Poco antes otro progenitor había pretendido denunciarme por otra cosa que, visto lo visto, me parecía tan absurda como un burro fumándose un porro liado con sus pezuñas. En mis clases de latín de la ESO, aparte de la gramática, a fin de suavizar la materia, el programa incluye temas de civilización y cultura. Uno de ellos atañe a los monstruos de la mitología clásica. Sé que muchos de mis zagales tienen cualidades artísticas: bastantes dan salida a su mundo interior dibujando. Por ello les di la opción de recrear a través de sus lápices alguno de los monstruos que habíamos visto. Una zagala hizo un dibujo de un sátiro (ser con patas, cuernos y barba de macho cabrío y torso humano). Se le notaba el estilo Disney, algo infantil, pero era una delicia. Para mi pasmo su padre acudió a querellarse ante el director por fomentar el satanismo. Menos mal que no lo registró por escrito. Cuando compartí mi estupor, otro compañero de un pueblo vecino me comunicó que a él lo habían acusado de propagar la zoofilia al contar en clase el mito de Europa, en el que Zeus se transforma en toro para raptar a la princesa fenicia que daría nombre a nuestro continente. Éstos son los paños con los que han de lidiar a diario mis compañeros de trinchera gracias a la infame sociedad que han construido las más infames leyes educativas.
Dos años antes, en un primero de bachillerato, inquirí quiénes ocupaban este pedazo del sureste antes de la llegada de los romanos, esperando que me respondieran “los íberos”. Su silencio me abrumó. Como pista les dije que teníamos una compañía aérea, antaño nacional, que se llamaba igual. El más pillo me respondió, convencido: “¿RyanAir? ¿Los ryaneros?”. El rebuzno que solté a modo de carcajada les sobresaltó. Por supuesto que en su paso por nuestras aulas y en las de primaria han escuchado hablar de Iberia y de los diferentes pueblos que la habitaban, lo han estudiado y se han examinado de ello más de una vez. El problema es que no les ha permeado. No les interesa: les son indiferentes íberos, celtas, fenicios, griegos y la madre que los parió. Una vez examinados, lo arrinconan en el cajón de la basura. Si les mandan un trabajo, para eso está el ChatGPT o cualquier otro mamporrero digital que les haga la labor. Labor que los más ni se leerán para detectar si se ha colado algún error.
En la visita al Prado hubimos de dividirnos en varios grupos. Los que mostraban más interés se pegaron a mí, pues conocían mi pasión por la Mitología. Andábamos algo agobiados: el Museo sólo permitía a los grupos escolares una visita de 90 minutos. Yo había ido unas semanas antes por mi cuenta para tener claro cuáles eran las salas indispensables para que mis zagales quedaran impactados por las obras maestras mitológicas allí preservadas. Para la mayoría era la primera vez que se iban a encontrar cara a cara con Goya, Rubens, Velázquez o Tiziano. Quería cuidar al milímetro el itinerario a fin de que esta experiencia se les esculpiera en el ánimo para toda su vida. A la media hora, en la Sala de las Musas, cuando sólo habíamos podido ver Goya y los maestros del XIX, me encontré a 4 o 5 estudiantes de otro grupo. Habían dado esquinazo a su profesor. Buscaban la salida. Les interpelé: ya lo habían visto todo, decían. Querían ver el ambiente navideño por las calles próximas y, si podían, comprarse una camiseta de su equipo de fútbol. Los dejé marchar: no deseaba encabronarme. Me acometió una súbita congoja: darte esa paliza para despachar en media hora el Prado y anteponer a Rubens o a Velázquez una tienda de souvenirs. Eran alumnos de segundo de bachillerato: como mínimo llevaban seis cursos con nosotros. Estaba claro que ellos habían pasado por el instituto, pero el instituto por ellos no.
No los culpo. En otro sitio defendí que esta sociedad tenía la educación que merecía, delegando en incompetentes la redacción de las leyes que vertebrarían el sistema educativo durante los últimos cuarenta años. Por lo tanto, las nuevas generaciones que durante los últimos decenios han poblado las aulas patrias no son culpables de la debacle educativa que asola el país: son sólo víctimas. Víctimas de la hornada de sus padres y abuelos, que han consentido con sus votos o silencio que desguacen la cultura del esfuerzo y del estudio sacrificado y constante jaurías de arribistas, haraganes que aborrecían la dura tarea a pie de aula y buscaban despacho con moqueta desde el cual joder a sus antiguos compañeros e iluminados, que desde sus atalayas en estrados universitarios o escaños desprecian a los maestrillos y profesoruchos que se baten el cobre en colegios e institutos.
