En la sutileza y en la violencia con que una línea, no siempre de luz, separa la vida de la muerte para luego extenderlas, anida la verdadera literatura. Esta, la literatura, es aquella que explica, reabre y transmuta el tejido nervioso que ayer creíamos inmune y hoy asoma sin el lastre de lo perecedero. Es la que subraya el silencio, la palabra sugerida y otros tantos conceptos que ardillean en las concavidades de la frase y causan estruendos de un valor incalculable.
Psicopompo, más allá de su aparente sencillez y de ese estilo tan característico en la literatura de Nothomb que pasa por la desnudez, por reinventar la desnudez de la palabra y ensancharla como un poderoso reflejo semántico, es la constatación de que la muerte, poco importa de quién sea y cómo se produzca, es un modo de cultivar la supervivencia. Cuando Rilke —confiesa la autora belga— dice que la escritura debe ser una cuestión de vida o muerte, yo no lo interpreto como metáfora. Escribir, podríamos afirmar, equivale a vivir, o a pretender hacerlo. Escribir es un intento por bordear el corazón del incendio y no detenerse en las abrasaduras de la piel ni en esa tentación somnífera que provoca la ceniza.
Escribir es, y así lo dice Nothomb, precipitarse en sentido literal: lanzarse con la cabeza por delante del precipicio, ver cómo el suelo se acerca y batir las alas, no por fantasía, sino por el objetivo de no estrellarse. Psicopompo es una suerte de culminación dentro de la estructura catedralicia de Amélie Nothomb, una estructura que se inició con la aclamada Metafísica de los tubos y que le ha valido importantes reconocimientos, como el Gran Premio Jean Giono en el año 2008 por el conjunto de su obra. De ese modo, Nothomb ha sabido transitar espacios tan quebradizos como la autoficción biográfica primero y familiar después, y la reinvención del cuento clásico desde un prisma contemporáneo y marcadamente psicológico en obras como Barba Azul y Riquete el del copete.
Psicopompo es la culminación de un propósito tan desnudo como experimental, cuyo antecedente es Primera sangre, novela por la que recibió el prestigioso Premio Renaudot en el año 2021 y que algunos críticos calificaron como un ejercicio severo y paradigmático de ventriloquía. Si en aquel caso Nothomb supo diluirse en la voz de su padre para narrar un hecho trágico, ahora regresa al que es su cuerpo y a su territorio de claroscuros y ascensos para abordar, en una suerte de tríptico, su obsesión, su muerte y su proceso de ascensión a través del hecho literario. Y digo tríptico porque, más allá de los lazos sistemáticos que unen estas tres fotografías de la vida de Nothomb, al libro se accede y de él se sale sabiendo que muerte y vida son dos ejemplos de consumación: una obsesión que ella, con el paso de los años, convierte en metáfora; una muerte que es el resultado de una agresión; y un renacimiento que es un renacer salvaje y diario, sistemático en su proceso y arbitrario en la búsqueda inconsolable de la luz.
Estas tres partes que conforman el tríptico están atravesadas por el psicopompo, el pájaro mitológico que acompaña a los muertos en sus primeros pasos dentro del más allá, dentro del infierno o de ese otro cielo majestuoso en el que las reglas se confunden con la sinrazón y el alivio. Las reglas y el viaje hacia la autodeterminación, hacia la mitología resumida en uno mismo, hacia la explicación de lo que causa el dolor. La novela de Nothomb es un viaje hacia ese mismo estado de conocimiento, hacia la pregunta de si ella misma es un psicopompo. Y escribe:
“Y si fuera yo, pensé. La Trinidad ofrecía unos puestos que había examinado a fondo: el Padre, no, ese era un papel que me venía grande y que, por otro lado, desempeñaba magníficamente mi padre; el Hijo, había pensado en ese papel entusiasmada, pero mi reciente constatación del sufrimiento había puesto un rotundo punto final a aquella ambición. No me apetecía una carrera que comportara un dolor tan absoluto; el Espíritu Santo, ¿por qué no? ¿Existía alguna razón para excluir esa hipótesis? Por otro lado, ¿quién mejor que yo para serlo? Para aquellos que se hacen cruces frente a semejante megalomanía tengo que precisar que, siendo un bebé, fui todavía más radical: me creía Dios. Rebajarse a ser solo el Espíritu Santo demostraba una evolución lenta pero segura hacia cierta modestia.”
El viaje hacia la modestia, que en el caso de Amélie Nothomb es exquisito, parte en su novela de un trayecto dividido en tres etapas. Comienza con una infancia sometida al viaje permanente y a la adaptación también permanente, y en algunos casos caótica, a los diversos entornos en los que su padre ejerció de diplomático. Esos entornos, que en ocasiones conformaban un paisaje perlado de matices y visiones oníricas, también eran el muro: el muro en el que cualquier explicación sobre uno mismo terminaba diluida en un grueso panel de voces; voces y sinfonías que se amparaban en la exclusión y en la otredad y que, en el caso de Nothomb, alimentaron un amor por la ornitología en sus diferentes dimensiones.
