Inicio > Poesía > Los verbos amarillos
Los verbos amarillos

Los verbos son amarillos. Son abejas, abejorros, avispas que zumban, que buscan dar en el clavo. Llevan la miel de las frases y así lo hace Charles Juliet en poesía, y más aún en pintura, Fabienne Verdier. Pequeños perímetros de vidas, pasadas entre las páginas, echadas sobre los lienzos, búsquedas que van de un vacío al otro, que pasan de un abismo al otro.

Uno no nace una sola vez. Lo hace sin cesar, cada día es un parto. Pero a menudo no nos enteramos. Los escritores, los pintores, buscan esa salida en cada lienzo, en cada libro. Es una paradoja absoluta: ambos, a su manera, buscan vivir más, y para ello se retiran del mundo, se retraen. Ahí los tienes en el taller, empujando un pincel inmenso como el de Fabienne o agarrados a la escritura en la soledad de una habitación, hablando, habitando con el silencio de las horas, de los días, de los años.

"Y así, a veces ocurre, la vida se planta delante de ti. Para siempre. Es un rostro. Es un lienzo. Es un libro. Es algo que zumba como manzana alrededor de una abeja, o viceversa"

Quieren nacer. Echar a andar. Ser más. Para vivir hay que nacer más de una vez. Hacerlo por la carne y hacerlo por el alma. Cada nacimiento es una expulsión, algo que duele, que desgarra. El cuerpo es propulsado en el mundo. El alma es proyectada hacia arriba, sale disparada como un cohete. Es lo que buscan todos, incluso cuando se columpian hacia al abismo. Ahí está la voz de Rafael Canogar, que le tiembla, pero la palabra sigue firme, y sin parar le da al pincel, acuchilla los lienzos con colores Ahí estaba Paula Rego en su silla de ruedas, en medio de la galería Malborough en Londres, todavía sonriente, como quién ama, se alegra que la vida todavía se quede un ratito más. Ahí está Jaume Plensa en su taller pegado a Barcelona, en medio de las estatuas de rostros con ojos cerrados como si ellas también quisieran quedarse de piedra antes lo que se avecina.

Es lo que busca también Fabienne cuando pinta, esa vibración blanca, ese despertar que arranca el alma, que te arrebata un segundo, dos, millones, el aliento. Hemos coincidido en una cena, y en ella hablamos de las abejas. De ese color miel, ocre de sus lienzos. Porque así es la vida misma, amarilla. Como un sol que te despeina. Que te deja sin aliento. Como un nacer que te propulsa fuera del mundo, hacia algo más, algo más arriba, a la vertical. Y así, a veces ocurre, la vida se planta delante de ti. Para siempre. Es un rostro. Es un lienzo. Es un libro. Es algo que zumba como manzana alrededor de una abeja, o viceversa. Y así vamos por la vida, saltando de una rayuela a la otra, buscando algo que nos tumbe hacia arriba, nos dé un poco de alas.

"La palabra es salvaje. El trazo es bárbaro. Una pulsión, algo letal, que no te deja ileso. Uno no escribe un libro en una semana, en un mes o en un año"

La muerte no apaga nada. Es la dulzura extrema de lo pequeño, el olvido de los desaparecidos, de la que se ha ido, del ya nunca más, jamás. Ahí están los ataúdes como dientes podridos, como bocas enfermas. Y lo que no dejamos de hacer, después, es buscar esa luz, escribiendo, pintando. De ahí los brochazos que trituran la primavera, que desgarran el verano. De ahí ese país del silencio, así se titula el poemario, porque Charles Juliet no sabe cómo reventar esa ausencia si no es con palabras. La ausencia nos deja con más, no con menos. Uno no regresa, todo es sin retorno. Uno avanza, siempre es hacia adelante.

