Manuel Rico publica una versión definitiva (tanto que es casi una “nueva novela”, según sus propias palabras) de esta crónica de una ruptura sentimental con el telón de fondo del último franquismo y de los primeros años de la Transición.
En este making of Manuel Rico explica cómo ha escrito Los filos de la noche (Huso).
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Aunque hoy, al comienzo del segundo cuarto del siglo XXI, parezca mentira, es difícil pensar en la realidad española de finales de los años sesenta de la pasada centuria. Sin embargo, es algo obligado si uno intenta acercarse al proceso emocional y literario que dio lugar a la primera versión de Los filos de la noche, mi segunda novela, hoy de nuevo en librerías tras su descatalogación hace más de dos décadas y después de un largo y discontinuo proceso de reescritura cuyos detalles explico en el prólogo, concluido hace solo unos meses, a la actual edición en Huso Editorial. Eso hace de ella, de facto, una nueva novela.
1970 terminó con un acontecimiento dramático como el consejo de guerra de Burgos, con varias condenas a muerte de miembros de ETA que una inmensa presión social en Europa logró desactivar. Un año antes, en medio de la movilización de alumnos y profesores en las universidades españolas, el estudiante Enrique Ruano fue defenestrado por miembros de la siniestra Brigada Político Social y eran más de mil los presos políticos que permanecían en las cárceles del país. Yo había comenzado, aquel año, a trabajar como administrativo en el Banco Popular, estudiaba por las noches, y mi ocio, los fines de semana, era una suerte de dedicación militante: el cine club del barrio, la asociación juvenil, los primeros escarceos amorosos y la lectura de la literatura crítica de los 50, de los libros que llegaban a la trastienda de las librerías de la mano de un marxismo prohibido, de la poesía que comenzaban a difundir los cantautores. Era el tiempo del despertar a la conciencia, y el del amor, y el universitario, y el laboral. También el de la vocación más honda, el de los primeros tanteos con la literatura. También era el tiempo del miedo.
En los años posteriores fui dándome cuenta de que muchos integrantes de aquella generación, entre ellos no pocos amigos, había dejado parte de sus (nuestras) mejores horas en trabajar “para los otros”, en un compromiso tenaz y continuado que no entendía de debilidades ni de prioridades íntimas, ni de estados emocionales no relacionados con los empeños colectivos. El amor, el sexo, las aficiones, los libros —y en algunos casos los escritos, los poemas o relatos—, la música que escuchábamos, nutrida de cantautores, algunos paralegales, tenían una obligada proyección, casi una servidumbre, en el sueño democrático. Si no era así, desembocaban en la indiferencia o en la torre de cristal de los teóricamente “elegidos” estéticamente puros e incontaminados por la realidad.
Los filos de la noche nació en 1987, ya pasado ese tiempo de urgencias, como un ejercicio de memoria, como una reflexión necesaria y como un intento de trasladar la experiencia memorizada al espacio de la literatura. Sobre lo ocurrido y sobre las derivas y consecuencias en el plano personal. Abel y Elia son las voces por las que opté, uno y otra trasuntos de personajes reales, quizá de amigos, que dieron sentido, en unos años esenciales para el futuro democrático, a una existencia cargada de generosidad y de incertidumbres: él, un oficinista enfermo de literatura que aplazaba sin fecha su práctica; ella, una profesora amante de la bohemia, de “familia bien”, universitaria seducida por la otra cara de la ciudad: los barrios extremos, el compromiso, la militancia política, un inevitable voluntariado que relegaba para un futuro impreciso su vocación artística. En aquel mundo había una pasión complementaria: la búsqueda de una paz extraña, entre lo rural y la recuperación de tradiciones perdidas (el folk —¿alguien hoy recuerda a Joaquín Díaz, al Nuevo Mester de Juglaría?—, la pasión artesana, los ponchos sudamericanos), que en la novela se traduce en la convivencia de un grupo de amigos, durante cierto tiempo, en el refugio perdido en un pequeño pueblo de Madrid rodeado de montañas en la sierra pobre, entonces casi deshabitado, como Patones de Arriba.
Todo ello se agita en la coctelera de una narración que abordé, desde la mirada de la segunda persona y con la sombra, entonces muy en boga, de mis lecturas del Nouveau roman francés (la Sarraute, Robbe Grillet) y del objetivismo crítico de algunos autores de nuestra Generación del 50. Una novela difícil que, creo, se lee con soltura e interés creciente (al menos, tal fue mi pretensión). Que, en su reescritura, realizada sin prisas a lo largo de varios años, he disfrutado como una suerte de retorno emocional, también literario, a un tiempo de descubrimientos y de aprendizaje. Desde la madurez y desde la incierta sabiduría que da la convivencia, a lo largo de décadas, de poesía y narrativa. Ahí están, entrelazados, ambos géneros. Compartiendo espacio y respiración. En Los filos de la noche.
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Autor: Manuel Rico. Título: Los filos de la noche. Editorial: Huso. Venta: Todos tus libros.

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