A esto se añade la plaga digital: está causando estragos entre todas las franjas de edad, convirtiendo a millones de compatriotas en adictos de las pantallas, devoradores de bulos que no se esfuerzan en contrastar (eso les requiere demasiado esfuerzo: primero deberían comprender lo que leen, buscar otras fuentes y examinarlas con espíritu crítico), pasto fácil de carroñeros.
En mis clases de Mitología de 1º y 2º de bachillerato intento descubrirles el eco que la mitología grecorromana ha dejado en nuestra cultura: nombres de días y meses dedicados a dioses, pervivencia en pintura, escultura, música, cine y juegos de ordenador, trazos en nuestro léxico… Les encomiendo trabajos de investigación que he debido pensar y repensar muy bien, proporcionándoles modelos, fuentes donde documentarse, etc. Bastantes desdeñan esta información que tanto me ha costado preparar: se limitan a pedirle a ChatGPT o a cualquier otro motor de inteligencia artificial que les haga la labor. Me la entregan tal cual, sin haberla revisado ni siquiera. Al principio me sacaban de mis casillas. Les ladraba que eso no era honesto, sino un fraude. Intentaba azuzarlos soltándoles que si en su noche de bodas le iban a pedir a la IA que se trajinara a su pareja mientras ellos jugueteaban con el móvil. En vano: como decía mi Maestro, este país está condenado a padecer por toda la eternidad la maldición del Lazarillo.
Les proyecto películas con temática mitológica para las que les he preparado un cuestionario que deben completar tras su visionado. Son incapaces de mantener la atención más allá de unos pocos minutos. A pesar de que está prohibido el uso de dispositivos móviles en el centro, lo esconden en sus mochilas o bolsillos e intentan sobarlo en cuanto te despistes: son yonquis de las malditas redes sociales. Les entra mono si no las tienen de continuo a mano. Si les requisas un dispositivo, tienen escondido otro. Si te pones “capullo”, ponen la mochila sobre la mesa y se duermen sobre ella: han estado metiéndose redes hasta la madrugada y apenas han dormido. Nos vienen como zombis, con unas ojeras impropias de su edad. Antes les sermoneaba: esa actitud de ponerse a dormir en clase en los morros de un profesor era una falta de respeto. Retrataba no sólo su falta de educación sino también la de su familia. No me los imaginaba yo haciendo lo mismo cuando hubieran salido de las aulas y encontrado un puesto de trabajo: su jefe los pondría de patitas en la calle si los pillaba con esa actitud tan abúlica durante su jornada laboral. Me miraban con asco, perdonándome la vida por haber osado no dejarlos seguir durmiendo.
Tengo más que claro que la cosa empezó a torcerse cuando a algún lumbreras se le ocurrió que escuelas e institutos dejaran de ser centros de enseñanza y se convirtieran en antros de educación. La acepción segunda del Diccionario de la Real Academia Española dice que educar es “desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.”. A mi juicio esa labor es competencia de las familias. Cada una tiene sus propios valores morales, que no tienen por qué coincidir con los del vecino, mucho menos con los del profesor al que se le encomiendan sus hijos. Los profesores tienen bastante con educar a sus propios retoños y allegados y transmitirles sus particulares creencias, ética y escala de valores. Su papel en su centro de trabajo es enseñar la materia a la que han consagrado su vida y, a lo sumo, algunos valores cívicos universales: respeto, honestidad, esfuerzo, constancia, ejemplaridad… Los niños y adolescentes han de venir educados de su propia casa, no se puede delegar en otros para que lo hagan.
