Cabrón (Alfaguara, 2026), de Reynaldo Sietecase, podría haberse llamado Decálogo de las cosas de mi padre. El primer objeto al que hace referencia en su libro son los anteojos. Se destacan la guitarra, el reloj de ajedrez, los gemelos y los vinilos. Cuando se lanza a la búsqueda de esos objetos, muchos de los cuales daba por perdidos o seguramente olvidados, para entablar una suerte de conversación póstuma con el padre, se percata de que le está faltando el recuerdo de la voz. ¿Cómo es posible algo así? Sin embargo, muy a nuestro pesar, es un proceso natural ante la ausencia de ese timbre que escuchábamos con frecuencia. Un tiempo después, logró encontrar una filmación de los años noventa, cuando Reynaldo Sietecase padre compraba una videocámara y el vendedor, para probar su eficacia y cerrar la venta, lo grababa; le mostraba trucos que hoy son parte de nuestra cotidianidad. Por suerte, la voz seguía allí, infalible.
“Escribo sobre mi padre por necesidad. Para iluminar un vacío, no para llenarlo. Escribo sobre mi padre para comprender y, si es posible, reconciliar. Escribo sobre mi padre para recordar y no a la inversa. Escribo para reivindicar mi derecho a inventar una memoria allí donde sólo existe una herida.” (p.59)
La mano que sostiene el micrófono vacila mientras termina de articular estas palabras. El mandato del padre estuvo alejado de la literatura y de la historia, a pesar de haber sido un buen lector y de poseer una biblioteca importante. Los asistentes a la presentación aplauden y reconocen, en el gesto de sus manos (tan italianas) y en la pincelada tímida que se dibuja en su rostro —entre una sonrisa y una mueca de dolor—, cada palabra, cada sílaba que acaba de pronunciar.
Las cosas por sí solas, sabemos, como objetos inanimados carecen de sentido ante la ausencia de un vínculo humano, de una historia. Sietecase se aventura como un explorador para reconectarse con ellas, con las emociones que habitaron esos objetos. Reencontrarse con un objeto de la infancia abre un portal espacio-temporal como ningún otro alucinógeno. No es una puerta que muchos se animen a cruzar. Es una selva oscura, un viaje dantesco, hacia las profundidades del subsuelo familiar. Con la excusa del padre también queda al descubierto la propia memoria, las heridas que uno arrastra y el desasosiego. Es verdad, un viaje tal conlleva esa misión de enfrentar y reconciliar, como escribe Sietecase, y con suerte sanar (hacia atrás y hacia adelante): “Mi padre odiaba a su padre.” (p.105)

Para escribir se requiere de ingenio, de un conocimiento básico de la gramática y la sintaxis, así sea de oído; se requiere de una práctica constante, que algunos apodan como “hábitos de escritura” por esa cualidad maleable. Sietecase, al escribir sobre el padre, necesitó armarse, además, de una gran dosis de coraje. El padre, o lo que implica su figura, representa un enigma que se escabulle, donde significados e interpretaciones se renuevan constantemente.
Escribir sobre un tema tan personal, que se convirtió en un subgénero literario, es un acto de fe, una operación a corazón abierto con la gran posibilidad de que la cosa tome un rumbo indeterminado. Es como el viaje de Alicia “through the rabbit-hole”. Sietecase, investigando sobre experiencias literarias similares, menciona, entre tantos, a Paul Auster: “Escribir sobre él es escribir también sobre mí. Porque un padre es también un espejo, incluso si ese espejo devuelve un reflejo incompleto, o deformado, o invisible”. (p.44)
Cabrón es un libro de partes, donde no hay pérdida, como el catálogo de cosas que propone. Puede abrirse en cualquier capítulo; cada lector podría improvisar un orden, como si se tratase de un Rayuela que escarba en la psique de cada individuo.
Mi conexión personal al libro fue el capítulo del viaje; recorre una sección entera del libro y divide las aguas del índice de cosas que pertenecieron al padre. Esa búsqueda me toca de cerca. Mi sangre siciliana, mi italianidad tan evidente y profusa, aunque mestiza de influencias y culturas aprendidas que me hacen sentir de muchos lugares al mismo tiempo; ese destino original del cual proviene toda mi familia sirve de autopista para acercarme al universo de Sietecase. Esa conexión vuelve a iluminar el libro, que propone justamente ese tipo de viaje íntimo.
Me hubiese gustado que el viaje a Sicilia —organizado piadosamente bajo engaño— funcionara como un eje narrativo capaz de hilvanar el resto del recorrido arqueológico de las cosas del padre. Cabrón se define como un ejercicio de escritura; un ejercicio de lo ignoto. Una obra abierta porque, como mencioné anteriormente, no hay finales definitivos en estas incursiones donde uno se juega la piel y la cordura. Es un libro con ventajas y desventajas. En la narración sobre el padre están implícitos los temores del hijo que, a su vez, es padre, y debe desdoblarse en todas estas figuras.
El viaje a Sicilia es un intento de enmendar un eslabón roto en la cadena familiar. El odio del padre a su padre (el abuelo de Rey) por haberlos abandonado, quiebra el puente entre los orígenes italianos y el capítulo argentino. Sietecase organiza un viaje para sanar esa herida, para reconocer el sacrificio del nonno Giuseppe y restituir un vínculo con la parentela de los “Settecasi”: “Me propuse reconciliarlo, no con el impiadoso José, sino con su abuelo y con una historia que también era la mía” (p.105).
La literatura o género del padre trabaja con códigos universales, con arquetipos bien marcados. En ellos es fácil reconocerse, ya sea en Auster, Berti, Kafka, Obama, Kureishi o uno que acabo de descubrir en los puestos de libros de Parque Rivadavia: La isla del padre, de Fernando Marías. Habría que reetiquetar esos y otros títulos dentro de una “literatura de padre e hijo”, o algo similar que incluya la contracara de ese binomio.
Todos querían saludar a Rey. Se abrió un espacio para el intercambio, para un autógrafo, un abrazo o todas las anteriores. El intercambio de anécdotas y el origen compartido inspiró la dedicatoria “La sangre no es agua”, un proverbio antiguo que reafirma la importancia de los vínculos familiares.
Trazar la figura del padre, y el vínculo, es insondable, sobre todo porque se trata de un diálogo interrumpido, colmado por imágenes y recuerdos. No hay un recorrido puntual, una vía recta. Hay complejidad, pero también está demostrado que en la sencillez de un gesto vive la profundidad, esa que ilumina el vacío; una suerte de sala poblada de objetos con historias que contar.




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