La palabra es salvaje. El trazo es bárbaro. Una pulsión, algo letal, que no te deja ileso. Uno no escribe un libro en una semana, en un mes o en un año. De igual manera una no pinta un lienzo en un mes, un año, cien siglos. Cuando la obra llega llevamos décadas con ella. Si uno publica o pinta con cincuenta pues eso ha llevado pintarlo o escribirlo: cincuenta años. Uno escribe para desterrar su voz, para sacarla de la tierra, y darle vida. Uno pinta para producir una luz, una insolación de colores, que sea más que un golpe de calor, para vivir más lejos, más amplio. Porque de eso se trata: uno escribe o pinta para respirar.

"Ambos aman, amaron a Cézanne. Juliet le dedicó un libro entero hace unos veinte años. Verdier tiene una serie entera dedicada al maestro, a los colores"

Para habitar mejor el mundo. Para aprender a amar. Libros que son diarios, lienzos que son retablos. Ahí está Charles cosiendo las palabras, ahí está Fabienne agarrando el pincel. Cada uno, a su manera, busca cerrar una brecha, y para que, de ella, se filtre, se escape, antes de apagarse, la luz. Cada palabra es una pradera, un campo abierto, que lleva a más libertad, que amplía el mundo. Lo mismo ocurre con las bofetadas que la pintora desparrama sobre el lienzo. Uno y otro están indagando en ellos, comiéndose a bocados ese silencio, ese vacío que todos llevamos dentro y que pocas veces sacamos.

Porque pocas veces nos desnudamos. Lo hacemos en la vida dando un beso, dejando que el otro entre en nosotros. Pero no solo la soldadura de los cuerpos nos desnuda. También lo hacen las obras. Un Premio Goncourt de Poesía, en 2013, para él, un sinfín de exposiciones para ella, pero ninguno de los dos, nunca, nada en España, o casi, apenas. Este libro es un primer paso. Por primera vez, un poemario de Charles Juliet es traducido al castellano, por primera vez (o casi) los lienzos de ella se reproducen en un libro en España. Durante la cena, hablamos de su amigo Charles, fallecido en 2024, en Lyon, de esa amistad, y el libro, la entrevista, que él publicó sobre ella, con ella, en 2007.

"Uno pinta con toda su vida. Con todo su cuerpo. Eso hace Fabienne Verdier. Así pinta con un inmenso pincel sin mango, unido a un manillar de bicicleta, como si estuviera toreando sobre el lienzo"

Ambos aman, amaron a Cézanne. Juliet le dedicó un libro entero hace unos veinte años. Verdier tiene una serie entera dedicada al maestro, a los colores. Y así sigue su búsqueda que la llevó a pasar años enteros en China, para aprender a retener, a detenerse, antes de soltar el latigazo, de dejar volar la mano. Y luego más diálogos, con los flamencos, con la pintura holandesa, y de pronto el aterrizaje en España, en 2025, y los lienzos del Prado que la deslumbran. Seguro vendrá más por estas tierras, e irá indagando en ella. Seguirá quizás ese diálogo de los negros, que en su día Velázquez, Zurbarán y tantos más han seguido. Buscará esa vibración, esa radiación, de la luz, que cae sobre el pigmento negro y vuelve a salir, expulsada a golpes de fotones.

Uno pinta con toda su vida. Con todo su cuerpo. Eso hace Fabienne Verdier. Así pinta con un inmenso pincel sin mango, unido a un manillar de bicicleta, como si estuviera toreando sobre el lienzo. Y ahí la tienes, moviéndose sobre los bastidores, y la textura cae, empujada por la gravedad. Y así fluye la pintura, como la vida misma. Hay que tener valentía, arriesgar ante lo improbable, el fracaso, aguantar, encajar, empujar, meterse de lleno con todo el cuerpo en el óleo, dejar que el cuadro trague el líquido, que se beba los colores, los rojos, los bermellones, que se atragante con ese amarillo color trigo, color colmena, y que, de pronto, el lienzo vuele, se haga ligero como una abeja, que, de pronto, caiga sobre la tela como el canto de un pájaro o una cascada en alta montaña, que se haga vertical, espiritual.

—————————————

Autores: Charles Juliet y Fabienne Verdier. Título: Este país del silencio. Editorial: La Cama Sol. Venta: Todos tus libros.

3.7/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios