Hélène Carrère d’Encausse, la madre de Emmanuel Carrère, fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2023, el mismo año de su muerte; a él se lo habían concedido en 2021 en el apartado de las Letras. El último libro de este último, Koljós, está dedicado a ella. El hecho de utilizar a alguien cercano en sus obras no es algo nuevo. En Una historia rusa, de hecho, se refirió a su abuelo materno sin pelos en la lengua, dejando claro su pasado colaboracionista y afín a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Le dedicó bastantes páginas de aquel libro, pese a la prohibición que le hizo su madre, al decirle que escribiese sobre cualquier otro, porque su padre no era asunto de él. Emmanuel no le hizo caso y Hélène se enfadó. Resultado: no se hablaron durante dos años. Por supuesto, debo dejar claro que la preocupación de ella no se debía al pobre de su padre, sino más bien al posible efecto que su turbio pasado pudiese tener en la prestigiosa vida de ella, miembro de la Academia Rusa de las Ciencias, presidenta del Comité Nacional por el «sí» al Tratado de Maastricht, consejera especial de Jacques Attali en el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, diputada en el Parlamento Europeo, vicepresidenta de la Comisión de Asuntos Exteriores y Defensa, presidenta del Consejo Económico para la Inmigración y la Integración, doctora honoris causa de una veintena de universidades, Gran Cruz de la Legión de Honor… y en las primeras páginas de Koljós, enterrada en París con todos los honores y reconocida por el presidente Emmanuel Macron en un discurso como «nieta de las estepas y madre de la cúpula académica, apátrida y matriarca, huérfana y zarina, a la que una Francia de luto presenta por última vez sus respetos».
Que la madre de Emmanuel Carrère hubiese pensado en el posible efecto que podría haber tenido en su obra y en todos sus cargos institucionales el pasado de su padre, a quien supuestamente había ejecutado y hecho desaparecer la Resistencia francesa, es algo comprensible. Hoy incluso sería más comprensible, con la tendencia que se tiene a cancelar a gente como quien quema brujas sin necesidad de probar antes su relación con la brujería. No resulta tan «lógico» que Hélène Carrère d’Encausse, brillante casi más allá de toda duda, pasase por alto que lo que pudiese afectarle a ella también podía afectar a su hijo. Pero ella pensaba tantísimo en sí misma que ni siquiera tuvo tiempo para pensar en él. Emmanuel, no obstante, no repara en este matiz, como si la cosa no fuera con él o como si le interesase muy poco el posible resultado que su libro tuviese en su vida o en su carrera. De hecho, él mismo no se cortó un pelo en aquel libro al referirse de un modo cruel a una novia que tenía en aquel momento, de una clase social muy inferior a la suya, con serias limitaciones —según él— en su uso del francés, en su manera de vestir y en su cultivo de amistades; tan solo era buena para follar. Me apresuro a decir que, aunque Una historia rusa acabó con la relación de su autor con aquella novia, no tuvo efecto alguno en el posible desprestigio de su madre y a él lo afianzó, después de El adversario, como uno de los autores más importantes de la literatura francesa, europea y occidental. Madre e hijo salieron bien parados. A ella siguieron otorgándoles títulos y responsabilidades y a él siguieron concediéndole premios casi hasta ayer mismo, porque Koljós fue finalista del premio Goncourt y ganó el Médicis y el Grand Continent. El oscuro pasado del abuelo de Emmanuel Carrère y padre de Hélène Carrère d’Encausse no tuvo y sigue sin tener efecto en sus vidas, visto que vuelve a aparecer en Koljós y nadie ha hecho un solo comentario al respecto. Lo llamativo es que ella solo pensase en sí misma poco antes de la publicación de Una historia rusa y él no pensase ni en ella ni en él mismo cuando publicó aquel libro, y tampoco al publicar el último. Son dos actitudes que provienen de la misma clase social de privilegiados, pero con una diferencia: ella amenaza y él pasa de todo. A ella solo le interesaba mantener sus privilegios intactos y a él solo le interesaba contar la verdad.
Carrère describe a su madre como una persona con tendencia a mentir, a manipular, a controlar y a dirigir. Si escribía sobre el último zar, a quien su incompetencia le impidió llevar a cabo las reformas necesarias para no ser víctima de la revolución, ella finalmente lo redimía porque aceptar que estaba equivocado era tanto como aceptar que los bolcheviques tenían razón, algo que la colocaría a ella misma en el terreno de los perdedores. Hélène Carrère d’Encausse, sin embargo, seguía la misma táctica de Donald Trump y no se rendía ante ninguna evidencia. Cuando le preguntaban en la televisión si Vladimir Putin ordenaría la invasión de Ucrania dos días antes de llevarla a cabo, ella respondía que no y nos recordaba que él, después de todo, era —como los rusos «razonables»— una «persona razonable», un hombre de paz y de bien y no un hombre belicoso. En realidad, lo que ella hacía era decir cualquier cosa antes que caer en el bolchevismo. Un poco como hizo su padre cuando se posicionó al lado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, desencantado por las muchas fallas de las democracias y seguro de que el nacionalsocialismo le devolvería a Europa una parte de su esplendor perdido. Por supuesto, ella nunca habría suscrito esto último de una manera abierta, porque era, además de una rusófila reconocida, la mayor de las francófilas. Primero Francia, después Rusia; y de Alemania mejor callar. Pero no olvidemos que «mi madre te miente hasta cuando le pides la hora», dice su hijo a lo largo del libro. Con apenas quince años, además de como una mentirosa, ya la describe como una mujer autoritaria y dura.
