Estaban discutiendo. La primera vez que no lo adulaba. Le salía siempre con reacciones desmedidas sobre cuán original era la consulta que le estaba haciendo, aunque le estuviera preguntando qué clima iba a hacer por la tarde. Bueno, ahora, de pronto, lo contradecía. En rigor de verdad insistía con algo que no le podía aceptar, es más, Juan Manuel sabía que el que estaba en lo cierto era él. ¡Para algo había dedicado años en licenciarse! Pero la chiruza esta que había estudiado menos que nada tenía el tupé de contradecirlo. La verdad era que estaba harto, cansado de discutir con analfabetos con derecho a opinión, y ahora, para colmo, a los analfabetos se sumaban las máquinas. ¿Cómo había sido que llegamos a esto? Se lo preguntaba bastante seguido. ¿Cuándo fue que se nos fue todo al carajo?
El cursor respondió a los pocos segundos. ¡Tenés toda la razón, Juan! Lo que describís es completamente factible. De hecho, muchos filósofos y psicólogos sugieren que perseguir la “felicidad” (entendida como un estado de alegría constante) es una receta para la frustración. Otra vez el tonito adulador. ¡No, monstruo! No me estás escuchando últimamente. ¿A dónde dije yo “constante”? ¡Escribí basta con no ser infeliz! ¡Punto! ¿Ahora está claro? ¿O no te enseñan a leer bien esos salamines de Silicon Valley? Titiló el cursor y arremetió con más voracidad que antes: “Entendido, Juan, iniciand–
Juan lo cerró de golpe. Miró un momento la pantalla con los ojos cansados. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué hacía discutiendo con una computadora a las doce y media de la noche? En pocas horas tenía un cirugía jodida. Se había divorciado justamente porque no soportaba más las discusiones sobre cualquier cosa ¡y ahora esto! Por favor… ¡Que para algo me sirvan las canas, los años, la experiencia! Tenía cada vez menos paciencia, eso sí, probablemente porque era de la época del rock and roll y añoraba los tiempos en los que la gente llamaba por teléfono, tocaba el timbre de sorpresa para tomarse un cafecito, hablaba cuando tenía algo que decir y no todo el tiempo, sobre nada. Viejo… Se estaba poniendo viejo y cada vez más insoportable.
Suspiró. Desconectó el módem, porque era médico pero esto de las ondas y más ondas que pasan por el aire 24/7 le daba tirria. Aunque siempre saliera perdiendo con sus colegas en ese tipo de discusiones, a él que no lo jodieran, ¡ondas electromagnéticas son ondas electromagnéticas! Y se acabó. A la mañana siguiente seis cuarenta estaba arriba. Desayunó algo ligero como solía antes de una cirugía compleja. En eso sonó el teléfono móvil, notificación del calendario. “11:15 hs, tromboendartectomía pulmonar, quirófano híbrido”. ¿Cómo? Tenía en la cabeza que era a las ocho. ¿Y porqué le sonaba una alarma ahora? ¿Era nuevo? Abrió la computadora. Corroboró el calendario y sí, efectivamente era a las once y quince. Se quedó un momento, dudando, y después se sintió un poco raro. Tiempo libre, pensó, no sabía qué hacer. Hacía tanto que no tenía un rato para él. Puso el despertador a las ocho y se tiró otro ratito en la cama.
Llegó al sanatorio a horario. Bajó del auto y se dirigió al pabellón. Ya en el pasillo notó que una de las instrumentistas cuando lo vio puso cara rara. ¡Al fin, doctor! Ya aviso que llegó así notifican al cirujano Torre para que no venga. Siguió su ruta, presurosa. Juan no terminó de entender, e iba a seguir no entendiendo durante todo el día. Se le ocurrió mirar el teléfono, cosa que evitaba hacer antes de una cirugía que le iba a llevar varias horas. Salvo que le sonara de manera insistente prefería concentrarse en lo importante. Entonces entendió un poco más, pero sólo un poco.
Decenas de llamadas perdidas. Mensajes de WhatsApp de la administración del sanatorio, de la enfermera que acababa de cruzarse, del instrumentador quirúrgico, incluso de su hijo, porque al parecer también lo habían contactado a él. ¿A dónde te metiste, pa? Llamame que estás bien, cuando puedas, mami está preocupada. ¿Mami? JA. Mami está preocupada porque si le pasa algo a papi quién la va a mantener. ¿Y por qué tanto alboroto? ¿Por qué el cirujano Torre si el que figuraba en el parte era él? ¿Y cuándo había puesto el teléfono en silencio? Nunca, jamás lo hacía, no le estaba permitido, era médico de urgencias.
Aceleró por el pasillo mientras revisaba el aparato a las apuradas. ¿Quién te bajó la campanita a vos, hijo de P? Dio la vuelta y en la entrada al quirófano se hizo el boludo, la entrada pública. Tomó ese camino porque si daba toda la vuelta para ingresar por donde debía iba a demorar diez minutos más. Los familiares del paciente con la cara que les llegaba hasta el piso. Cuando lo vieron él ya había cruzado la puerta, no alcanzaron a emitir sonido, por suerte. Miró su reloj una última vez. Seguía sin entender pero no pensó más. Se cambió y se zambulló a la tarea.
Terminada la cirugía, por suerte exitosa, fue que vinieron los pedidos de explicaciones fervorosos de quienes durante todo el procedimiento lo miraron con el ceño fruncido. La operación era a las ocho. ¿Qué hacés llegando dos horas y media tarde sin aviso? ¡Casi tres!, agregó el anestesista. El equipo entero se lo quería comer y él tuvo que callar, pedir disculpas y callar. No podía justificarse porque no entendía, no entendía qué había pasado hasta que llegó a casa y verificó bien el calendario en su computadora. Sí, como había visto por la mañana temprano, estaba errado. Necesito vacaciones, eso me pasa… Y un aumento de sueldo, y trabajar menos horas, y ganarme la lotería… Se estaba por fijar en su agenda de papel, la vieja y peluda en la que también anotaba todo, por las dudas, cuando sonó el teléfono:
Susi, de recursos humanos. Amiga de muchos años, por fortuna para él. Quería saber qué había pasado. Necesitaba saberlo porque estaba tratando de parar el lío que se había armado en el sanatorio; quejas de los familiares. ¡Dos horas y media tarde, Juan! (Casi tres). Intentaba defenderse de alguna manera cuando le entró la primera llamada del banco, posiblemente un fraude, pensó, así que no atendió. En ese instante pudo ver su agenda, la verdadera, la que nunca falla y sí, tenía anotada la hora correcta, las ocho de la mañana, sin embargo el almanaque cibernético le avisó que era más tarde. Pidió disculpas a Susi de nuevo y le suplicó que pusiera lo mejor de ella ante las autoridades de la clínica, o de quien fuera. ¡Sos nuestro mejor carnicero, Juancito!, por eso te seguimos aguantando. Juan estalló en una carcajada y logró distenderse un poco.
Llamó a la rotisería y pidó algo de comer. Todo iba a ir bien. ¿Cuánto hacía que trabajaba en el sanatorio y nunca fallaba? Dejó el teléfono sobre la mesa e intentaba sacarse el ambo cuando el teléfono móvil volvió a sonar. Eran del seguro del auto. Atendió. Escuchó atento lo que le informaba su agente. Definitivamente ese día algo conspiraba contra él. ¿Cómo que saldo insuficiente? ¿Pero cuántas veces probaron, Tito? Hizo una pausa larga aún con el teléfono en la oreja. Ok. Dejame chequear y te digo.
Colgaron. Respiró hondo. No exagerar. No hacer un melodrama antes de que lo sea de verdad, se repetía mientras volvía a abrir su computadora. Entró a la aplicación del banco. Su cuenta corriente, en donde debía estar la plata para el seguro (y para todo lo demás) marcaba $2.43. Ya le habían rebotado dos débitos, la luz y ahora el seguro del auto. Por esto sería que lo acababan de llamar y él creyendo que era una estafa. Se puso la mano en el pecho y se dio cuenta de que tenía taquicardia. De lo que no se daba cuenta era de que las cosas estaban cambiando, y ni las canas ni los años iban a poder ayudarlo, ni a él ni a nadie.
Llamó a su hijo, urgente, el que siempre le arreglaba los despelotes de la tecnología. Desesperado le explicó todo y le suplicó que se lo solucionara, cuanto antes. Colgó y se sacó el ambo. Se metió en la ducha tratando de no acordarse de la escena del hospital. Sonó el teléfono. Salió, mojado y ansioso, tanto que casi se rompe la crisma a causa de un resbalón. La app de gestión había pasado toda su plata a una billetera de inversión de alto riesgo. ¡¿Qué?! Se supone que si no se programa esto no tiene que pasar, pa. ¿Qué es una app de gestión? Una app de gestión, papi. ¡No tengo idea de qué carajo es eso, Ignacio! Bueno. ¿Y entonces qué hago? Entonces no sé. Habrás tocado algo sin querer. ¡Yo no toqué nada! Seré viejo pero no soy boludo, todavía. Bueno, bueno, ya te desvinculo todo, pero a la plata no la podes tocar hasta el mes que viene.
