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Camisas, de Felipe Benítez Reyes

Camisas, de Felipe Benítez Reyes

Comentando por teléfono un proyecto de impulsar a leer a adolescentes con textos breves, Paco Antón, sabio antes de añadir a su vida la profesión de editor minucioso, dio en el diez de la diana hablando del microrrelato. Apuntó que los perdurables no dejan fuera de su frasquito la esencia del humor. Y parece cierto: al girar la rosca —maña y habilidad—, la gracia se hace crítica, exhala vapores de reflexión y consigue llenar los huecos del álbum de la historia. Que esa —la elipsis— sí es característica de género. La insinuación.

Yo proponía, además, que con cada pequeña pieza hubiera además una actividad relacionada con la gramática. Pero sin pestazo a rancio. Con aroma incluso a menta. Aunque ahora, entre la gente más joven, triunfan gustos fuertes. Patatas fritas con sabor a huevo frito, a escabeche, a cebolla caramelizada. Incluso a asuntos exteriores como haggis escocés o cappuccino.

A este microrrelato de Felipe Benítez Reyes, «Camisas», le añadiría una cuestión gramatical sobre los nombres propios. Si ciertas palabras tienen connotaciones, sugerencias, positivas, como vida, felicidad, gracias, desarrollo, descanso…—, otras, en cambio, arrastran ecos desfavorables: cárcel, cobardía, rencor, sucio… Ahora viene la cuestión: ¿los nombres propios tienen connotaciones? ¿O más bien se limitan a denominar, a identificar? ¿Puede alguien que se llame Venancio o Ursicio ser CEO de una multinacional del comercio electrónico y la computación en la nube? ¿Prudencia o Leonila o Emeteria abrirían, con su nombre en la placa, un negocio de alta costura? ¿Piccola Napoli sugiere que es un asador de chuletones? ¿Y Betanzos una pizzería? Funcionará bien una heladería que se llame Giuseppe o Giovanni, ¿verdad? ¿Mejor que «Helados José Ignacio»? ¿Por qué tantos bares se abrieron hace años con nombres exóticos y remotos: Hawái, Manila, Oslo, Windsor… y ya no Casa Pepe o Bodegón Manoli?

Lo digo por las últimas líneas de «Camisas», que habrá leído usted antes que estas parrafadas mías, donde sale mencionado cierto establecimiento. El lingüista rumano Coseriu aclaró el intríngulis: el nombre propio no significa, solo identifica. Palabras como mar, país, persona, cafetería, perro… «clasifican» la realidad. Con el nombre propio se produce un segundo nombrar: que distingue, que individualiza.

Alguien que se diferencia de otros es Felipe Benítez Reyes (1960), gaditano de Rota. Sus libros están traducidos al inglés, al italiano, al ruso, al francés, al rumano y al portugués. Variado, flexible en géneros, es poeta —sublime—, narrador en todas las extensiones —ameno siempre, vivaz—, autor de ensayos, de artículos de opinión, traductor, componedor y hacedor de collages con cuentos incorporados. Y con éxito. Por su personalidad. Se comprueba en su blog.

Por centrarme en sus cuentos, en Oficios estelares (2009) recopiló casi exactamente sus tres primeros libros de su narrativa breve: Un mundo peligroso (1994), que abarcaba creaciones suyas entre 1982 y 1994; Maneras de perder (1997), con relatos de 1995 a 1997; más el entonces inédito Fragilidades y desórdenes. Siguió publicando: Formulaciones tautológicas (2010), Cada cual y lo extraño (2013), El azar y viceversa (2016), Por regiones fingidas (2020). Y continuará. Y en otros vagones viajan las novelas. Cosas del talento.

«Camisas» es uno de sus primeros microrrelatos. Es muy original. Benítez Reyes demostró esa concienzuda espontaneidad suya desde sus comienzos. No es fácil, aunque lo parezca. Planchar meticulosamente requiere preparación: lavar con cuidado, separando por colores, tender para secar la prenda. Por lo visto, el cuello debe alisarse del revés, desde las puntas hasta la base de la curva para evitar arrugas visibles. Puños, mangas, espalda… necesitan laboriosas instrucciones, al estilo Cortázar.

El narrador de «Camisas» no nos enseña esa operación doméstica. El lector no busca aprender a planchar. El lector debe inferir, por la suma de pequeños indicios, no por afirmaciones directas de quien plancha y cuenta, qué ocurre y qué ha ocurrido. El relato está construido precisamente para que el lector «complete» lo que falta. Por encima de lo pintoresco de los personajes. Las pistas principales son, por ejemplo: que salen los sábados por la noche («A eso de las ocho, salimos los dos muy perfumados»). Que compran muchas camisas, aplanadas con esmero, se envuelven en colonias caras. Porque frecuentan un lugar donde importa la apariencia y donde la gente va a que la vean. No da la impresión de ser un restaurante, un club náutico ni una parroquia. Y el rótulo de ese sitio desvela de verdad bastante. Un nombre propio. El único del cuento.