Koljós, vaya por delante, es un libro con un supuesto centro gravitatorio: la madre del autor, pero muy pronto se muestra indisciplinado para mantener la dirección y se extravía constantemente. Multiplica los personajes, sin ir más lejos, hasta el infinito. Y los escenarios. Aparecen primos, tíos, abuelos, muchos familiares y amigos de Emmanuele Carrère, e incluso algunos desconocidos. También hay escenas en Georgia, Alemania, Guayana Francesa, Chile, Uzbekistán, Afganistán o Irán, como si el libro fuese un receptor y emisor de frecuencias de largo alcance. Si se pudiese comparar con un ensayo de antropología estructural, lo compararía con Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss, aunque a los libros que se acerca más son Una odisea, de Daniel Mendelsohn, La liebre con ojos de ámbar, de Edmund de Waal, o el colosal Calle Este-Oeste, de Philippe Sands. Son libros con su centro en todas partes y su circunferencia en ninguna, a no ser en Europa. Son libros, por tanto, cuyo tema o núcleo es el Viejo Continente, sobre todo durante el proceloso siglo XX. Así que decir que Koljós trata sobre la madre de Emmanuel Carrère es faltar a la verdad o contar la verdad solo a medias. El libro trata sobre una revolución que derrocó el último de los absolutismos en Europa, al mismo tiempo que instauraba una dictadura del proletariado, no menos fiera que lo que podría haber sido la de Primo de Rivera en España o de lo que fueron la de Mussolini en Italia y la de Hitler en Alemania, y de lo que luego fueron las de Franco, Salazar, Tito, Enver Hoxha o Ceaușescu. Trata sobre el difícil equilibrio de las democracias en un continente acostumbrado al autoritarismo y los regímenes de privilegios para unos pocos. Y trata asimismo sobre cómo todo eso se refleja en los ambientes familiares y cómo aborda cada hijo el legado que le han dejado sus padres.
Después de años de penurias, deambulando por Europa y apretándose en pequeñas habitaciones donde a veces vivían linajes enteros, a Hélène Carrère d’Encausse comenzó a sonreírle la suerte y de pronto se convirtió en el centro de su familia. Su pasado y su origen, a excepción del tema del colaboracionismo de su padre, se convirtió en el presente de sus hijos y su esposo. A este último lo desterró a vivir en las habitaciones del servicio doméstico, a distancia de su propio cuarto y sin dirigirse a él más que lo necesario, como si no existiera o no importase. Lo traicionó y lo humilló, y solo se decidió a no divorciarse cuando él la amenazó con suicidarse. Conste que no se divorció por evitarle a él la muerte, sino por ahorrarle el posible dolor a sus hijos. Su lema era «calladito estás más guapo». Si aconsejaba leer a Dostoievski y despreciaba a Tolstói, en casa se leía a Dostoievski y no se mencionaba a Tolstói. No había diálogo con ella, uno tan solo escuchaba o se alejaba; no cabían los términos medios. El mundo entero, llegado un momento, giraba en torno a ella. Su marido, por ejemplo, podría haber sido un músico con talento, pero nunca llegó a comprobarlo porque desde muy pronto tuvo que abandonar sus posibles ambiciones y ponerse al servicio de ella. Él se convirtió en un enamorado del pasado mientras su mujer reinaba en el presente; él comenzó a recopilar documentos y a fabricar un archivo familiar mientras ella intervenía en congresos y participaba en las grandes conversaciones sobre Europa, en las que antaño difícilmente una mujer habría tenido la voz cantante.
Emmanuel Carrère, sotto voce, hace una reivindicación de su padre, a quien a veces contrapone a su madre para beneficiarlo a él. «¿No era el gusto de mi padre por lo minúsculo, los archivos y los párrocos de pueblo, a su manera y sin que él fuera en absoluto consciente, más moderno que el de mi madre por las síntesis perentorias y las imponentes figuras históricas?». La parte más emocionante de este extraordinario libro es en la que se nos cuenta cómo con la edad Emmanuel Carrère se dio cuenta de la presencia de su padre, de su soledad, de su silencio, de su compostura, de su abnegación nunca lo bastante apreciada o agradecida, su falta de pretensión y su capacidad para superar una infidelidad de su esposa que nunca cesó del todo. A este individuo gris, no obstante, el autor le deja una baza guardada en su vida, que cogerá a los lectores tan por sorpresa como cogió a su hijo al descubrirla, una baza que a ojos de su hijo y de los míos propios lo convierte en un misterio y lo redime de su lamentable condición a lo largo de Koljós. Como Madre de corazón atómico, el extraordinario libro que Agustín Fernández Mallo le dedicó a su padre y que finalmente reivindicaba también a su madre, la última obra de Emmanuel Carrère parece tener su corazón situado en la figura materna y su alma en la figura paterna. Se trata de libros escritos por pliegues y por desvíos, libros proliferantes que de pronto abandonan su centro gravitatorio, para regresar luego a él sin que los lectores nos demos cuenta o sin que tengamos la sensación de que hemos abandonado una trama y entrado en otra. Son libros construidos con una estructura rizomática, gracias a la cual aprendemos un poco sobre el carácter transformativo y sorprendente de la realidad. Con ellos, además, nos damos cuenta de que nunca llegamos a ver las cosas como son, sino tan solo como somos.
