Salía con dos mujeres. Y bueno, si no la vida es monótona. No recuerdo quién dijo que habiendo tantas opciones quedarse sólo con una… Un despropósito. Y para colmo de bienes hay cada vez más y más opciones, el mundo moderno le llaman, casi para todos los gustos. ¿Si no sentía culpa? A veces, solamente cuando la timada escribía mientras estaba con la otra y encontraba, tras terminar la faena, habiéndola pasado mucho mejor que con ella, el mensaje mártir preguntando acerca del resultado del estudio de próstata que tan preocupado lo tenía (y que había dado bien pero se olvidó de contarle, tras cartón). Entonces la garganta se le hacía un nudo, pero esto no está mal, no mientras no la lastime, se decía para justificarse y, por momentos, lo lograba. Fuera de eso la culpa le entraba por una y le salía por la otra.
Dios mío. Cuánto hacía que no se sentía así, vivo, entusiasmado, con ganas de comerse el mundo, y a su mediana edad eso era bastante deprimente. Cincuenta y seis años y no recordaba lo que era el sexo, el corazón galopante, el corpiño ajeno colgando del picaporte. Se dio cuenta de que había estado aletargado, en estado vegetativo durante casi diez años, desde que formalizó con la otra. Ojo, no siempre habían sido catacumbas. Al comienzo, creía recordar vagamente haber sentido alguna emoción, si la memoria no lo estaba engañando para justificar el sinsentido que seguía sosteniendo.
Contención y seguridad. Eso le había respondido al psicólogo años atrás cuando le preguntó si de verdad la quería. Se lo acordaba porque le había parecido patético, tanto que casi se larga a llorar en el ascensor, saliendo de la sesión. ¿Solamente por eso puede alguien compartir diez años de su vida con alguien más? ¿Porque le brinda contención y seguridad? Una semana entera (si no más) resonándole esto en la cabeza, mientras hacía las compras, en medio de una reunión de trabajo, apretujado en el subte, incluso comiendo una porción de muzzarella en Güerrín llegó a pensar en la desgraciada respuesta. Contención y seguridad… La plaga de dos cabezas que apacienta a la raza humana, la arrastra al conformismo y a la vulgaridad.
Hasta que apareció esta chica. Con ella al carajo todo. Emergió el instinto y adiós al discernimiento, a la cultura, a la represión de Freud. A Julio le hirvió la sangre, el llamado de la pasión, y no pudo más que allá ir. Se le erizaban los pelos sólo pensarla, ¡se comportaba como un adolescente! Cada estupidez que ella posteaba en el WhatsApp se la comentaba con otra. ¡Qué lindo!, cuando compartía la foto de una margarita nueva de su jardín. ¡Gracias!, cuando subía el link de alguna película que le había gustado. ¡Qué bueno!, cuando etc. Llegó a atenderla en medio de una reunión de trabajo con el jefe y clientes potencialísimos, ¡cosa inusitada en él!, sólo para escucharle unos minutos la voz. Minutos que se volvían horas, décadas, años, una eternidad infinita escondido en cierto rincón de la oficina.
Si se enterara la otra a la que respondía recién por la noche tarde, sólo después de haber llegado a casa, de haber tomado una ducha, de haber respondido mensajes del trabajo acumulados y dado de comer a los peces. Y esto los días que no tenía reunión de consorcio (era veedor del mismo), de lo contrario hasta la mañana siguiente tenía la otra que armarse de paciencia. (El amor suele estar dentro de lo posible, no de lo deseable).
Dio muchas, muchísimas vueltas antes de decidirse, porque la otra además de casi abuela era también muy celosa, celosísima, y si lo llegaba a pescar… Pero esa mañana al levantarse con la amargura nuestra de cada día pasó que Mara había dejado un mensaje: que tengas un hermoso día ❤️. Y lo tuvo. Un hermosísimo día. A pesar de haber dormido como el culo, a pesar de la pérdida horrorosa de agua que tenía en el inodoro, a pesar del millón de dólares que había llegado de expensas vio ese mensaje y se sintió enérgico, contento, entusiasmado, por lo que en el break de mediodía, en un acto de arrojo, con la ensaladita de puerro en frente suyo al fin la invitó a cenar.
Y es sabido que cuando se ama, se sufre, y cuando se vive… se arriesga. Así fue que después de la primera salida a cenar, después del primer beso clandestino bajo la lluvia, después de varios encuentros en casa de ella hasta las seis de la mañana, después del río y la luna, del pan y los peces la chica le propuso ir a su casa (a la de él). Ella sabía que Julio tenía a la otra. El honesto anque picarón muchacho se había encargado de contárselo en la primera cita, en la del beso, por lo que ella, sin pensarlo (o con, no lo sabemos), quiso ponerlo a prueba. ¿En un intento de martirizarlo? ¿Quería saber a quién prefería él? ¿Necesitaba boicotear la felicidad? ¿Empezaba a aburrirle la rutina de verse sólo cuando él podía?
Por supuesto Mara esperaba evasivas, titubeos, cola de paja. Ya tenía incluso preparada la escena dramática para el currículum, los dos arriba del taxi, apenas a él se le transpirara la frente, cosa que le haría sentir que, de ser objeto de deseo pasaba a ser la hierve conejo de la que había que deshacerse. Pero no, Julio no la dejó darse el gusto, o el disgusto. ¡Cómo no!, respondió, entusiasmado, sorprendiendo a la brujilda que se quedó con las ganas. Intrigada lo miró unos segundos. El otro le devolvió una sonrisa. Enamorado le tomó la mano mientras indicaba al taxista la esquina en la que tenía que doblar.
Así fue que terminaron en donde el final empezaba; el departamento de Julio, que metió la llave ruidosamente en la cerradura, como si nada, como si no fuera el adúltero de la historia, como si los vecinos fuesen ciegos, sordos y mudos. ¿Como si quisiera que lo descubrieran para que su vida al fin diera un liberador vuelco de campana? Entraron. A ella, curiosa como era, no le alcanzaban los ojos para observarlo todo, la mochila cartera todavía colgada sobre su hombro. Recorrió cuartos y recovecos mientras el cincuentón la seguía con ojos famélicos. Nada. Es decir, nada del otro mundo. Un tres ambientes como los hay tantos. Balcón en el contrafrente. Demasiados muebles para su gusto y lo más interesante (si no lo único), ni una sola foto de la fulana, de la otra. ¡Ni una! ¿Qué clase de novio tenía ninguna foto de su novia en su casa, aunque no convivieran, después de tantos años de relación?
Sea como fuere el hombre no pudo más. La abrazó de prepo en medio del comedor. Le quitó la cartera y la revoleó sobre el sofá (a la cartera). Un loco. A pesar de su soso aposento, de su cocina chiquita, de su dieta sin sal. Y a Mara que le encantaban los locos… La vida armada, dios santo, qué estoy haciendo… Le besó el cuello perfumado. No cualquiera se puede dar ese lujo, tener más o menos un orden, más o menos pocos problemas, o problemas más o menos controlables, y una señora que lo aguante, pero esta mujer… Dios mío, los rulos de esta mujer… La tomó suavemente del pelo y ella se estremeció. ¿Cuánto hacía que una joven hermosa no le montaba una escena de celos? ¡Que alguien no se le enojaba por no responder sino hasta el otro día! La otra ya se había resignado a aguantarlo como era, con sus defectos y todo, en cambio Mara… Mara lo pinchaba en donde mejor le venía. Lo ponía en vereda y así lograba una mejor versión de él. Lo miró a los ojos como si le hubiera escuchado el pensamiento. La agarró enloquecido de la mano y se la llevó a la cama.
Y tan rápido pasó todo que no supo notar su presencia, al menos no al principio, camuflada como estaba entre parlantes, cortinas y televisor.
**********************************************
Se despertó por las voces que venían desde el comedor. No se movió de la cama; intentaba espabilar. Todavía confuso aguzó un poco el oído, tratando de entender qué pasaba, quiénes eran los que estaban hablando. Miró la hora. ¡Las tres de la mañana! Reconstruyó lentamente los últimos movimientos. Mara. ¡¿Y Mara?! No estaba a su lado durmiendo. Iba a encender la luz cuando una estruendosa carcajada le zamarreó el corazón. Se incorporó. No veía un pomo. Sus anteojos… Dios santo, habían quedado allá lejos, en el portafolios, encima de la silla del comedor, o quizá se habían caído al suelo, entre arrumaco y zarandeo. Miró al cielo raso y rogó que nadie los hubiera pisado porque en la obra social le podían llegar a dar un turno para dentro de tres meses, si no más.