Gran parte de nuestra zagalería desprecia a los profesores como figuras de autoridad, desprecio que extienden a policías, sanitarios o cualquiera que represente al sistema. Se informan por redes cuajadas de bulos extremistas reaccionarios. Idolatran a tiparracos que vomitan bilis refugiados en Andorra o sitios similares para evadir impuestos y no contribuir al país que los ha educado, los ha hecho millonarios y, seguro, que tendrá que sanarlos cuando enfermen de consideración. No sólo odian a los moros y panchitos (pobres) que, según sus líderes, parasitan de lo público y viven de paguitas, sino que su inquina se desplaza ahora a los jubilados (españoles y muy españoles, ojo): sus pensiones tienen la culpa de que empresarios ultraliberales les paguen sueldos de mierda a cambio de condiciones laborales infames o de que usureros de manual pidan cantidades disparatadas por alquilar cuchitriles. Esa creencia se está extendiendo cual cizaña en un campo de trigales y amenaza con agostarlo así como a la sociedad que lo ha sembrado.
Por supuesto que, a los dioses gracias, no son todos así. Hay zagales con un ansia de saber fabulosa, que devoran libros y películas en varios idiomas, que comparten contigo sus inquietudes culturales y vitales, que dan sobrada muestra de buena crianza (a menudo felicito a esas familias por la educación que les han dado: por desgracia en muchas sesiones de evaluación se dedica más tiempo a los alumnos disruptivos, trapaceros u holgazanes que a los que cumplen con brillantez su cometido). Críos a los que es un honor acompañar en su instrucción, de los que en mi decadencia sigo aprendiendo e intento convertir en faro para sortear las tempestades de hastío y hartazgo que me devastan cuando veo menospreciada la labor a la que he consagrado mi vida. El problema es que no se quieren señalar. No desean que los tilden de empollones, de raros, de pelotas. Se camuflan entre la masa abúlica para sobrevivir. Y, según mi criterio, eso es un pecado de la sociedad que hemos dejado que nos construyan: que sean referentes cantamañanas que se forran rebuznando vacuidades en redes sociales o platós televisivos y no dudan en poner sus ganancias en paraísos fiscales en una muestra repugnante de insolidaridad frente a estos estudiantes o profesionales que acometen su día a día con honestidad, con un sacrificio callado y constante, con la probidad del campesino que día tras día, sobreponiéndose a inclemencias del tiempo, labra su campo.
Las últimas reformas educativas, aparte de convertir al docente en un chupatintas que ha de cumplimentar toneladas de informes totalmente inútiles, lo quieren mudar en un animador de eventos, policía, sanitario, psicólogo, asistente social, juez, mediador y un largo etcétera. Lo de enseñar, instruir para la vida adulta, transmitir que sólo tu esfuerzo y perseverancia a fin de alcanzar la mejor formación conseguirá que tengas alguna posibilidad en la despiadada jungla en la que hemos convertido la sociedad actual, cosas que antaño, en tiempos de Don José Castaño, se encomendaban a maestros y profesores, parece ser ahora secundario. Luego algunos se llevarán las manos a la cabeza ante la debacle educativa y moral en la que nos han obligado a hozar. ¡Hipócritas! ¡Sepulcros blanqueados!
A Jesús de Nazaret, Confucio, Homero, Verdi o a Velázquez sus coetáneos los llamaban Maestros, sabedores de la huella indeleble que iban a dejar. Hoy una ciudadanía desquiciada, narcisista, pusilánime y borreguil desdeña a los maestros, los ningunea, osan inmiscuirse en su trabajo o los presionan para que aprueben a sus hijos aun a sabiendas de que esto sería una injusticia y que, a la fin, perjudicará a los suyos. Ignoran o desprecian que muchos de los que alcancen el éxito profesional y civil en el porvenir habrán llegado allí porque en algún momento un maestro fue para ellos pilar y faro.


Básicamente estoy de acuerdo con lo que usted dice pero no sé hasta qué grado puedo ser responsable ¿podría haber impedido esas leyes? Tengo serias dudas. Otra consideración es la de sentirme identificado con esos alumnos. Cuando iba al colegio —hace tanto, tanto— me aburría soberanamente. Hace poco recordaba cómo soñaba en clase con otras cosas u otros lugares. Me limitaba a aprobar en muchas clases —sin IA— e interesarme unas pocas asignaturas, y en equivocarme con las ciencias en lugar de las letras. No era el único aunque no sea justificación. Luego en la carrera pasaba parecido — no el desinterés si no la calidad de enseñanza— aunque la motivación solía existir.
La diferencia es para mí que antes de una forma u otra adquirías una cultura y ahora no. Aunque según escribo esto tengo dudas de lo primero porque estoy rodeado de gente de mi generación con solo interés por whattassap.
