Que una poeta de la talla de Izara Batres se haya atrevido con la escritura de una novela tan elaborada y bien escrita como El cabaret del infierno (Contraluz) solo puede ser el resultado del oficio y del talento de quien sabe calibrar sus fuerzas combinando el rigor y la necesaria dosis de audacia. El equilibrio está claro cuando la fuerza narrativa, que es mucha, se entrevera con el despliegue de un estilo cuya riqueza no aleja al lector de la trama, al tiempo que lo seduce con sus destellos, y cuando la autora, como es el caso, ha hecho el esfuerzo de enfrentarse al riesgo de la densidad puliendo, como sabemos que ha pulido, una primera redacción mucho más larga que no la convencía. Hay en esta actitud, sin duda, un ejercicio generoso de prudencia formal y de contención temática que Izara Batres ha querido y ha sabido afrontar, aceptando el desafío de un thriller con constantes guiños al género fantaterrorífico, como lo denominaba mi siempre recordado Paul Naschy, que lo conocía como pocos.
En esta dialéctica entre la luz y la oscuridad se desenvuelven los protagonistas, Théo y Ginebra, cuya percepción (la de los dos) se ve poderosamente alterada por el disco que el destino pone en sus manos. Su misión les exige resolver misterios previos al que entraña la comprensión del objeto que los condiciona, que enlaza con espacios y fuerzas que trascienden sus expectativas y capacidades y conecta peligrosamente con el afán desmedido de poder de quienes aspiran a dominar el mundo. Pero lo mejor del caso es que los protagonistas no son superhéroes, sino personas normales y frágiles que, amparadas en el amor, deciden luchar y sobreponerse a los obstáculos que encuentran, a la desesperanza que a veces las embarga y a la vulnerabilidad que las define. Merecen especial atención, entre otros, Marguerite y Cesare —que estimula reacciones encontradas— así como el jerarca nazi Fledermaus, paradigma de la vileza, que concita desde su entrada en escena toda la animadversión que puede albergar un lector sensible y que, en un giro magistral, encuentra un castigo proporcionado en manos de Linka, uno de los personajes más singulares, por la aquilatada mezcla de rasgos que lo conforman, y me refiero sobre todo a esa fealdad salpimentada por una extraña simpatía. Con todos ellos interactúan personajes reales convenientemente ficcionalizados, desde nazis de primera línea como Himmler y Rudolf Hess, con Hitler siempre al fondo, hasta el ya nombrado Aleister Crowley, pasando por escritores como André Breton, Borges y, por supuesto, Cortázar, en el que Izara Batres es una reconocida especialista.
Entre los muchos espacios en los que transcurre la novela adquiere una especial relevancia el que le da nombre, el Cabaret del Infierno (también retratado por Juan Manuel de Prada en La ciudad sin luz, la primera de las dos novelas de Mil ojos esconde la noche), en el que se desarrollan sucesos en los que se confunden la realidad y lo onírico con descripciones sugerentes y poderosas que rinden homenaje a recursos formales, cuya línea ya esbozó en su momento Lovecraft, con los que la autora se enfrenta a lo inefable, pertrechada con una enorme solvencia estilística que no sacrifica en ningún momento, mientras interpela al lector y lo mantiene en permanente tensión. Y es que, en efecto, El cabaret del infierno nos interpela precisamente porque nos enfrenta a la pérdida de la fe y de los valores, a los conflictos radicales, a la deshumanización; porque nos recuerda el desolador paralelismo de su tiempo con el nuestro.
El cabaret del infierno es, en fin, un hallazgo en la narrativa española publicada en los últimos años, que desarrolla temas de un enorme interés, tratados con un bagaje cultural que no se estila y cuya lectura apasiona e instruye a un tiempo. Y volviendo a la vocación poética de Izara Batres, es consolador que la fuerza de la poesía brille como un espacio trascendente de esperanza y transformación siempre al fondo, y que la luz, reivindicada siempre, se imponga al final sin concesión a tópicos. Ese es el mensaje, urgente en nuestros días, que proclama con rotundidad Urik, amigo de los protagonistas:
Todo aquello que somos, todo eso por lo que hemos luchado durante siglos…, la verdadera evolución del ser humano… No es la industria, no es la tecnología […] La verdadera evolución está en la conciencia, en el libre albedrío, en la crítica, en la consideración del otro no como rival o como animal, ni como parte de un juego en el que alguien gana o pierde, ¡sino como persona!, ¡en la capacidad de pensar por nosotros mismos! Sin extorsiones, sin estrategias, sin la ley del más fuerte, sin grupos de poder […] Hay que gritar que el individuo no ha muerto, que se niega morir en silencio mientras la gran nada avanza y crece (p. 427).
Sean estas las últimas palabras y descubra el lector el resto. Lo agradecerá.
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Autor: Izara Batres. Título: El cabaret del infierno. Editorial: Contraluz. Venta: Todostuslibros.


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