Descubrimos que el abuelo de pasado colaboracionista de Carrère un día se afeitó el bigote y su hija, Hélènè Carrère d’Encausse, se sintió tan confundida que ya no lo reconoció. Este hecho, por supuesto, se convierte en una metáfora sobre la extrañeza que le produce el personaje al resto de la familia, especialmente por su apoyo a la Alemania nazi. Y dando una vuelta a los hechos, algo tan simple se convirtió en el germen de la novela El bigote, con la que Emmanuel Carrère consiguió su primer gran éxito, cuando todavía era un escritor de ficción pura (aunque aquí descubramos que no era tan pura como parecía) y no había comenzado a escribir El adversario. El pasado de sus padres, ligado a Rusia y la Unión Soviética, a los zares y a la revolución bolchevique, le llevó a interesarse por las ruinas del comunismo poco después de la ejecución de Nicolae Ceauşescu y su mujer en Rumania. Varios viajes por países del Este le dejaron claro que allí la realidad no era tal como la concebimos en Occidente, allí la realidad era más inestable o directamente inexistente. Descubrió asimismo que Philip K. Dick era el escritor que mejor había detectado la desaparición de la realidad y era el heredero directo de Dostoievski. Fue entonces cuando escribió Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, su biografía de Philip K. Dick, cuya escritura coincidió con los primeros artículos en la prensa sobre el caso Romand, que unos años después se convertiría en El adversario.
Digamos, pues, que Koljós puede entenderse como un retrato sobre Hélènè Carrère d’Encausse, sobre su marido y sobre la suerte de ambos tras la Revolución Rusa; sí, trata sobre eso y el libro les suma otros muchos temas, entre ellos la vida como laboratorio literario y la literatura como laboratorio vital. Aunque según el propio autor, el gran tema es el perdón, la reconciliación. Habla, sin ir más lejos, sobre los escritores franceses que al término de la Ocupación alemana pagaron con su vida por no haber luchado contra los enemigos del país, escritores que —sí— colaboraron con los nazis pero no mataron a nadie, y en muchos casos ni siquiera denunciaron a sus compañeros o a cualquier otro francés, pero que fueron fusilados o ajusticiados de un tiro en la cabeza en sus casas. Escritores a quienes los grandes popes de la época apoyaron o atacaron de manera furibunda, como si, además de escritores, popes e intelectuales, fueran comisarios políticos, la voz de la integridad y la moral de la nueva Francia. Carrère, que conste, no escribe para librar de la ignominia a aquellos escritores, tanto a los que supuestamente fueron verdugos primero como a los que fueron verdugos después; Carrère escribe sobre su madre y sobre su piedad hacia ella, porque al fin y al cabo era su madre, y sobre la piedad filial que quizás se debería mostrar hacia Europa. Vladimir Nabokov recuerda en Habla, memoria cómo «con muy escasas excepciones todas las fuerzas creativas de tendencia liberal habían huido de la Unión Soviética de Lenin y de Stalin» y cómo esas fuerzas, entre ellas los padres de Emmanuel Carrère, se sintieron extraños en medio de un continente donde cualquier atisbo intelectual era un lujo al alcance de muy pocos. Extraños y víctimas, víctimas de un siglo convulso y de acontecimientos políticos, sociales y militares capaces de borrar casi por completo etnias, lenguas y culturas, o de provocarles un trauma permanente, con resultados imprevisibles. A diferencia de ellos, Carrère nos recuerda los tres magníficos volúmenes que Marguerite Yourcenar escribió sobre su familia, que abarcan «siglos de historia, decenas de generaciones, miles de seres humanos de los que no se sabe casi nada salvo que nacieron, vivieron, que conocieron el amor los más felices, que murieron todos y que su sucesión, sus intersecciones, la maraña de sus descendencias conducen a esto: una cosita envuelta en pañales que a principios del siglo XX comienza a pegar berridos», a medida que la transformación del continente pasa por encima de sus habitantes, borrándolos del todo o transformándolos en imprevistos e imprevisibles monstruos.
—————————————
Autor: Emmanuel Carrère. Título: Koljós. Traducción: Juan de Sola. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: