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Fragmentos, de Mar Echenique

Fragmentos, de Mar Echenique

En clase y en los talleres de escritura creativa abro una sesión preguntando si alguien recuerda qué significa ignaro. Suelo ver caras sorprendidas. Doy otra pista para el desconcierto. ¿Y qué significa estudiante, omnipotente, cantante y, atención, ignorante? Las respuestas coindicen, claro está: que estudia, o más o menos estudia; que lo puede todo, o muchísimo; que canta, aunque no se suba a un escenario; y, por fin, que no sabe. Que desconoce algo. Ignaro se define como “que no tiene noticia de las cosas”.

Y a continuación, medio ingenuamente, lanzo esto: ¿Y qué es lo contrario de ignorar? La solución llega pronto, unánime: saber.

Para nuestros ancestros lingüísticos ignorar ya era «no saber». El prefijo latino «in-» —indica negación o privación— se transformó en «ig-» ante palabras que empezaban por «n». Aquellos lejanos hablantes recurrían al verbo ignorar también para dar a entender que no sabían el paradero de alguien, su situación, su presente… y derivó en el sentido de «echar de menos» a esa persona. En catalán, ignorar se hizo enyorar, es decir, nuestro añorar.

"Cuatro nociones entretejidas. Como los puntos cardinales y sus posibilidades. Y de relevancia las cuatro. Las patas de una mesa"

Si durante esa pesadez de intro compruebo miradas de «¿pero a dónde quiere llegar este?», me salto cosas (una, que la palabra necio, hija de ne– y scire, señala literalmente al «que no sabe»; otra, las relaciones con la ciencia y con science). Y por fin entro en la quintaesencia del proceso de un relato. Resumida en este camino: «Alguien cuenta algo a alguien». Cuatro nociones entretejidas. Como los puntos cardinales y sus posibilidades. Y de relevancia las cuatro. Las patas de una mesa. Sin necesariamente estar equilibradas. Porque pueden cojear adrede. Insisto en que el «algo» —la «historia», el «argumento»— no tiene por qué ser la cuestión principal. La sinopsis, el extracto, jamás refleja la riqueza de una obra narrativa. «Chico conoce chica» se queda en casi nada, en chispa de principio. Un logline, o como lo llamen, tipo «un niño se hace amigo de un extraterrestre apartado de su nave espacial y le ayuda a regresar a su planeta antes de que lo capturen los terrícolas» parece un maniquí sin apenas vestuario. Lo genial emerge en escenas como la de la cerveza que se trasiega en casa de E.T. y los efectos que comparte con Elliott estando en el laboratorio del instituto. Muestran su completo grado de vinculación.

Y vuelvo al primer «alguien» de «alguien cuenta algo a alguien», es decir, un narrador narra… Lo que marcaba la privación, la carencia de aquel viejo īgnōrāre, lo que negaba era narrāre. En latín narrāre significaba «hacer a uno conocedor». Y el rasgo esencial del narrador es el saber, el conocimiento. El narrador omnisciente lo sabía absolutamente todo de todos. Hasta la última rendija de su voluntad, hasta el pliegue más apretujado en su pasado. Y pormenores y resquicios de lo que les iba a suceder. Es Dios. Y algunos escritores emprendieron el «deicidio».

Porque el mismo hecho puede tener versiones. Y transmitirse de diferentes maneras según quién lo cuente y a quién y en qué circunstancias. De ahí proceden explicaciones teóricas —a veces útiles— de las modalidades de narrador. Entre otros, el «narrador equisciente»: sabe lo que sabe su personaje. Están en el mismo nivel, raseados, en igualdad. Ni más arriba ni por debajo.

"Los estudiosos añaden otro concepto: el narratario. Es decir: «el destinatario interno del relato, un ente ficticio a quien el narrador dirige su discurso»"

Y no faltan las obviedades: el narrador puede participar —haber participado— en los hechos. O no. Haber sido protagonista o solo testigo. Presencial o una especie de informante que levanta acta. O desmemoriado después de haber ido deshojándose los años. O poco fiable. O al contario: demasiado cándido y todo se lo cree, como un becario bisoño. García Márquez borda este mosaico de perspectivas en Crónica de una muerte anunciada (1981), una realidad imposible de recomponer verazmente. Como un espejo astillado, que refleja un fragmentario qué pasó.

Aunque tampoco tiene por qué participar el narrador en la historia. Mi admirado G. Genette disminuía la importancia de distinguir entre narración en 1.ª y 3.ª persona: creía que más que escoger entre pronombres el autor elegía actitudes narrativas, distancias, voces. Si participa o no en la historia que narra, si se descubre o hasta si borra sus huellas. Que la historia la cuente uno de los personajes o un narrador que no tenga nada que ver. Ahí radica la clave: en quién ve la historia o la percibe y quién la cuenta. Y Faulkner es —me parece— la culminación de esa forma de contar. Y cómo ordena los hechos. O cómo los silencia. Y si escamotea algo.

Los estudiosos añaden otro concepto: el narratario. Es decir: «el destinatario interno del relato, un ente ficticio a quien el narrador dirige su discurso». Un destinatario inmediato, esté presente o no. Pertenezca a la historia o la escuche o la lea. Estirpe del «desocupado lector» cervantino, «carísimo», «suave», «curioso lector…». La presencia del tú o segunda persona dentro del relato lo hace «personaje-narratario». Para mí, Carlos Alfaro encumbró este modo de narrar en sus cuentos. Implicaba con ese mecanismo a quien se había sentado a leer. Lo inquietaba. Lo zarandeaba. Lo sigue incomodando aún.

