No sé si cuando escribo sobre bande dessinée también lo hago atendiendo a esa nostalgia infinita de aquellos tebeos que —con la palabra cómic por acuñar aún— fueron una de las mayores dichas de mi infancia, pero tiendo a creer que sí, porque empecé a hacerlo cuando ya no tenía edad para leer estas publicaciones. Escribir sobre ellas me pareció entonces una suerte de expansión de ese don de la infancia infinita que me procura el culto que rindo a las aventuras de Tintín —a todas luces el abanderado de la bande dessinée—, aprendidas de memoria en su lectura sistemática en mis primeros años, hoy, presentes en mi cotidianeidad en las innumerables miniaturas de los personajes de Hergé y estampas de sus viñetas que menudean en mi casa.
Lo que sí que tengo claro es que descubrí a los Humanoides Asociados —aquel hito en la bande dessinée— ya mayor y consciente de lo que aguarda al otro lado de las puertas de la percepción. No podría haber sido de otra manera, puesto que esta asociación de historietistas francesa, que tuvo su órgano de expresión en la revista Metal Hurlant, fue fundada en 1974. Tenía mi menda en aquella sazón catorce primaveras y ya estaba filtrado por la Línea Clara, aunque sin saberlo. Jean Giraud, uno de los fundadores del grupo, como el creador de Blueberry que también fue junto a Jean-Michael Charlier, me era ligeramente conocido por esas páginas que dedicaron al teniente revistas de Bruguera como Mortadelo y Gran Pulgarcito.
Sin embargo, no era ése el caso de Alejandro Jodorowsky, destacado humanoide y merodeador del otro lado de las puertas de la percepción, de quien sólo sabía de su actividad cinematográfica y de sus alucinaciones, “simbolismos”, a decir de otros comentaristas. Por lo demás, lo asociaba a Fernando Arrabal y a Roland Topor en el grupo Pánico, discípulos díscolos de André Breton. Ya en épocas más recientes, siendo el caso de que, naturalmente, sigo leyendo bande dessinée aunque se me haya pasado la edad de los tebeos y no tenga ni espacio ni tiempo ni vil metal para los álbumes, en épocas más recientes —decía—, merced al fondo de la Ángel González —la biblioteca pública de la Comunidad de Madrid de mi barrio—, para ser exactos a su interesante “comicteca”, que la llaman, he podido leer varios álbumes de Bouncer (2001-2009) el western clásico de François Boucq y Jodorowsky.
Tras la inevitable espera, ya que su edición integral está muy solicitada por los lectores, pude dar cuenta de El Incal (1980-1988), las aventuras del detective John Difool, también creado por Jodorowsky. Es aquella una saga con dibujos de Moebius. Como es sabido, este último era el seudónimo de Giraud cuando hacía ciencia ficción. Con todo, de la obra del psicomago —la psicomagia es otro de los talentos de Jodorowsky— me quedo con ese Bouncer, un western espléndido y brutal con dibujos de François Boucq, otro humanoide asociado.
No había tenido aún la suerte de leer Los hijos del Topo, secuela de El Topo (1970), la película más celebrada del polifacético psicomago: otro western, este místico, sobre la cabalgada del personaje que daba título a la cinta: un bandido iluminado por cierta deidad imprecisa que, tras abrir las puertas de su corazón, alcanza la santidad y realiza milagros. Recreado por el propio Jodorowsky en la pantalla, en las viñetas de Ladrönn —el dibujante de esta trilogía, más que saga—, también es un trasunto de su guionista, que deambula por un paisaje semionírico, a veces lisérgico. La edición completa de este tríptico —Caín, Abel y Caín/Abel, son, respectivamente, el título de cada una de las entregas—, en un espléndido álbum integral, acaba de llegar a las librerías con el sello de Reservoir Books. Una buena oportunidad de leer el tríptico en su conjunto, ya que, publicados originalmente por Glénat entre 2016 y 2019, en su momento solo se tradujo al español, también por Reservoir Books, la primera aventura: Caín. Corría 2016.
Colaborador con los Humanoides, si no humanoide él mismo, la más célebre asociación de historietistas de la bande dessinée confió al dibujante mexicano José Ladrönn las portadas de las reediciones del Incal. Cuando, finalmente, conoció a Jodorowsky en 2016, el antiguo integrante del grupo Pánico vio el cielo abierto. Tras el éxito de El Topo, que, según su realizador, cuando, después de mucho rechazo, encontró una sala neoyorquina dispuesta a proyectarla —“L’Elgin, un cine de barrio con tendencias pornográficas”, escribe en la introducción al álbum—, el cine estuvo un par de años con llenos todas las noches. Tanto fue así que, en 1972, cuando El Topo fue retirado, se había convertido en una película de culto.
Tengo el cine del mexicano Juan López Moctezuma —La mansión de la locura (1973), Alucarda, hija de las tinieblas (1977)…— en la estela del de Jodorowsky. Quiero decir, que el autor e intérprete de El Topo —en ambos formatos— ha hecho escuela. Pero no sé si no será una exageración eso de asignar a aquella cinta el mérito de haber dado lugar a las sesiones de madrugada, esas proyecciones en horas intempestivas en las que, mientras se programaron —me da la impresión de que ya no se estilan— descubrimos tantas y tan buenas películas.