Otra de las originalidades de «Camisas» es el psiquismo. Proeza resuelta en espacios mínimos. La muerte de la madre es el origen de todo: los dos hombres intentan, en esas circunstancias, rehacer su subsistencia afectiva. O escapar de la soledad. A la madre la retrata su propio hijo, oblicuamente. Apenas sale pero su figura domina el relato, porque su ausencia organiza la vida de los otros dos. Mujer hogareña, tradicional, responsable, ahorradora, atenta con otros. ¡Las tartas! No era perfecta: era real, corriente, planchaba regular, y quizá marcaba el equilibrio doméstico y moral de esa familia. Con su muerte crece una brecha.

El padre es también un personaje clave. Y oscurillo. Resuena algo medio adolescente en ese esfuerzo suyo por arreglarse. La camisa tropical que no ha estrenado —que se sepa— revela inseguridad: quiere transformarse pero no se atreve del todo. Enviudar lo ha desorientado. Pero lo que hace los sábados lo hacía antes también.

El hijo, el narrador, sabe reparar en detalles. Parece emocionalmente frío, por lo contenido. Tras la muerte de su madre asume tareas domésticas, acompaña al padre, se convierte casi en compañero suyo. Y no parece juzgarlo; más bien lo protege con discreción. Comparten silencios de complicidad. Tampoco demuestra palpablemente el afecto.

El hijo relata lánguido con una voz y una perspectiva que soslaya el drama, aunque precisamente por eso transmite más tristeza ante esa situación de la que el lector se hace cargo. La pasión se contagia. Igual que la desidia y el desinterés.

Y como insiste la semiología de los relatos, hay que fijarse no solo en los acontecimientos que se producen en una historia sino en la relación de unos con otros.

Felipe desveló una confidencia de su mesa de trabajo: «Cuando escribo un cuento necesito tener claras tres cosas: cómo va a empezar, cómo va a terminar y cómo no quiero que sea».

Esto que voy a añadir no viene mucho a cuento, pero ahí va. En la ordinariez esa de «Sábado, sabadete…» esta palabrita no es diminutivo, como aclaró en su día la profesora Mónica Belda, sino la unión de sábado y siete, es decir, que el día 7 de un mes caiga en sábado, combinación que se da dos veces en el curso de un año. Una inveterada creencia afirmaba que era «idónea para dedicar esa jornada a elaborar polvos de talco. La tradición decía que, para que tuvieran más propiedades, estos polvos debían prepararse vistiendo una camisa nueva». Y hasta aquí puedo leer.

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CAMISAS

Cuando murió mi madre nos compramos muchas camisas. Blancas, azul pastel, a rayas. Mi padre llegó a comprarse una de muchos estampados: una madeja tropical de pájaros fastuosos ante un follaje exuberante. Nunca se la ha puesto, que yo sepa.

Ahora plancho yo, los sábados. Le he cogido el truco. También tenemos varios frascos de colonias caras.

Al principio, nos daba un poco de cosa ir allí. La gente habla demasiado. Mi madre andaba siempre por las tómbolas benéficas. Hacía también muchas tartas.

Vamos todos los sábados. Luego, casi siempre hay que lavar las camisas. Este verano vamos a cambiar de coche. Tenemos pensado hacer un viaje a la costa. Tendremos que comprarnos algunas camisas ligeras. A mi madre le gustaba ahorrar.

La idea de ir allí fue de mi padre. Yo sabía que él había ido antes. Me lo dijo con mucho sigilo. Yo le dije: «Oye, de acuerdo. Estupendo», y ya vamos siempre juntos. Luego salimos de allí y no comentamos nada de eso durante el resto de la semana. El sábado plancho las camisas que nos vayamos a poner y, a eso de las ocho, salimos los dos muy perfumados, con pinta de tipos de mundo.

Mi padre dice que plancho las camisas mejor que mi madre, porque ella les estropeaba los cuellos. Puede que sí, no sé. Al menos ahora no tiene que asustarse por las manchas ni por los olores. Mi madre planchaba una vez cada dos semanas. A veces nos quedábamos sin camisas limpias. Ahora plancho yo, los sábados.

En El Pato Loco nos llaman «Los viudos», de broma. Mañana tengo que planchar. Mi padre quiere ponerse la camisa de rayas azules. Le he dicho que tiene los puños muy gastados. Pero él se ve muy bien con esa camisa. ■

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En Un mundo peligroso, Pre-Textos, 1994, y en Oficios estelares, Destino, 2009.

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