La escritora mexicana Cristina Rivera Garza nos ofrece en Terrestre un libro de seis cuentos unidos por la experiencia del viaje que, vinculado al título, quizás interpreta la condición humana. Todos los personajes son adolescentes o jóvenes no integrados (aún) en el sistema social al que (no) pertenecen. Habitan los márgenes. En el trasfondo, México, su capital como exponente mayor de la constricción social, el embrutecimiento, la infelicidad. Dos chicas viajeras se detienen ante otras muchachas que suponen «una interrogación enorme y fantasmal» dado que en ellas pueden visualizar su futuro: «pobres, casadas a tan temprana edad, sólo para encerrarse de por vida en esas casas de adobe sin posibilidad alguna de ver el mundo o imaginar una experiencia distinta a la de las madres o las abuelas o las bisabuelas». En cuatro de los relatos, el viaje lo emprenden parejas; se desplazan por México o por Estados Unidos, recorren tierras yermas, recalan en ciudades pequeñas o pueblos, recorren grandes distancias bien en un vehículo propio o valiéndose de la generosidad de los conductores que se detienen a recogerlas y, a menudo, las ayudan con comida o dinero. Se nos citan lugares reales, se describe el paisaje; no se trata de viajes simbólicos.
Viajar, en los relatos, es una manera de huir para ver otras realidades, para detener el tiempo de la inmersión en una edad asfixiada por las obligaciones. «¿Pero de verdad tenemos que crecer?». Por eso, solo puede hacerse en una edad temprana, aunque esto obligue a marcharse en condiciones materiales precarias y sin una idea clara del hacia dónde. Y, a veces también, sin una clara conciencia del para qué, más intuido que sabido. El excelente cuento «Pajarracas» relata el viaje de dos muchachas que son, al mismo tiempo, aves. Alguien las interpela: «los mudantes son como ustedes, ¿ven? Las que se mudan de un lado a otro. Las que hacen su casa en otro sitio. Las que no pueden parar.» Después de recorrer cientos de kilómetros, emprenden su vuelo hacia lo alto: «volvimos a batir vigorosamente nuestras extremidades y enderezamos el vuelo, que era un puro extravío, un mucho de alimento, lo que se hace nada más porque sí. Porque podíamos.», las dos jóvenes alcanzan a contemplar nuestro planeta desde el espacio exterior; su conversación sintetiza esa experiencia: «Nos vimos a los ojos y lo admitimos en voz alta: vamos a tener que regresar en algún momento. No íbamos a ser inmunes a la gravedad toda la eternidad. Estuvimos de acuerdo.// Pero todavía no, dijimos al unísono.// Todavía no.»
El viajero adolescente necesita conocer lo que hay más allá de su mundo; porque no todo está cerrado y, en su ignorancia, se siente un extranjero, más aún, un extraterrestre. De ahí que el viaje no sea únicamente un capricho: «todo viaje es al fin y al cabo una misión, aprendiendo las costumbres de este mundo suyo tan hermoso, sí, pero tan indescifrable a veces. Tan hondo. Tan cruel.» En su identidad todavía no constituida del todo, propia de una edad temprana, cabe hacer la experiencia de la no-pertenencia, la desposesión, el anonimato y la extrañeza frente a los espacios abiertos, el mar insondable o el cielo, al que en muchos momentos alzan la mirada. Rivera Garza incluye descripciones muy logradas de paisajes que se vuelven protagonistas del relato. Esos viajes no llegan a ser iniciáticos, no llegan a integrarse en la personalidad de sus protagonistas, no terminan de revelar nada, no son acontecimientos. Se diría que la autora se detiene ahí, en la experiencia pura del ir y el volver que aún no ha fraguado en quienes los realizan. Eso explica, creo, que el viaje no cambie a los personajes, quizás contra lo esperado. O no todavía.
Otro viaje narrado es el melancólico ir de México a Belfast en recuerdo de una amiga perdida, donde la lluvia es protagonista. Otro es el de una pareja de enamorados, un relato formalmente muy sugerente en que todas las oraciones incluyen la negación y cuya interpretación acaso sea el fracaso final que, obligando a evaluar el viaje de ambos, lleva a negarlo como posibilidad fallida. «Los trenes no los subyugaban. No habían construido una cosmología interior… no subieron al tren con alborozo, habiendo no comprado boletos para Aguascalientes… No se congratularon de su suerte». Otro viaje más es el que lleva a un grupo de jóvenes a participar de una acción social colectiva en los suburbios de México D.F: construir un barrio digno para gentes sin hogar. «Que todo cambie, decimos». Hay una experiencia de movimiento también en el trabajo común, ahí sería posible adquirir una identidad, un sistema de ideas y de vínculos fuertes, el que nace de una conciencia social incipiente: «Venimos de lejos. Venimos de los libros que llevamos bajo el brazo. Venimos de las consignas que se corean en las marchas… Ardiente, la imaginación. Tullida, la imaginación.». La de quienes buscan su lugar en el mundo.
En el penúltimo relato, la narración renuncia a completar lo que falta entre jirones de la historia de una pareja, como indicando que, por más que se rastree, nunca es posible reconstruir la peripecia vital de unos seres humanos. Y el relato final, Cristina Rivera Garza lo sitúa en Alaska, adonde acuden gentes de todas partes, también mexicanas, para trabajar en las fábricas de pescado. Esos viajes son posibles porque las condiciones históricas lo permiten —condiciones que también se presentan en el relato que inaugura el libro—; y que acabarán cuando las leyes de inmigración se endurezcan. El paso de esas mujeres y hombres por las plantas industriales, movidos por la necesidad de dinero a cambio de horarios extremos y la dureza de los ritmos impuestos, abre la reflexión sobre nuestra huella en la vida. El viaje, la permanencia, los compromisos, la familia que creamos, ¿qué dejan finalmente aquí?, nos pregunta el melancólico relato «Todo se está despidiendo». Acaso que nuestra lucha y libertad sean un ejemplo para los que vendrán, como también lo son ciertos personajes que se han ido nombrando a largo del libro, reales o ficticios –la escritora Joan Didion, Carrillo Puerto, socialista indigenista asesinado o Jaime Sommers, la mujer biónica–: modelos que han servido para alumbrar el camino de los que buscan. En todo caso, encaminarnos a algo es la única respuesta a la inmovilidad que nos volvería infelices. Acaso, el viaje cesa cuando uno ha encontrado la dicha en algún lugar. Mientras tanto, lo importante no es nuestra situación de partida, como afirma la anciana que ayuda a las muchachas viajeras: «Mejor díganme a dónde van, añade, mientras el sol se oculta poco a poco y los pasajeros empiezan a cabecear. Eso es lo que siempre cuenta, dice, a dónde van.»
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Autor: Cristina Rivera Garza. Título: Terrestre. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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