Ese amor fue progresivo y pasó de la fascinación al misterio. Ella reconoce:
“Como la mayoría de las personas, he tenido momentos que podríamos catalogar de despertar; sin embargo, no conservo recuerdos de este despertar, tal vez porque los síntomas fueron de una banalidad indescriptible. Con la frente pegada a la ventana, observando los pájaros del jardín —estoy extrapolando, ya que el momento se me escapó—. Aun así, hubo un antes y un después: me pareció que el pájaro era la clave de mi existencia. Hasta entonces me había apasionado la especie; en adelante iría más allá: el pájaro sería mi misterio.”
No tenía explicación. Es este un viaje ascendente en el que la ornitología se entremezcla con lo geográfico y con sus identidades sensoriales, y también con la reobservación de las especies desde un plano metafórico. Su estancia en Japón, por ejemplo, se encuentra asociada con la grulla blanca y el gorrión, y ambas con la dulzura y la suavidad fonética de un idioma, el japonés, que reabre la armonía primigenia de Nothomb y su empatía por lo no humano.
Por otro lado, su etapa en China guarda relación con el cuervo y su estridencia, con un cierto exterminio de la belleza derivado del autoritarismo. Pero es su periplo en Bangladesh y el descubrimiento del chotacabras orejudo, con su excesiva capacidad para absorber las corrientes de viento, lo que abre la puerta a la segunda parte del relato. Calificarla como tal, como su propia muerte, es algo más que un ejercicio simbólico. En apenas cinco páginas, la autora belga describe la agresión que sufrió:
“Fue entonces —escribe Nothomb— cuando las manos del mar se apoderaron de mí, unas manos innumerables que no pertenecían a ningún cuerpo visible, me atraparon, me desnudaron y me poseyeron. El dolor solo podía compararse con el horror.”
Más adelante se confiesa:
“Aquella tarde vi una golondrina india volando por encima de la playa; generalmente no llegaban hasta allí. Tumbada en la arena, la observé. Me propuso una interpretación. La violencia de las manos del mar me había arrancado el caparazón. Yo ya no era el huevo: era un pajarito desprovisto de plumas y tendría que acceder al estatus de pájaro. Iba a resultar monstruosamente difícil.”
Morir como lo hizo la escritora belga y saberse, a pesar de ello, capacitada para volar, obligada a volar y a trazar descensos abisales que la aproximen a la muerte y a ella misma, es una verdadera declaración de intenciones. También es una alegoría que sirve de puente entre la tragedia y el hecho literario, entre la muerte y la vida y las aspiraciones de plenitud que todos podemos albergar aquí y allá, en el infierno y en la tierra, en la tierra y en las difusas propiedades del misterio.
Para que ello sea posible, es necesario admitir la cohabitación, a veces furiosa e intransigente, entre lo que vive y lo que ha muerto, y avistar ese espacio declinante entre lo que tiene luz y habla y aquello que yace como un cadáver:
“Volví a pensar en el episodio de las manos del mar —dice Nothomb—. La muerta era yo de antes. Unos meses que me parecían infranqueables me separaban de aquella persona: yo era la tumba de aquella muerta. Para volver a encontrarla, cruzar el río de los infiernos me parecía menos difícil que para Orfeo no mirar a la difunta.”
Y como si su cuerpo y lo que aún respiraba dentro de ella se observaran en la distancia, en la densidad impenetrable, en la congestión de tejidos y blancuras que nos impiden acceder a lo nuclear, Nothomb describe el modo en que se autoimpuso consumirse, renunciando a la comida para llegar a su propio cadáver, a su negación convertida en huesos, en proyección de polvo. Deshuesarse, como ella dice, se convirtió en la única vía para encontrar su yo muerto y acompañarlo por los territorios vírgenes donde lo probable no tiene memoria.
Es aquí donde comienza la tercera parte del relato: el cuadro final de un tríptico donde el viaje es, como la propia vida de Amélie Nothomb, ascendente. La vida de Amélie, su confesión en torno al hecho literario y a la creación como solución a la muerte permanente, no es solo sugestiva: es envidiable. Confiar como ella se impuso confiar, hasta el día de hoy, en la frase que mantiene el pulso con los infiernos, con la corona en el suelo de los océanos y con las calles que se transitan con prisa y ajenidad, o con la exclusiva noción de la supervivencia, otorga un valor extraordinario a esta novela. Con un estilo exquisito, cultivado en horas de febrilidad y vigilia, Nothomb traspasa ese nudoso telar que separa a los que han muerto de los que viven, a los que no supieron pronunciarse en vida y, sin embargo, aún conservan un estrecho reducto en la tierra. Ella, convertida en psicopompo, nos regala esta magistral culminación de los ascensos sin haber dicho, como reconoce al final, su última palabra.
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Autora: Amélie Nothomb. Título: Psicopompo. Traducción: Sergi Pàmies. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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