Sea como sea, y usted habrá leído antes el microrrelato que traemos hoy, a fin de cuentas la realidad dicta que «quien habla (en la narración) no es quien escribe (en la vida) y quien escribe no es quien es», como exponía —hace sesenta años— Roland Barthes.

Quien habla en «Fragmentos» no es su autora. Su autora es «quien escribe»: Mar Echenique, donostiarra de nacimiento y pronto madrileña de adopción. En la Autónoma «estudió Psicología porque nada le parecía más digno de análisis que el comportamiento humano». Empezó a escribir, y a destacar, siendo adolescente. Pero a los dieciséis, cuando descubrió la narrativa breve de Cortázar y de Borges, «le sobrevino —captó ella misma— el pudor, la necesidad de batallar con cada fragmento del relato, con cada rasgo de sus personajes, antes de mostrarlos en público». En Una mariposa en el café (2019) reunió una decena de cuentos. Disfrutará con «café solo, bien cargado y con dos de azúcar», con «un barco en el puerto». Seguro que con los diez. La escritora conoce de cerca el alma humana y el interior de los desalmados. También «las tortuosas relaciones entre magníficos autores y sus codiciosas editoriales». Ha publicado la novela Valium 10 en la vicaría, un caso de la inspectora madrileña Valeria Pereira.

En «Fragmentos» no vale resumir que un hombre se dirige un domingo temprano al hospital para visitar a su mujer, Matilde, que lleva treinta días en coma en la UCI. Es bastante bastante más que un ejemplo logrado de narración en primera persona con narratario explícito. Y, con creces, supera la categoría de muestra afortunada de qué detalles —el vermut, los diarios embalados, la vecina de los caniches, la maleta, la intubación, la rutina hospitalaria…— ponen cuerpo y rostros a una narración honda, crítica. El final es etimológicamente apocalíptico: se destapa la cubierta, se retira el velo que tapaba toda la verdad. Es una revelación. Que cambia por completo el pasado. Y el autorretrato del narrador. Y al lector le corresponde un papel determinante: reconstruir el dolor, el horror, por sí mismo. Las astillas del espejo.

*****

FRAGMENTOS

Me he levantado temprano y me he afeitado con diligencia antes de entrar en la ducha. Voy tan pulcro que casi no podrías reconocerme. Te encantaría.

Aún es pronto, por eso decido no coger el metro. Tengo tiempo de sobra para ir a verte dando un paseo. Como es domingo, la ciudad está prácticamente vacía y en la plaza sólo me cruzo con la anciana del 6, que bosteza, mientras tira de la correa de sus dos caniches. El quiosco de prensa está ya abierto, aunque los paquetes de periódicos esperan todavía a ser desembalados. A estas horas hace un poco de frío, pero el cielo está azul. Seguro que al mediodía el sol va a calentar y podré sentarme en la terraza del bar a tomar un vermú.

A ti, al principio, te gustaba mucho que tomásemos el aperitivo los domingos, luego no. Te quejabas de que yo no sabía parar, de que después de un vermú venía otro y no había manera de volver a casa, comer la paella y pasar la tarde tranquilos.

He llegado demasiado pronto. Falta todavía más de media hora para la visita. Desde mi asiento veo el reloj de pared y me entretengo con el movimiento circular de las agujas: un minuto, otro.

Poco a poco, los familiares de los demás pacientes se han ido congregando a mí alrededor, y la sala de espera se ha llenado de gente que aguarda la llamada del enfermero. Ha pasado un mes, y no he fallado un solo día. Los demás nombres de la lista han ido cambiando. Sólo el tuyo continúa. Me he acostumbrado a la rutina del hospital. Conozco a los médicos y a los enfermeros de la UCI, y ellos se han encariñado conmigo.

Me gusta verte, aunque tú no puedas hablarme, aunque no abras los ojos, aunque no te muevas. Llevas treinta días dormida, rodeada de máquinas y con un tubo en la boca que mantiene tu respiración constante. Nuestro hijo viene cuando puede: ya sabes, tiene mucho trabajo; así que sólo me tienes a mí. Pero no te preocupes, yo estoy dispuesto a cuidarte, quiero hacerlo, amor mío.

Habías hecho la maleta, ¿te acuerdas? He vuelto a colocarlo todo en su sitio. Si te despiertas, no podrás andar, porque en la caída recibiste un golpe que te seccionó parte de la médula. Ya no irás a ninguna parte. Estarás a gusto en casa, te sentaré junto a la ventana y podrás ver la calle. Viviremos tranquilos, como a ti te gusta.

Nadie sabe lo que pasó, quizá ni siquiera tú te acuerdes, pero, aunque así fuera, no podrás contarlo. ¿Qué harías sola e inválida? Ahora me vas a necesitar a tu lado. Se acabaron las riñas y las amenazas. Creen que te caíste, y eso es lo mejor para todos, para ti también.

Matilde, estás tan guapa dormida. ■

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En Una mariposa en el café, Grupo Editorial Círculo Rojo, 2019.

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