Scarface, película mítica donde las haya, icono indeleble del cine de los ochenta, constituye un verdadero hito en la nutrida filmografía del gran Brian De Palma, cinta de visceral violencia en la que un Al Pacino desatado da vida al mefistofélico e iracundo Tony Montana, sin lugar a dudas una de sus más legendarias y memorables creaciones. Gracias a una milagrosa confluencia de los astros, este remake del clásico noir de título homónimo dirigido por Howard Hawks posee vida propia, situándose, en mi humilde opinión, muy por encima del filme original en todos los aspectos: montaje, sonido, imagen, trasfondo filosófico, etc. La conjunción de una pléyade de artistas coadyuvó a que esta película se erigiese como una de las diatribas más feroces que imaginarse pueda contra el manido sueño americano, esa inalcanzable quimera, esa patraña que ha consumido, cual voraz e hidrópico vampiro, la vida de innumerables inmigrantes. En este texto voy a sostener la siguiente tesis: Scarface es una película que refleja inmejorablemente la voluntad de poder nietzscheana, así como esa aterradora interpretación de la hybris que llevaron a cabo los literatos en el mundo clásico griego.
Como es de sobra conocido, De Palma siempre ha sido acusado de ser un mero plagiador de Hitchcock, un epígono del maestro del suspense que jamás logró forjar una mirada y un estilo propios. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Quizá De Palma —conspicuo integrante de esa tantas veces mencionada y aclamada generación de “moteros tranquilos, toros salvajes”, al decir de Peter Biskind, esa camarilla de cineastas barbudos de apresurada facundia y pasión desaforada por el cine— sea el más virtuoso de todos esos excelsos directores. Antes de adentrarse en el rodaje de Scarface, Brian venía de filmar prodigios absolutos como Vestida para matar e Impacto, en mi opinión dos de sus mejores películas, ciertamente muy influenciadas por la alargada sombra hitchcockiana, pero poseedoras ambas de un asombroso e inimitable estilo propio. En 1983, mi bienquisto De Palma se atrevía con un remake de la celebérrima cinta de Howard Hawks. En esta ocasión apoyado en un convincente, abigarrado y granítico guion de Oliver Stone, Brian se adentraría de lleno en el cine de mafia, un submundo que posteriormente lograría elevar hasta insuperables cotas de excelsitud en Atrapado por su pasado. Volviendo al filme que nos ocupa, Scarface, De Palma nos narra la truculenta y luctuosa historia del inmigrante cubano Tony Montana, un petimetre de dudosa catadura moral que aspira a dejar atrás las lacerias del comunismo castrista para lanzarse a la conquista del orbe y ascender al empíreo recorriendo los sombríos y sinuosos meandros del mundo del narcotráfico.
Ya desde los compases iniciales de la película, con unas imágenes rodeadas de una enigmática y decadente aura poética, aportada, en parte, por la excelsa partitura de Giorgo Moroder, De Palma realiza una presentación espectacular del personaje de Al Pacino. Un intrépido y jactancioso inmigrante arriba a territorio norteamericano plantándole cara a la policía aduanera, que trata de sonsacarle información sobre su presuntamente dudoso pasado, barruntando que se trata de un taimado tunante con ínfulas cuyo único afán es delinquir para convertirse en el mayor gánster de los escabrosos fondos del mundo del hampa. No lo tendrá nada fácil, en efecto, el perdulario Tony Montana. Caracortada y Manny, su leal escudero —un sublime Steven Bauer—, tendrán que ascender peldaño a peldaño hasta llegar a conocer al facineroso Frank López —un superlativo Robert Loggia—, maquiavélico traficante con el que Al Pacino tendrá no pocas desavenencias y trifulcas a causa de su mujer, una sicalíptica Michelle Pfeiffer, de la que Montana se amartela hasta las trancas. No en vano uno de los momentos más míticos, no ya de esta película, sino de la entera historia del cine, nos lo regala De Palma gracias a esa mayestática presentación del personaje de Pfeiffer. La inestable e inquieta cámara depalmiana la sigue desde el punto de vista del personaje de Pacino, logrando así algo tan complicado como reflejar el estado mental a que induce el enamoramiento. Desde este momento uno comienza a intuir el estallido de violencia posterior que truncará la relación entre Montana y López, pues ya no solo pugnarán por alzarse con la hegemonía en el mundo mafioso, sino que entablarán disputa por conquistar el corazón de una mujer.