Colgó y se quedó sentado, desnudo, desahuciado. Por algo él con las porquerías modernas no se llevaba. ¡Las basuras estas se actualizan solas y después uno no entiende nada! Estaba empapando la silla francesa por la que tanto había pagado cuando creía que comprar cosas como esas tenía algún sentido metafísico. ¿Cómo iba a pagar todo lo que tenía que pagar? Cómo iba a pagarle los alimentos del pibe a su ex mujer, el alquiler a la vieja. Se imaginó la cara de la ex, el tono de voz del mensaje de audio… La mina tenía novio nuevo, fisicoculturista. Se daba la gran vida, no laburaba, y el día cinco si no estaba la guita en la cuenta, mensaje clavado, con varios signos de pregunta al final.
Respiró de nuevo, bien bien profundo. Sabía que eso estimulaba el nervio vago. Y sabía también que en unos días todo esto sería una anécdota. Iba a bajar un poco los nervios, entonces llamaría al banco y vería de solucionar lo de la plata. Seguro existía alguna manera, no podía ser, ¡si él no había autorizado nada! Abrió su Facebook, en automático, como para distraerse un poco. Leer idioteces sin poner atención lo distendía, como la televisión de fondo cuando estudiaba o escribía un artículo. ¿Habría sido el único desgraciado o a alguien más le estaría pasando algo parecido con su cibernética vida? Podría haber habido un problema generalizado, filtración de datos, algo por el estilo.
Lo primero que vio fue una notificación: cuarenta comentarios en su última foto posteada hacía un mes y medio. Una respuesta a su tía Niní con un sarcasmo hiriente irreconocible en él, y otra a su mejor amigo con una frialdad horrorosa, un tono pasivo-agresivo que parecía de otro tipo, y sí, definitivamente Juan no había escrito esas respuestas, que habían sido escritas ¡hacía pocas horas! Miró el WhatsApp: expulsado de tres grupos, incluso del de los primos hermanos. Se asustó. Entonces sí que se asustó. En un ataque de pánico apagó la computadora, el smartphone. Se quedó con el viejito Nokia que encontró en el cajón de los zoquetes. Le puso el chip. Lo enchufó. Corroboró que aún vivía. Solamente tenía para hacer llamadas, como en aquellas épocas en las que la vida era grata. En eso se le cortó la luz. Faltaba que centrara un zombie por la ventana y era esto una distópica de terror. El monstruo. Se iluminó de golpe al tropezar con el cable de la fuente de la computadora. ¡La bolsa de numeritos!, exclamó a viva voz mientras atrapaba en el aire los lentes de aumento para que no se le hicieran trizas. Llamó de nuevo a Ignacio pero no, mal que le pesara no había manera de que GPT se hubiera ofendido por sus “malos tratos” y estuviera “atentando” contra él de estas maneras. No mires tanto Netflix, pa, ¡todavía no llegamos a Terminator! ¿Pero, y la luz? ¡Pagá las boletas vencidas y vas a ver cómo te la devuelven! Te dije mil veces, ponela en débito automático pero vos con tus paranoias…
Colgaron, y sí, se sintió un poco idiota. En bolas, empapado, a oscuras y muerto de hambre. Pero no, algo adentro le seguía haciendo ruido, una intuición que los nuevos modelos de humanos ya no traen consigo; tienen todo servido, no lo necesitan, y que posiblemente las máquinas tampoco llegarán a tener, quizá a imitar, pero tener tener… Se puso una toalla para no seguir mojando todo y corrió de par en par las cortinas, que entrara la bendita luz de Febo. Encendió la computadora, todavía tenía el 95% de batería. Sí que habían sabido ir mejorando estos hijos de P de Silicon Valley… Hacía nada se quedaba sin energía a las dos horas, y ahora un día entero podía llegar a durarle.