Se puso de pie. Tropezó con la mesita, después con sus zapatos lustrados, finalmente con la ropa de Mara. Esto último le dejó bien claro que no estaba soñando, pero… Se asemejaba bastante a una pesadilla. Afuera las luces de la calle iluminaban su cara fantasmal. Se miró al espejo. Qué mal le habían caído los años… Culpa de la seguridad y contención que le había proporcionado su ex durante veinte años de casados. Se acercó hasta la puerta cerrada de la habitación y corroboró lo imposible. Permaneció paralizado un momento. Pegó bien bien la oreja contra la puerta y sí, no era ninguna película, ni video de Youtube, ni fake news; escuchaba dos voces, una de su joven amante, y la otra era de ella, ¡de la otra, valga la redundancia! ¡La de su oficial mujer!
No era posible. No, no era posible de ninguna manera. ¿Estaría enloqueciendo? ¿Qué podía estar haciendo ahí? ¡Con Mara! ¡Charlando y riendo! Retrocedió unos pasos hasta sentarse nuevamente en la cama. Tuvo miedo de caerse, se sintió mareado de pronto. ¿Y cómo no había irrumpido en su habitación a los gritos con una escopeta o similar siendo tan pero tan celosa como era? ¡Enferma era! Había tenido que cambiar de verdulería porque un buen día a la señora se le ocurrió que la peruana lo había mirado “con cara”; casi la mata. ¿Y por qué había venido a semejante hora cuando nunca, jamás se visitaban sin previo aviso? Se sintió culpable. ¿Habría pasado algo grave? No, si hubiera pasado algo grave no se estaría charlando tranquilamente con su aventura en el comedor. Quizá había intentado llamarlo durante todo el día y él siempre con el teléfono en silencio, siempre priorizándose a él y a sus asuntos…
Corrió a la mesita pero su teléfono también estaba en el comedor, en su portafolios, al igual que las pastilla para la presión. Tenía la garganta hecha un nudo. No sabía cómo proceder. Y para colmo de bienes con esto de la próstata agrandada necesitaba ir al baño, urgentemente, pero no podía. ¡No podía salir como si nada! Para llegar hasta el baño tenía que pasar por el hall, y si pasaba por el hall ¡lo iban a descubrir! Más carcajadas, esta vez de las dos mujeres juntas. Por un momento le tentó unirse a la jarana, tan distendidas que se oían, las dos ahí, charlando como viejas amigas. Era ridículo. ¿Mara le habría inventado algún cuento creíble a la otra? Pero, ¿qué podría haberle dicho que no sonara a disparate? Hola, soy Mara. Trabajo con Julio y estoy acá porque no me sentía bien y me ofreció quedarm– ¡No! ¡La mata! Hola, soy Mara. Trabajo con Julio y estoy acá porque no se sentía bien y lo acomp– ¡Tampoco!
Estaba hiperventilando, porque en el caso de que Mara le hubiera mentido a la otra brillantemente ¿cómo sabría él qué decir si entraba al living e interrumpía la conversación? Y no le quedaba mucho de vida, se estaba haciendo encima, literal y literariamente. Ya basta. Iba a encender la luz de la mesita y fingiría una descompensación, eso iba a hacer, fingir un colapso, para ganar tiempo. A los descompuestos se los justifica, siempre, al igual que a los tullidos, aunque a cómo se estaba sintiendo quizá no tenía que fingir nada. Pegar un alarido, fingir y que fuera lo que Dios quisiera. Se recostó para animar a la sangre a llegar hasta el cerebro. Puso los pies en alto, como le había enseñado su sobrina médica. Lentamente volvió un poco en sí. Intentó respirar profundo y pudo pensar claramente. Y cómo no se le había ocurrido antes… ¡Seguramente Mara había citado a su mujer! Ya le había pasado una vez en su tardía adolescencia: la horrorosa traición de la amante que despechada anoticia a la otra de la aventurada desventura.