Una vez liquidado el principal escollo que se interponía en su singladura hacia el estrellato —López—, Montana sellará una ubérrima alianza criminal con Sosa, otro narco, del que extraerá pingües beneficios. Montana se convierte en un intocable, en un malhechor con poder omnímodo para hacer y deshacer a su antojo hasta que, un buen día, por vicisitudes cuya exposición prolija no viene al caso, le toca en demasía los cataplines a Sosa, provocando un feroz pugilato entre criminales. En realidad, si bien es cierto que Stone exorna su guion con soflamas contra el comunismo castrista, Scarface representa, concomitantemente, una implacable diatriba contra el rimbombante “sueño americano”, ese mito fundacional negrolegendario de un país erigido a base de aniquilamientos, protervia y occisos. Genuinamente, no hay tal sueño americano. Esa exacerbada pulsión de comerse el mundo, de convertirse en un acaudalado potentado político, acaba por fagocitar el alma de Montana, consumido por su propio anhelo en una aterradora espiral de autodestrucción. Es aquí donde debo hacer mención a una de las ideas filosóficas fundamentales que se reflejan en la película: la voluntad de poder, una idea atribuida a Nietzsche que palpita con vigor inusitado durante toda la trama. En esta búsqueda descrita por alcanzar el pináculo del poder, Montana se convierte en el ejemplo paradigmático de ese hombre con voluntad de superar al propio hombre, que acaba desembocando en un engendro que se devora a sí mismo. Podríamos hablar, incluso, de esos tres tipos de liderazgo teorizados por el afamado sociólogo Max Weber: el legal, el tradicional y el carismático, convirtiéndose Tony en un destacado epítome de este último, aupado al mismo a raíz de su acción criminal, que le granjea, durante un efímero periodo de tiempo, notables y fervorosas adhesiones para, finalmente, acabar por destruirlo. Desde una perspectiva estrictamente cinematográfica, este filme de De Palma está repleto de planos inolvidables, de imágenes con un poder y una fuerza visuales arrolladoras, de un empaque y una grandeza realmente encomiables. La sombra de El Padrino, de Coppola, estrenada unos pocos años antes, es muy alargada; por ello, De Palma se distancia muy inteligentemente del vasto legado coppoliano y erige un filme mucho más desbordante y abigarrado, con un Pacino literalmente desmelenado, pasado de rosca, rozando el histrionismo, circunstancia esta que le otorga, sin lugar a dudas, una originalidad inimitable a esta cinta.
Su personaje, un voraz consumidor de sustancias enteógenas poco recomendables, en realidad así lo exige. Lo que, a priori, parecía un poético idilio con Pfeiffer se torna pesadilla en cuanto los alucinógenos agostan el alma de los otrora enamorados. Como reza el título del filme en español, “el poder tiene un precio”. Uno no puede convertirse, de la noche a la mañana, como por arte de birlibirloque, en un omnipotente multimillonario y, al tiempo, conservar incólume una moralidad irreprochable y proba. Uno se queda embelesado con las adrenalínicas imágenes de Brian De Palma; a pesar de su extensa duración, a pesar de conocerla de memoria, no puedes apartar ni un instante los ojos de la pantalla, no puedes evitar caer rendido ante el embrujo del alquimista De Palma, un auténtico prestidigitador con la cámara. El filme posee un considerable ramillete de escenas realmente portentosas. Citemos, como ejemplo, el encarnizado y sangriento epílogo, filmado con un brío pasmoso, en el que la mansión de Montana es asaltada por un batallón de patibularios soldados enviados por Sosa. Parece ser que Steven Spielberg, gran amigo de Brian, que se encontraba aquel día por el plató, llegó a dirigir unos cuantos momentos de dicha escena. En cuanto a planificación, uso del sonido y montaje, el desenlace es grandioso, repleto de imágenes memorables que ya son historia del cine, con ese Al Pacino, en modo fardón invulnerable, resistiendo todos los embates y balazos que le endilgan los asaltantes a grito desmelenado.
Es evidente que, al final, estamos ante uno de los mejores retratos de la hybris, idea de soberbia o desmesura que lleva al individuo a desafiar las leyes naturales y divinas hasta que, finalmente, eso que consideramos destino acaba arrojando a estos personajes a una irremediable espiral autodestructiva. En el filme de De Palma encontramos los tres instantes clásicos: la ambición desaforada, el desafío a las leyes y la imparable y espoleada caída al abismo de la locura y la sinrazón. Podemos ver, incluso, a Tony Montana como una especie de revival del Moderno Prometeo, un hombre que desafía a todas las leyes, las cuales, finalmente, acaban ocasionándole un aciago destino: la muerte. Cuidado con nuestros sueños, porque pueden llegar a cumplirse y finiquitarnos…




Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: