Hay conceptos más persuasivos que otros. Y en tiempos de un biopic musical arrasador (en taquilla) como Michael, el documental dedicado a los Hombres G sabe jugar su propia baza. ¿Tono afectado o triste? ¿Operación de maquillaje comercial? No, no y no, por mucho que el artefacto herede el título de un film de William Wyler. Los mejores años de nuestra vida, que se estrena en cines el 8 de mayo, tiene muy claro que el verdadero concepto que aglutinan sus imágenes es simplemente la historia de cuatro amigos que un día se reunieron a tocar en el Parque de las Avenidas de Madrid.
La historia de Hombres G, desde el principio, sirve para el inevitable recorrido social por la España de los ochenta. Las imágenes del fenómeno fan no tienen desperdicio, y la grabación cotidiana de los propios protagonistas —unos chicos de la capital de distintos extractos sociales que hicieron lo que hicieron sin demasiada vista de futuro— son lo bastante irreverentes y cachondos como para despejar de un cachetazo el principal defecto de este tipo de biopics: el aroma a producto precocinado y laudatorio.
El documental dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, responsables de anteriores ejemplos dedicados a Francisco Umbral, José María García o Raphael, tiene un ritmo meteórico, ejemplar, que resalta la rebeldía y desaliño natural de los protagonistas, sin dudar a la hora de ahondar en concretos desastrosos y momentos flojos. La película, sin embargo, resulta como el grupo: extrañamente equilibrada en su apología de la normalidad. El montaje nunca da la impresión de resultar el conglomerado acortado de una miniserie, a la vez que podría dar lugar perfectamente a una edición extendida en capítulos.
La memoria colectiva (de la España de los ochenta y noventa) y la individual de sus protagonistas, los cambios culturales de un país que se adentraba en el túnel de la normalidad democrática, tiene un aroma a nostalgia compatible con el empuje musical del grupo. Ahí está la presencia como una sombra de Alejandro Sanz y otras estrellas juveniles que, tras una primera década de esplendor, comerían el terreno a un grupo destinado a regresar.
Es en ese último tercio cuando Los mejores años de nuestra vida cuenta aquello que a nadie le ha pasado: el regreso de Hombres G después de dos décadas en silencio como un fenómeno capaz de trascender generaciones. En ese tránsito, donde mil golosas subtramas podrían interponerse (cambios políticos, culturales, de la propia industria musical) la película nunca pierde el gancho inicial: la relación entre sus cuatro protagonistas, su sentido del humor y cómo la creatividad surgió de ese concepto de familia improvisada. El retrato de los últimos años del país como un cálido abrazo navega a la contra de la crispación externa que estamos ya cansados de leer en titulares y escuchar en tertulias. De modo que muy bien.



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