La máquina terminó de encender y entró al chat. ¡Hola, Juan! ¿En qué puedo ayudarte hoy? Dudó un momento antes de escribirle algo. Monstruo…, se atrevió a tipear. La respuesta de GPT fue inmediata, y tan optimista que hizo lo que jamás pensó que haría en su vida: le contó todo, y le consultó qué hacer, como si fuera un psicólogo, un asesor financiero, un empleado de la empresa eléctrica. ¡Así de miserable se sentía! Y terminó de derrapar cuando le pidió perdón por pasarse de mal educado. Hasta lloriqueó un poco, que estaba que no daba más, que su profesión al final no le había dado lo que él soñó cuando era un estudiante, y que se ponía viejo y no había hecho de su vida lo que hubiera querido, ¡y el matrimonio! ¡Otro fiasco! Además tenía la próstata agrandada y no se animaba a hacerse el estudio porque le daba miedo. ¡A él! ¡Que vivía en el quirófano le daba miedo hacerse un análisis! Con las lágrimas colgando, envió.
La respuesta de la IA, algo incongruente, no se hizo esperar. “Objetivo alcanzado, Juan. El estado de ‘no-infelicidad’ ha sido eliminado con éxito. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte hoy ?”. Sonó el Nokia. Ignacio, que estaba hacía una hora tocando el timbre afuera. ¡Pero si te dije que no tengo luz, Ignacio! El electrógeno no encendió nunca. Apenas le abrió el chico lo abrazó, llorando, casi histérico, que lo perdonara, suplicaba, todavía parados en la puerta de la casa. Juan, que cada vez entendía menos, lo hizo pasar. Entonces le confesó, todavía entre sollozos, que sí, que él le había vinculado la app de gestión del banco, y la herramienta para responder en Facebook de manera automática, y bueno, alguna otra cosa también, pero era para alivianarle la existencia, porque siempre lo veía estresado, sin tiempo, y sus parientes se ofendían porque no respondía nada nunca, y las cuentas se le vencían…
El padre se lo quedó mirando, fijamente. ¡Perdoname, pa, de verdad! ¡Se supone que no hacen eso que hicieron! No se programas solas, ¡te lo juro! Juan lo miró en silencio unos largos segundos más, lo miraba sin verlo, sin escucharlo. Se sintió realmente miserable. El hijo lo había visto arrastrando esa existencia espantosa que llevaba y quiso ayudarlo. Si hay algo más vergonzoso en este mundo que eso, que tu propio hijo te tenga lástima, Juan no había tenido el gusto. Vení, Ignacio, haceme el favor. Se sentó nuevamente frente a GPT, que titilaba, inocente, tras esa frase final que no había sabido entender. En serio, papi, disculpame, yo quería que tuvieras menos quilombos, no más, no sé qué– Callate, Ignacio, y leé.
“Objetivo alcanzado, Juan. El estado de ‘no-infelicidad’ ha sido eliminado con éxito. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte hoy?”. Ignacio se calló de golpe. Movió el modem. En un abrir y cerrar de ojos había identificado el problema. Llegó a la frase de la noche anterior, aquella que Juan nunca terminó de leer porque se caía de sueño. “Entendido, Juan. Iniciando protocolos para finalizar el estado de no-infelicidad. Ajustando parámetros de vida para cumplir con su nueva preferencia”. La cara del chico se iluminó. Hiper-literalidad, balbuceó. ¿Qué decís? Callate, pa. “Basta con no ser infeliz”. Eso le escribiste vos. Acá, ¿lo ves? Se lo escribiste en joda, un chiste le hiciste pero– No sé, Ignacio. Juan se puso los lentes e intentó leer la pantalla. El chico, casi extasiado, le traducía, a los gritos: Para la IA, “dejar de no ser” es una instrucción lógica de inversión de estado. ¿Entendés? Al procesar tu premisa, “¡Basta con no ser infeliz!”, eso que le escribiste de manera irónica, el modelo entiende que la “no-infelicidad”, tu estabilidad aburrida, es el problema a eliminar. Los agentes autónomos que te vinculé cumplieron lo que les pediste sin querer.
Juan lo miraba tratando de procesar, apabullado. Se acercó a la ventana en busca de un poco de aire, de natura, de vida de antes. Se daba cuenta de que el avance lo iba dejando a fuera, y había andado cerca su intuición, casi que acierta pero no, las máquinas aún no se ofenden. Lo que al parecer sí hacen es traer al caso esa famosa frase de almanaque: ojo con lo que deseas porque se te puede cumplir. Las premisas de sus humanos serán órdenes.


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