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Cruces, de Violeta Gorodischer

Cruces, de Violeta Gorodischer

Foto: Paula Salischiker.

Violeta Gorodischer es una periodista y narradora nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1981. Es licenciada en letras y autora de la novela Los años que vive un gato, del libro de cuentos Sueños a 90 centavos (ganador del segundo premio del Fondo Nacional de las Artes) y del libro Desmadres (finalista de la categoría de no ficción del premio Estímulo a la Escritura Todos los Tiempos el Tiempo). Como periodista, colaboró con diversos medios (Radar, Rolling Stone y Anfibia, entre otros). Actualmente se desempeña como editora en La Nación. Presentamos una muestra de su última novela, Cruces, publicada en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica, una obra en la que la protagonista, Laura, trabaja como médica en un hospital público y pasa sus días entre guardias, pasillos, cuerpos que duelen y preguntas que no tienen respuesta, interrogantes que a veces vienen de los pacientes, de los familiares, y otras de su interior. Entre el hospital y su pasado, Laura busca una forma de acompañar sin imponer, de cuidar sin cerrar el sentido. En este libro, Violeta Gorodischer narra los vasos comunicantes entre la vida y la muerte, la medicina y el ritual, la responsabilidad y el deseo, con una prosa precisa y contenida, siempre a punto de explotar. Cruces es el relato de una experiencia límite y, al mismo tiempo, íntima: la de alguien que intenta sostener a otros sin perderse a sí misma.

***

¿Pero entonces me voy a morir?

Sí.

¿Cuándo?

No sé, Juanchi.

¿Va a doler?

Menos que ahora.

¿Hasta cuándo me van a seguir pinchando?

Hasta que tus papás digan.

¿Les podés pedir que paren?

Voy a tratar.

¿Y podés no decirles?

Qué cosa.

Que me voy a morir.

Ya lo saben.

¿Pero podés no hablar más de eso con ellos?

Bueno.

Laura.

Qué.

Ahora quiero dormir.

Dale, te veo mañana.

Pará, una cosa más.

Qué.

Tengo miedo.

Juanchi, vos sabés que yo nunca te mentí.

Sí.

Te dije desde el principio cómo iba a ser todo, ¿o no?

Sí.

Ahora tampoco te estoy mintiendo.

Ya sé.

Entonces mirame un segundo a los ojos.

Juan, mirame.

Así, sentate un poquito, cuidado que no se te salga el suero.

Ahí va, y ahora escuchame bien: no tengas miedo. No hay de qué

asustarse.

¿Vos nunca tenés miedo?

No.

¿A nada?

A nada, te lo juro.

¿Y cuando eras chica?

Tampoco. Todos, desde que nacemos, nos estamos muriendo.

A vos te tocó un poco antes, nada más.

Además yo voy a estar con vos.

¿Todo el tiempo?

Sí. Ahora acostate, dale, tratá de dormir.

*

Laura hizo entrar a los padres del nene y salió de la habitación con una sensación rara. Juanchi estaba distinto, más perceptivo, tal vez. Si poco tiempo antes había llegado al hospital con demasiado dolor y sin mucha idea de nada, la situación parecía haberse invertido. La morfina lo mantenía a resguardo y su lucidez, llamativa para sus ocho años, se había intensificado. En los últimos meses, Laura lo había visto perder el pelo, bajar

de peso, dejar de comer. Pero también era uno de sus pacientes favoritos (siempre había favoritos), porque a Juanchi le encantaba jugar, aunque fuera un rato: a los autitos, al tutti frutti, al memotest. Unas semanas atrás habían usado el celular de Laura para grabar un juego viral sobre cuál de los dos sabía más cosas del otro y habían visto juntos todas las películas de Star Wars. Cada una de esas veces, Juanchi le había explicado con devoción

de fanático que aunque primero habían salido los episodios cuatro, cinco y seis, el uno, el dos y el tres contaban todo lo que había pasado antes, ¿entendés?, y Laura que sí, entiendo,

entiendo, aunque la verdad era que nunca le prestaba mucha atención. Cuando estaba especialmente cómodo, el nene también hablaba con ella de todo lo que no se animaba a decirle al resto. Cómo era la muerte, le preguntaba, y Laura sonreía y respondía vos qué te imaginás. Entonces él decía que a lo mejor era un cielo con sus abuelos, o una montaña con dragones; que en su casa nunca habían creído en Dios ni en angelitos ni en nada pero que igual él pensaba que iba a quedarse cerca, dando vueltas y molestando a todos como en Los Cazafantasmas. Que ya lo tenía pensado, decía: lo primero de todo iba a ser tirarse

un pedo con ruido para incomodar a su hermana delante de los amigos. Ahí los dos se reían y Laura decía ay, Juan, qué atorrante, no te lo puedo creer. Falta poco, soltaba Juanchi, y entonces ella ya no sabía bien qué contestar.

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Autora: Violeta Gorodischer. Título: Cruces. Editorial: Fondo de Cultura Económica.

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