La literatura de no ficción está en brote en España. Marcos Giralt ha ganado el Premio de la Crítica por Los ilusionistas, un libro sobre sus abuelos, y el mismo jurado ha considerado que El jardinero y la muerte, de Gospodínov, un libro sobre su padre, es el mejor libro en lengua extranjera del año pasado. Tal vez sea esa la diferencia principal entre la llamada literatura de no ficción o autoficción y la biografía clásica: en la primera, el autor se centra en un aspecto concreto de su vida en vez de contarla entera. Se trata aquí de hacer justamente lo contrario que Pessoa en El libro del desasosiego, donde confesaba escribir «impresiones sin nexo, ni deseo de nexo». Se trata de tener un nexo, evitando el anecdotario en que se suelen convertir las autobiografías y el carácter banalmente episódico de los diarios y los epistolarios. Y especialmente interesante, por el nexo, me han resultado Islandia, de Manuel Vilas, y Oxígeno, de Marta Jiménez.
Especialmente emotiva resulta la reflexión acerca de todo lo que no habría vivido, ahora lo sabe, si la caldera maldita (a la que la casera debería haber prestado la atención debida) la hubiera matado aquel día. «Hay amigos que no habría perdido y amigos que nunca habría llegado a conocer. No habríamos ido a Mallorca, ni a Italia, ni a Cáceres. Nunca me habría casado ni habría conocido a los hijos de ningún amigo: la siguiente generación no habría existido para mí. No habríamos ido a Ikea, ni hecho videollamadas con amigos que viven lejos, ni habríamos discutido por quién hace la compra». Yo mismo me sorprendo a menudo pensando en todo lo que no habría vivido si el 9 de marzo del año pasado hubiera muerto yo en vez de mi padre (¿cuánto tiempo continuaré haciendo esta cuenta absurda?). No habría estado en Bogotá ni en Cartagena de Indias ni en Medellín. No habría paseado bajo la nieve en Chicago. No habría visto los atardeceres mansos y dorados en el Nilo. No habría leído Oxígeno. No habría perdido a Olegario por el campo un domingo de tormenta en que se encontró con una perrita en celo. No me habría alegrado tanto cuando apareció al día siguiente (junto a la perrita). No sabría quién ganó el último Tour. No habría visto a Claudia dar sus primeros pasos.
Algunos dirán que Islandia es un libro sobre el desamor, pero es un libro sobre el poder de las palabras. Porque las palabras parecen muy poca cosa, al menos en comparación con las cosas, con los hechos. Pero las palabras son cosas y algunas de ellas son cosas muy pesadas, muy peligrosas, muy dañinas. Las palabras son hechos y algunas de ellas son algunos de los hechos más importantes de nuestra vida. Como cuando Ana Merino dice: «ya no estoy enamorada de ti». Si esas palabras fueran otra cosa, ¿qué serían? ¿Un cuchillo, uno bien afilado? ¿Una Glock 17, con la que tanto se asesina en los documentales de true crime de HBO? Y si la frase fuera otro hecho y no el mismo hecho que es, ¿cuál sería? ¿La muerte de un animal bello y tierno? ¿La muerte por intoxicación de monóxido de carbono por una caldera defectuosa que tu casera se negó a revisar?
Cuenta Joan Didion en El año del pensamiento mágico (otro buen libro sobre la muerte) el caso de una mujer que se negaba a dejar pasar a los agentes de policía porque sabía que venían a decirle que su hijo había muerto. Mientras no lo supiera, mientras ellos no dijeran la frase, había esperanza. Era la frase la que lo mataría. Como esa frase, «ya no estoy enamorada de ti», mata toda posibilidad de amor. Porque uno puede enamorar a una persona, pero no puede volverla a enamorar, no puede reenamorarla después de que se haya enamorado y desenamorado, eso es una ley básica de la vida sentimental o de la neurociencia o de algo de eso. Igual que uno puede freír un huevo, pero no lo puede desfreír, es una ley de la física o de la química, de alguna ciencia, del mundo.
Y tras la frase, viene la indignidad de la que es capaz toda persona víctima del desamor. Lo mismo da un pobre analfabeto que un premio Nadal (Cioran en Silogismos de la amargura: «Cuanto más de vuelta de todo está uno, más se arriesga, en caso de enamorarse, a reaccionar como una modistilla»). Los wasaps rastreros. El rastrero mendigar un último polvo. Los reproches rastreros que uno se había callado por tener la fiesta en paz (o sea, por amor). Y es que qué difícil es salir con elegancia de donde uno no quiere salir. Qué difícil salir sin perder el amor propio cuando te tienen que pedir que te vayas. Hay que agradecer a Vilas que lo cuente, que lo cuente todo, que no se reserve nada por eso de no hacer un regalo a sus enemigos. ¡Qué momento ese en que un segurata de una tienda de ropa lo pilla robando una camisa! Hay que agradecérselo porque siempre hay que agradecer la honradez. Y porque para qué se escribe un libro así si no es para que los demás nos sintamos identificados (¿quién no ha perdido dignidad a chorros al ser rechazado?) y consolados. Hay que agradecer a Vilas que atienda a lo que recomendaba Elias Canetti en sus Apuntes: «Di tus cosas más íntimas, dilas, es lo único que importa. No te avergüences, las públicas están en los periódicos».


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