Se sulfuró, y se sintió un pelotudo, porque la culpa era de él. ¡Nada más que de él! Si ese fin de semana lo había intuido: más temprano que tarde con esta chica las cosas se van a complicar, se dijo. Una y otra vez se lo dijo, en el momento mismo en que le comentó por el WhatsApp que estaba en la plaza de Uribelarrea mirando artesanías en la feria. Por primera vez Mara había respondido con un seco ✌️. Seco pero no inocente. Seco pero cargado de sentido, de signo y síntoma. El emoticón que lo decía todo: ¿Por que no me dijiste de ir con vos a la feria de Uribelarrea? Al final hacés siempre lo que querés, Julio. Nos vemos cuando vos podes. Me tenés para la chacota. Primero la otra, tu trabajo, tu ocio, tu hijo y al final yo. ¡Siempre yo al final! ¿Acaso pensás que soy un repuesto? ¿Un accesorio? ¿Un ciclomotor al que podes encender y apagar cuando a VOS se te da la gana? ¡Mirá que no sos Brad Pitt, eh! Es más, dejás bastante que desear con esa panza incipiente, con esa barba de Papá Noel en la que se te pega el tuco de los fideos, ¡con ese carácter de mierda que te aflora a veces como si tus boludeces fuesen lo más importante del mundo! Mi paciencia tiene un límite ¡y lo que estás logrando es provocar que me–
El balcón. ¿Y si intentaba salir por el balcón y de ahí pasarse a la casa del vecino? Podría decirle que había entrado un ladrón y– ¡No! Estaba delirando del pánico. Las neuronas le habían superado el grado de vibración tolerable, por eso dicen que en caliente no hay que tomar decisiones, y cuanta razón tienen los que lo dicen. Se puso de pie. No se bamboleaba más. Pegó otra vez la oreja junto a la puerta. Se escuchaba solamente música, pero no cualquier música. ¡Esa música! La canción de Arjona que tanto le gustaba a la otra (y él odiaba), la que habían bailado en ese casamiento en el que se conocieron. Al revivir el momento recordó que la otra sí le había provocado algo, una emocioncita, o algo así, pero sólo esa noche, quizá un tiempo más, el resto fue sostenido por inercia, porque no se aguantaba estar solo, veinte años casado con Alicia y lo demás con esta otra, por miedo, a cambio de contención y seguridad…
¿Pero porqué se le había dado ahora por hacerle escuchar esa canción a Mara? ¿Acaso lo estaban torturando las dos mujeres? Eso era. Sin lugar a dudas las harpías sororas se habían puesto de acuerdo para escarmentar al macho alfa, al rey del harén, ¡al patriarca desmesurado! Salió al balcón un momento porque la idea le produjo surmenage. El viento en la cara le refrescó la memoria. Pasó revista por su vida, su vida de mierda. Un hijo de mierda que sólo aparecía cuando necesitaba plata. Una mujer a la que había logrado tenerle cariño, pero nada más. Una casa a medias que tuvo que vender al divorciarse y con eso había podido comprar el apático tres ambientes de Almagro. ¡Toda una vida de trabajo para esa mugre! Trabajo de mierda, por cierto… Que le llenaba el día pero no lo satisfacía en absoluto. Lo salvaba de pensar, eso sí, de darse cuenta de que llevaba una vida de mierda.
Salió de la habitación y decidido entró al baño. En un segundo se tragó la caja de ansiolíticos y volvió a la habitación. Cerró la puerta, ruidosamente. Las dos mujeres seguían calladas. Se escuchaba solamente el ruido de los hielitos en los vasos. Se recostó en la cama a esperar el apoteótico fin. Si no había logrado destacar en vida al menos intentar hacerlo post mortem. Entonces entró la chica, Mara. Con una enorme sonrisa en la cara se acercó, le besó la barba, bebió un sorbo del vaso de agua. No me dijiste que teníamos compañía. ¡Nunca había visto a una! ¡Es genial! Julio la miró, somnoliento. Es que no sabía que teníamos compañía, de verdad, y no sé cómo… Shhh… Pareces drogado, mi vida. ¡Alexa! ¿Te parece que Julio se droga? Ja ja, respondió el aparato desde el comedor, con la voz diabólica de la otra, de la celosa, de la csai abuela perfectamente lograda. Julio no necesita drogarse, continuó, Julio es así, un huevonazo importante. El hombre detuvo un momento la respiración, el suficiente para que su cerebro atara el cabo con la poca consciencia que le quedaba. Alexa… Claro, era su IA… Pero, ¿por qué hablaba con la voz de la otra? Nunca lo pudo saber, ni de dónde había sacado el dato de la canción de Arjona. Cada vez que se lo preguntaba el bicho espantoso se apagaba solo, o le ponía la radio evangélica, o le encendía la tele, o lo dejaba a oscuras, o le susurraba cosas horribles sobre su pasado.
Por suerte Mara había estudiado primeros auxilios. Se dio cuenta a tiempo de lo que había hecho el desesperado infiel y llamó a urgencias que llegaron, valga la redundancia, a tiempo. Y mientras iba en la ambulancia acompañado por la joven muchacha pensó en su mujer, seguramente durmiendo en la casa, habiéndose cansado de esperar que le respondiera, que le contara cómo le había ido con la última licitación del trabajo.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: