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Un aguijón para resucitar los valores que convirtieron en faro a Europa

Un aguijón para resucitar los valores que convirtieron en faro a Europa

Sufrimos tiempos, cuanto menos, extraños, apocalípticos en cierta medida. Una cultura arraigada en la herencia grecolatina, tamizada por la islámica, vigorizada por la cristiana y doblegada por la Ilustración y las diferentes revoluciones, una cultura que convirtió a la vieja Europa en faro moral, cuyos esquejes rebrotaron a ambas orillas de los océanos se ha dejado que llegue a un estado putrescente. Desde varios frentes, encabezados por tiranuelos atrabiliarios como los Putin y Netanyahu, esparcidores de muerte y devastación emulando las barbaries nazis con las que quisieron exterminar a sus pueblos, o por matones de patio de colegio, perturbados y ensoberbecidos como el magnate de pelo zanahoria, se quiere liquidar lo que durante generaciones y a un grandísimo costo en sangre hizo grande a Europa.

El problema no son sólo los ataques exteriores para fragmentarla con la siembra de la cizaña entre las naciones miembros, usando los fundamentalistas de diestra y siniestra a modo de termitas que minan los entramados de las sociedades en las que también éstos. El principal contratiempo es que las sociedades europeas han sido colonizadas e idiotizadas por los nuevos señores del mundo mediante el cine y la música primero, después por las redes sociales y el resto de tecnologías. Hasta tal punto que los mismos europeos reniegan de lo que los hizo modelo para norteamericanos a la hora de redactar su constitución. Apostatan de sus tradiciones ancestrales para convertirse en patéticos clones del cutrerío yanqui: el día de difuntos ha sido fagocitado por el espantajo del halloween, los reyes magos por el orondo con nariz de borrachín Santa, los camellos han dejado de ser los que cabalgaban Melchor, Gaspar y Baltasar y se han convertido en quienes menudean con droga, venida mucha de las Américas. La parte más joven de la población ignora o desprecia a los héroes que ensalzó la tradición europea (Hércules, Aquiles, Cid, Sandokán, Eneas, Astérix, Viriato, Almanzor, Cortés…) y los sustituye por tipejos vestidos con pijamas o capas multicolores con superpoderes, que casi nunca combaten en equipo, como lo hacían los grandes de otrora, realzando así otro de los males de nuestro tiempo: el individualismo, extremadamente egoísta. Es más fácil domeñar a la ciudadanía atomizándola que si se mantiene unida. Otra porción considerable de la juventud quiere emular la cultura japonesa o coreana, abandonando los cimientos sobre los que sus padres y abuelos erigieron su mundo.

"Cuenta De Rus que en su presentación el cineasta y académico Gutiérrez Aragón bromeó con él sobre si su libro era profético. Y tanto que lo era"

Ante ese fin de una época se vienen alzando voces que advierten de que nos aproximamos a un abismo de incierto futuro en el que, si no nos unimos de una vez como argonautas en busca del Vellocino, corremos peligro de ser devorados por la Caribdis (monstruo que engullía navíos enteros, con toda la tripulación) putinesca – trumpista – netanyahuyana o de cualquier otro dictadorzuelo con aspiraciones genocidas.

Una de esas voces pertenece a Miguel Ángel de Rus. En 2005 sacó a la luz Europa se hunde, novela protagonizada por un joven marroquí que llega a Europa pensando haber arribado a un paraíso y al que la vida le hará despertar a trompazos del sueño. En palabras del propio autor, es “sátira afilada sobre el desmantelamiento ideológico y moral del viejo continente, es una novela que muestra la doble verdad de un continente que entre grandes proyectos políticos y económicos cuenta a los hombres como unidades de producción y consumo, no como seres humanos”.

Cuenta De Rus que en su presentación el cineasta y académico Gutiérrez Aragón bromeó con él sobre si su libro era profético. Y tanto que lo era.

"La pretensión última del autor, según mi parecer, es impulsarnos a reaccionar, a poner pie en pared y hacer frente a esta ola de desarraigo y alienación, reivindicando los valores que nos hicieron colosos"

20 años después publica Ciudades de Europa: El devenir del continente. Es difícil clasificar esta obra: no es una novela, pero tampoco un libro de viajes. 28 relatos le dan alma. 28 relatos ambientados en 28 localizaciones diferentes: algunas muy evocadoras como Roma, Cracovia, Mannheim, Minsk o Berna, pero otras más inusitadas, castizas si se quiere: Vallecas, el Teide, Madrigal de las Altas Torres o Toro.

Como en una buena botica, hay de todo en estas narraciones: sátiras más o menos aceradas, cierta crítica social, evocaciones líricas, otras humoradas. En todas percibimos una nostalgia por el mundo hurtado, que hemos dejado perder seducidos por los cantos de sirena de la globalización y del ultracapitalismo.

La pretensión última del autor, según mi parecer, es impulsarnos a reaccionar, a poner pie en pared y hacer frente a esta ola de desarraigo y alienación reivindicando los valores que nos hicieron colosos.

Tal vez no sea tarde y, si lo es, más vale sucumbir con dignidad y no humillarnos ante los que ambicionan ser dueños de un mundo agilipollado.

Por ello, todos los Miguel Ángel de Rus, que cargan sobre sus hombros el peso de ser profetas y clamar en desiertos a veces, otras en conciencias, son más que necesarios.

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