La exposición Fotografías de guerra (1974–1985), de Arturo Pérez-Reverte, puede visitarse en el Ateneo de Madrid, en la Sala Anselma, del 6 al 31 de mayo de 2026, en horario de martes a sábado de 12:00 a 20:00 y domingos hasta las 14:00. La muestra se integra en el marco de PHotoESPAÑA y cuenta con la producción de La Fábrica, lo que la sitúa dentro del circuito institucional más sólido de la fotografía en España.
Están las dos cámaras Pentax con las que trabajó sobre el terreno (la Nikon F2, según ha contado, terminó vendida), su característico casco, la grabadora, una radio Sony y la máquina de escribir Olivetti Lettera 32. Objetos que funcionan aquí como emblema de una forma de ejercer el periodismo, hoy desaparecida.
A ese conjunto se añaden documentos que introducen la dimensión narrativa; entre otros, una crónica manuscrita, un télex y quizás el más curioso: una carta de Manuel Cruz, entonces jefe de Internacional del diario Pueblo, dirigida al corresponsal en El Cairo para que averiguara el paradero del joven enviado especial, desaparecido (no sabían si vivo o muerto) durante varios meses en algún punto de Eritrea. La exposición, así planteada, no es solo una serie de imágenes de guerra, sino un relato completo del corresponsal: lo que vio, con qué lo contó y qué quedó, en papel y en silencio, de todo aquello.
Y todo aquello empezó cuando, siendo apenas un joven periodista, Arturo Pérez-Reverte ingresó en la redacción del diario Pueblo. Allí comenzó a forjarse como reportero en un ambiente duro, de redacción rápida y callejera, aprendiendo el oficio a pie de calle. Poco después, su vocación, mezcla de inquietud, coraje y una pulsión innata por la narrativa del mundo real lo llevó a convertirse en corresponsal de guerra para RTVE, profesión que ejercería durante algo más de dos décadas, en los principales frentes del planeta.
Pero el joven reportero del diario Pueblo no solo escribía. También fotografiaba. Con sus Pentax colgadas al cuello, recorría trincheras, zonas bombardeadas, hospitales de campaña, campamentos de refugiados, y capturaba imágenes que hoy son documentos valiosos del reporterismo gráfico de guerra. Hay miles de fotografías tomadas por él (muchas inéditas, otras fueron portada y dieron la vuelta al mundo) que completan y enriquecen un territorio hoy más que reconocible. En ellas está el ojo del periodista, la mirada del testigo y también el germen del escritor que siempre fue. No son solo fotos de combate: son fragmentos de historia congelados por alguien que sabía que estaba asistiendo a escenas que merecían ser contadas desde todos los lenguajes posibles.
Con el tiempo, sin embargo, llegó el momento del desprendimiento. En uno de sus artículos, ya muchos años después, confesó que un día decidió dejar de fotografiar. Había llegado al punto en que prefería narrar con palabras. Admitió, con esa mezcla de desdén lúcido y aceptación resignada que lo caracteriza, que “de las imágenes se ocupen otros”. Desde entonces, sus cámaras durmieron en el fondo de un armario, y Pérez-Reverte se dedicó exclusivamente a contar, a reconstruir lo visto con la precisión quirúrgica del cronista, pero también con la sensibilidad narrativa del novelista.
Aun así, las fotografías permanecen. Algunas de ellas son verdaderos testimonios del horror, de la dignidad, del absurdo, del miedo. Son documentos periodísticos, pero también retratos humanos, pequeñas crónicas visuales que complementan su voz escrita. Por eso, porque en esas imágenes vive la mirada del reportero, del hombre y del narrador es por lo que esta muestra tiene sentido. No para ilustrar los textos recopilados en Enviado especial (Alfaguara, 2026) sino para dialogar con ellos, para trazar ese mapa singular que es su biografía de guerra; ventanas en blanco y negro abiertas al último medio siglo de la historia del mundo.







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