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11 de mayo de 1936: Un nuevo presidente de la República

11 de mayo de 1936: Un nuevo presidente de la República

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 11 de mayo de 1936: Un nuevo presidente de la República

¿Cuánto falta?

—La Comisión ha salido a buscar a Azaña a su domicilio. Debe estar al caer.

En el salón de Plenos del Congreso, el estadounidense Claude Bowers resopló con fastidio. Él y una veintena de embajadores aguardaban en una de las dos plataformas instaladas a uno y otro lado de la tribuna presidencial. La otra la ocuparon los generales del Ejército y la Armada, que andaban inquietos.

"Todo estaba previsto para dar un máximo de dignidad a la toma de posesión del nuevo presidente de la República"

Empezaba a saberse que el general Franco había respondido con un «Cállese majadero» al viva a la República proferido por el gobernador civil durante una recepción que Franco, como comandante militar de Canarias, ofreció al almirante y a varios oficiales de la Marina. Al parecer, los marinos se habían exaltado, entre gritos de: «¡Que embarque, que embarque!», y a punto estuvieron de llevarse en volandas a Franco al Jaime I, para iniciar un alzamiento. Por algo empezaban a proliferar en Tenerife pintadas de FUERA FRANCO.

La larga mesa del presidente había sido sustituida por otra más pequeña. Las dos plataformas las cubría una gran alfombra con ribetes de oro que se usó, en su tiempo, cuando el rey se presentaba en las Cortes. Las cortinas de la puerta por la que el monarca subía a la tribuna permanecían descorridas. Y detrás de la mesa, oculto por cortinas idénticas, se hallaba la hornacina donde —¡cuán lejanos parecían los tiempos de la monarquía, y no habían pasado ni cuatro años!— estuvo el trono de Alfonso XIII. Todo estaba previsto para dar un máximo de dignidad a la toma de posesión del nuevo presidente de la República.

A medida que los diputados fueron entrando en el hemiciclo, los embajadores observaron sus reacciones. Entre los socialistas, el moderado Julián Besteiro, con su aspecto de lord inglés, parecía razonablemente contento. Conversaba con naturalidad con los compañeros. El gesto de Largo Caballero parecía menos agrio, igual que el de Indalecio Prieto. En cambio, Fernando de los Ríos tenía un aire solemne.

La mayoría de los republicanos, por su parte, iban de gala y con pajarita.

—El señor presidente de la República está a punto de llegar, señorías —anunció Jiménez de Asúa, como presidente de la Cámara.

Se oyó un trote de caballos sobre el pavimento, voces de mando, agitación callejera y los diputados se pusieron en pie. Los diplomáticos fueron los últimos en imitarlos: su decano, el embajador de Argentina, era lento de movimientos.

"Prometo por mi honor cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes y defender la República"

Unos momentos después, Azaña entró al Congreso por la puerta principal, atravesó el salón de los Pasos Perdidos y apareció entre las cortinas de detrás de la presidencia por la misma puerta por la que solía entrar Alfonso XIII y que Alcalá-Zamora jamás había querido utilizar. En frac y luciendo en torno a su cuello el Gran Collar de la Orden de la República, una banda con la bandera tricolor le cruzaba el pecho.

Rebosando buen humor, don Manuel Azaña, el nuevo presidente de la República, saludó desde lo alto, con una inclinación, a los diputados, diplomáticos y, por último, a los generales. Luego se volvió hacia Jiménez de Asúa, quien leyó la fórmula ritual de promesa.

—Prometo por mi honor cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes y defender la República —contestó Azaña, con tono imperturbable y solemne.

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