases obreras a la gobernación del Estado, que se está realizando a pasos agigantados por doquier. Pero la empresa le arredra. Y como en el fondo es un liberal decimonónico, prefiere retirarse de la lucha, para presidirla como juez de campo antes de que empiecen las convulsiones.
—¿Y don Niceto?
Al líder de la CEDA le costaba oír hablar de Alcalá-Zamora sin que un rictus le torciera la boca. Todavía sentía el escozor de aquella disolución de las Cortes con la que le había robado la posibilidad de formar un Gobierno, como le correspondía como líder de la entonces mayoría parlamentaria.
—Don Niceto aprendió demasiado bien de Alfonso XIII eso de divide y vencerás —murmuró—, la vieja práctica inveterada de la monarquía. La aplicó a rajatabla hasta que se ha quedado sin apoyos, y ha pagado su exceso de ambición intrigante.
Aquello también sonó a epitafio.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: