Durante demasiado tiempo, una parte de la literatura LGTBIQ+ escrita en español ha parecido sentir la necesidad de demostrar su relevancia política, subrayar su utilidad pedagógica o envolver el deseo en relatos de trauma y respetabilidad. No siempre, por supuesto. Ahí estuvieron la desfachatez luminosa de Eduardo Mendicutti y, en otra tradición más salvaje y delirante, el surrealismo obsceno y la desmesura de Copi —cuya huella se nota en esta novela—, que entendieron antes que muchos que la literatura queer podía ser también exceso, humor, incorrección y mala conducta. Provocación.
La premisa es tan delirante como atinada. En una discoteca llamada Delirio, donde trabaja como camarero, Rayco decide vengarse de su jefe introduciendo papaya —fruta a la que este es alérgico— en unos cócteles. Ignora que esa noche entre los asistentes se encuentra también el presidente del país, que termina bebiendo uno de esos daiquiris adulterados y muere poco después a causa de la reacción.
A partir de ese momento, la novela se convierte en una sátira feroz sobre la fabricación contemporánea del monstruo público: tertulias televisivas, redes sociales, opinadores profesionales y estrategas políticos convierten a Rayco en un producto de consumo mientras él simplemente trata de no hundirse.
Dosantos entiende algo central de nuestro tiempo: ya no basta con destruir a alguien, también hay que narrar su destrucción en directo y sacar partido de ella. La novela retrata con precisión ese ecosistema donde el dolor privado se convierte en entretenimiento colectivo y donde cualquier tragedia necesita producir héroes, villanos y memes con idéntica velocidad. Bajo su apariencia de disparate pop, El príncipe lagarto contiene una intuición política bastante afilada sobre la espectacularización de la vida pública.
Pero la verdadera singularidad del libro está en otro lugar: su relación con el deseo. Rayco es promiscuo, vanidoso, frágil, sexualmente compulsivo, tierno por momentos y profundamente contradictorio. Exuberante en todas las dimensiones de la palabra. Es, en definitiva, un personaje queer al que la novela concede algo que todavía escasea en cierta ficción contemporánea: el derecho a ser moralmente peligroso. Hay saunas, discotecas, sexo anónimo, cuerpos imperfectos, deseo desordenado y una mirada muy física sobre la vulnerabilidad masculina. En una de las mejores escenas del libro, ambientada en una sauna gay, Rayco formula una definición magnífica: «follar es una autoficción. Un juego de espejos». Hay en esa frase más verdad sobre las formas del deseo contemporáneo que en muchas novelas enteras construidas desde la corrección sentimental.
Y está, por supuesto, el lenguaje, nuevamente exuberante. Dosantos apuesta por una prosa barroca, sucia, divertida y muy consciente de su musicalidad. Hay frases que parecen escritas para ser bailadas y no solo leídas. «La noche es un imperio y la disco es mi palacio», dice Rayco en uno de los primeros capítulos. Esa frase podría funcionar como manifiesto estético de toda la novela: convertir la noche, el exceso, la precariedad y el ridículo en materia literaria.
Hay momentos en los que El príncipe lagarto, en su desmesura, abarca demasiadas cosas —sátira política, novela queer, crítica mediática, relato migratorio, comedia negra— y puede llegar a abrumar al lector. Pero incluso en sus excesos — o justamente por sus excesos— hay algo estimulante: ambición literaria. Marcos Dosantos ha escrito una primera novela rara, excesiva, sexual, política y viva. Y en un panorama literario normalmente previsible, esa exuberancia resulta refrescante.
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Autor: Marcos Dosantos. Título: El príncipe lagarto. Editorial: Plasson & Bartleboom. Venta: Todos tus libros.


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