Con todo y con eso, lo cierto —según confiesa el mismo Jodorowsky— fue que no encontró financiación para rodar una segunda parte de aquel filme y decidió convertirla en un cómic. Pese a sus múltiples facetas, he leído en algún lugar que la actividad como historietista de este polímata alucinado siempre ha sido su principal medio de sustento. Sí señor, El Topo llegó cuando ya se hablaba del otro lado de las puertas de la percepción y resultó ser todo un precedente de Blueberry: La experiencia secreta (Jan Kounen, 2004), otro western místico, alucinado, lisérgico. Este en la gran pantalla.
La impronta de El Topo, la película, no es muy extensa, mas, entre los filmes que la presentan, es muy pronunciada. No hay duda: Jodorowsky es el sacerdote de esa liturgia que propone en diversos formatos. Pero habrían de pasar 34 años antes de encontrar el dibujante adecuado. Fue Ladrönn, en efecto. Por lo demás, las referencias bíblicas, empezando por el Génesis, no faltan. Ambientada en ese México de los spaghetti western, el misticismo de Los hijos del Topo tiene no pocas concomitancias con la liturgia católica. El Topo se presenta como una figura mesiánica que, cuando desaparece, da lugar a un auténtico mito.
De Milo Manara, también humanoide asociado, ya admiraba a sus chicas, sin que ello sirva de menoscabo a la dulce Gwendoline —precursora e icono del bondage—, concebida por John Willie en los años 50, de quien Manara es un reconocido deudo. Sin embargo, las del italiano son las mujeres más sensuales de la historieta del amado siglo XX. El clic (1983), la serie más conocida de Manara, fue otro de esos préstamos de la Ángel González que tanto agradezco. Al igual que Verano indio (1986) y El gaucho (1991), dos melodramas históricos de Manara, sobre guiones de Hugo Pratt. Este par de propuestas son mis favoritas de estos dos dibujantes —si bien en ellas Pratt solo se emplea como guionista—, ya que a mí —con perdón— no acaba de gustarme Corto Maltés, el personaje que se considera la obra maestra de Pratt.
Todo ese erotismo que transita El Topo, consustancial a aquellas películas de los años 70 que se exhibían en las “sesiones golfas” —que también se anunciaban las proyecciones de madrugada—, a mí me recuerda al de Manara y al de ese Willie que tanto inspiró al italiano.
Y aún he creído percibir la comunión de Jodorowsky con otro humanoide, el yugoslavo Enki Bilal, otro historietista y cineasta que me fue dado entre los préstamos de la biblioteca. Las falanges del orden negro (1979) y Partida de caza (1983), ambos con guiones de Pierre Christin, fueron los dos álbumes en los que le descubrí. Si el primero me ha llamado la atención por su apego al pensamiento revolucionario de los años 70, el segundo lo ha hecho por su denuncia del estalinismo. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir esa faceta de cineasta que también se da en Bilal. Cineasta tan alucinado como pueda serlo Jodorowsky, Bilal es autor de cintas tan sugerentes como Bunker Palace Hôtel (1989), Tykho Moon (1996), Immortal (Ad Vitam) (2004), esta última basada en La feria de los inmortales (1980), primera entrega de la Trilogía de Nikopol, celebrado tríptico de Bilal, continuado en La mujer trampa (1986) y Frío Ecuador (1992). Todo ello descubierto merced a la comicteca de la biblioteca de mi barrio.
Esa epifanía, que ya cincuentón con creces me procuró la lectura regular de los Humanoides Asociados, culmina ahora, ya conmigo sesentón y más creces aún, con Los hijos del Topo. Viene además a ratificarme en una idea que empecé a forjarme en la juventud, cuando, en los comienzos de mi cinefilia, visioné por primera vez 39 escalones (1935), de Alfred Hitchcock y, en las secuencias escocesas del filme señero del Hitchcock inglés, verifiqué la influencia del mago del suspense en las secuencias de la Isla Negra propiamente dichas de La isla negra (1937), la aventura en las Highlands de Tintín.
Ya mayor, pasada ya la edad de los tebeos, cuando empecé a escribir sobre bande dessinée y a dar cuenta de cuantos libros tenía noticia sobre el gran Hergé, leí con sumo agrado uno de los textos canónicos al respecto: Conversaciones con Hergé, de Numa Sadoul. El maestro personalmente reconocía entonces la influencia que el cine había ejercido en sus viñetas desde el slapstick. Cada vez son más los cineastas que, antes del rodaje, dibujan todos los planos de la cinta que se disponen a filmar en viñetas que, en su conjunto, son un auténtico cómic de la película.
Los hijos del Topo, con su plástica, su factura, de spaghetti western, o de cabalgada lisérgica al otro lado de las puertas de la percepción, ha sido la última evidencia de la simbiosis existente entre el Séptimo y el Noveno Arte. Prácticamente ambas nacieron juntas —en las postrimerías de la centuria decimonónica— y desde entonces han evolucionado en paralelo para mayor deleite de quienes las amamos a las dos.


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