Arístides Mínguez escribe con el alma en carne viva, con una mezcla de sabiduría clásica y hartazgo contemporáneo que tanto necesitamos leer. Este artículo es de lo mejor que ha pasado por Zenda, o al menos eso me parece a mí.
No escribe desde el lamento. Lo que aporta es un retrato sin retoques de lo que está pasando en las aulas, pero también en la calle, en las casas, en las cabezas. Duele, sí, duele mucho, pero también reconcilia un poco con la especie, porque mientras haya profesores como él, mientras quede alguien que se emocione con un sátiro dibujado por una niña o que prepare durante semanas una visita a El Prado para que unos chavales miren a los ojos de Velázquez, algo se salva.
Solo me queda darle las gracias a este profesor, por ser de los que no se callan. Por seguir plantando cara al desánimo y al desprecio. Por recordarnos que la cultura del esfuerzo no es un eslogan de derechas ni de izquierdas, sino la única herramienta que tenemos para no acabar siendo pasto de tanta frivolidad, tanto desinterés y tanta apatía.
Y gracias también por esa imagen final, la del maestro como pilar y faro. Que no se apague nunca, por favor.
¿Son profesores, maestros, educadores, enseñantes o comisarios políticos de la ley de educación con la que les ha tocado lidiar? Son categorías que se superponen y cada profesional, a lo largo de su trayectoria, deberá decidir en cual de ellas quiere destacar o cual quiere primar; pero todas, de alguna forma, deberán ser transitadas para no convertirse en los chivos expiatorios de un sistema repugnante, diseñado por políticos para fomentar la adscripción de futuros votantes.
Temarios, trabajos, evaluaciones, exámenes, calendario escolar, programación, etc, son rutinas que acompañan y, la mayoría de las veces entorpecen, para mi, su verdadera función: apasionar. Y de rondón preparar a los nuevos ciudadanos para afincarse, sin demasiados traumas, en un mundo cambiante, excesivamente veloz y desmoralizador, intentando lograr facetas de felicidad, arrancadas de la mansedumbre y la alienación.
El señor Minguez Baños demuestra ser un apasionado que apasiona -al menos lo intenta- a sus alumnos. Dos, tres, o cuatro de ellos, cada curso, lo recordarán toda su vida y lo utilizarán como guía y referente. Objetivo conseguido, no se puede pedir más.
Coincido plenamente con lo que ustedes apuntan, José y Basurillas, cada uno desde su ángulo. Hay dos caras de la misma moneda, siendo una la cuestión del aburrimiento en las aulas y la otra esa distinción entre las múltiples funciones que deben cumplir los docentes.
Desde mi experiencia como profesora de inglés, añadiría que enseñar hoy tiene algo de equilibrista. No basta con dominar la materia, hay que competir con el estímulo constante del móvil, con la inmediatez, con un alumnado que llega a clase habiendo consumido ya cien estímulos antes de las diez de la mañana. Y aun así, de vez en cuando ocurre la magia. Por ejemplo, un alumno que tropieza con un texto y descubre que ahí hay algo para él. O una alumna que repite una estructura gramatical y de repente la usa para decir algo que de verdad le importa. Esas pequeñas victorias no salen en las estadísticas, pero son las que mantienen la vocación intacta, a pesar de los muchos obstáculos.
El señor Mínguez Baños representa a esos docentes que seguimos creyendo que merece la pena plantar semillas aunque la tierra parezca seca y yerma. Y tienen razón los dos comentaristas, al final con que germinen dos o tres por curso, el esfuerzo habrá merecido la pena.
Magnífica síntesis. Me da que usted ha leído algo de Aristóteles y de Hegel. Un saludo.
Basurillas, muchísimas gracias. Su intuición, una vez más, no le ha fallado. Aristóteles es uno de mis libros de cabecera desde la adolescencia, y concretamente La Política llegó a mí por recomendación de mi padre, que era catedrático de filosofía (ahora jubilado), así que en casa los clásicos se respiraban casi sin querer. De Hegel, su Filosofía del Derecho es una obra que me ha hecho pensar mucho sobre esa relación entre el individuo y la comunidad. Es curioso, porque al final, tanto Aristóteles como Hegel, cada uno a su manera, intentaron explicar eso mismo, cómo encaja la pieza del hombre en el gran mecanismo de la polis o del espíritu objetivo.
Colosal este escrito y su primera parte.