Que no nos engañe la masacre crítica que está sucediendo con Michael. A tenor del impacto del rey del pop todavía hoy, 17 años después de su muerte a los 50 años, y sobre todo del precedente más directo del film producido también por Graham King, la exitosísima, querida y muy problemática Bohemian Rhapsody, el drama musical podría convertirse en un éxito de taquilla. Porque, digámoslo claro, la que ha dirigido con buen pulso Antoine Fuqua (Training Day) tiene más claro que nadie lo que quiere hacer con Michael Jackson: una espectacular operación de blanqueo (y no, no es un chiste) y un show musical en IMAX con momentos realmente culminantes.
Y tiene razón, en cierta parte. Dos clímax musicales seguidos y espectaculares que ponen la guinda a, en efecto, una hagiografía que si profundiza en algo es en el impacto cultural de Jackson, su capacidad casi para someter un sistema que delimitaba el espacio a músicos de color y la constante necesidad de renacer artísticamente (que el film enlaza con su compulsión por las operaciones estéticas). Y quien espere otra cosa ya tiene ese puñado de sensacionalistas documentales encabezados por Leaving Neverland, de HBO. Está claro que King, Logan y Fuqua, materializando los deseos de la familia de Jackson, que produce el film, aprovecha todo lo que interesa, sea real, imaginado o manipulado, para reforzar el conflicto principal de la película, su única y verdadera tesis: Michael es un joven encerrado en una jaula de oro, un genio cuya evolución y verdadero valor, para su arte y todos aquellos que se beneficiaban de él, dependía de seguir siendo un niño.
Fuqua es un director lo bastante estético e inteligente para saber inyectar una cierta dosis de oscuridad en un cuento que solo tiene que ponerse un poco de perfil para virar hacia el terror. Pero, a la vez, se manifiesta convencido de que contar la historia de Michael Jackson atendiendo a sus acontecimientos sórdidos es una apuesta innecesaria. ¿Cinismo o creencia innegociable en Jackson o el poder del cine para crear un mito? Al ver la artesanía de Michael, un film ciertamente superior a Bohemian Rhapsody (mermada por los problemas personales de su director, Bryan Singer, desaparecido desde entonces), un servidor apuesta por la segunda de las opciones.
Existen segmentos en Michael que delatan verdadero oficio cinematográfico, con una muy aceptable interpretación de Jaafar Jackson, sobrino del cantante, y un ejercito de secundarios que nos convencen del interés de la carrera del autor de “Thriller”. Todo lo que rodea, sin ir más lejos, la confección de “Beat it” y la citada canción sirven a Fuqua para lanzar la película a un ritmo similar al de sus thrillers de acción The Equalizer y Objetivo: La Casa Blanca, a los que el director parece rendir homenaje en ciertas secuencias conspirativas de despacho.
El film no busca más turbulencias que el enfrentamiento del héroe infantil con Joseph Jackson (Colman Domingo), sabedor de que es la propia música de los Jackson Five y el propio Michael quien deben impulsar el relato. El qué se hará con la historia del cantante si se materializa la secuela, que narraría las últimas décadas de éste, e incluso si la decisión de hacer un mito de su imagen pública es la adecuada, lo dejamos a juicio del espectador, crítico o no. Porque en este caso más que en ningún otro biopic reciente, la opinión venía hecha desde casa.



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