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Después del amor

En Os he querido tanto (Círculo de Tiza, 2026), primera novela de Juan Domínguez, no asistimos únicamente a una sucesión de amores pasados de un narrador nostálgico ni a una trampa autoficcional de la intimidad. Lo que el libro acaba construyendo es algo más complejo: la historia de una educación sentimental observada desde la distancia de quien ya no necesita heroizarse. De este ejercicio de retrospección emerge la conciencia de que cada amor fabrica un yo distinto, de que escribir(se) consiste, entre otras cosas, en sentarse frente a los restos de todas esas versiones contradictorias de uno mismo.

Las mujeres que aparecen en el texto no funcionan como un mero mapa sentimental. Cada relación obliga al narrador a enfrentarse con una limitación distinta de sí mismo: el narcisismo juvenil, la dependencia, la idealización o la experiencia devastadora de la pérdida.

En la primera parte (Rebeca), el narrador expone las reliquias de su yo más joven: un yo enfático, cursi, sincero y desmedido, incapaz todavía de distinguir entre amar a otra persona y enamorarse de la intensidad de sí mismo enamorado. Entre la confesión, la comedia involuntaria de la juventud, la memoria generacional y el ajuste de cuentas con el propio ridículo, Domínguez da con una temperatura narrativa no fácil de conseguir.

"Después de los amores marcados por el deseo y la fascinación, la paternidad introduce otro tipo de pregunta: ¿Qué queda de uno mismo cuando ya no puede seguir ocupando el centro de su propia historia?"

Tras la intemperie emocional post-Rebeca, Mariana desplaza la novela hacia Buenos Aires y hacia una forma de feminidad mucho más telúrica, corporal y desidealizada. Aunque el capítulo insiste en el cuerpo y la disponibilidad erótica, con el tiempo, la relación desemboca en una zona más gris: la de las parejas sin épica que habitan esos vínculos no sostenidos por la intensidad romántica, sino por una mezcla confusa de deseo intermitente, inercia, cansancio y necesidad mutua.

Júlia encarna la fascinación por lo ingobernable. El tercer capítulo nos conduce hacia una forma de amor menos vinculada a lo emocional que al magnetismo de aquello que se resiste a ser poseído. Con Júlia aparecen más mundo, más superficie brillante y más capital cultural: el narrador se deja arrastrar entre restaurantes, hoteles, cine, noches urbanas y conversaciones rebosantes de una sofisticación performativa. Más que en la intimidad, la relación se desarrolla dentro de una escena social iluminada cuidadosamente. Bajo una estética de levedad cosmopolita late, además, una tensión incómoda entre sumisión y dominio: el narrador cree aceptar las reglas de Júlia mientras fantasea secretamente con convertirse en la excepción capaz de alterarlas, sin advertir que algunas personas solo resultan fascinantes —y convenientes— mientras permanecen parcialmente fuera de nuestro alcance.

Violeta altera toda la gramática sentimental de la novela. Hasta ahora, el narrador había sido muchas veces alguien que mira su propio dolor. En Violeta, la mirada debe desplazarse. La biografía propia deja de ser el acontecimiento principal. Después de los amores marcados por el deseo y la fascinación, la paternidad introduce otro tipo de pregunta: ¿Qué queda de uno mismo cuando ya no puede seguir ocupando el centro de su propia historia?

"Tal vez ahí, cuando el sufrimiento irrumpe con violencia y ocupa toda la escena, es cuando el narrador llega a entender que lo malo es agudo pero lo bueno es crónico"

Por fin, el punto de inflexión definitivo para el narrador aparece con Chloe, amor ya en los tiempos de Tinder y la deconstrucción. Chloe obliga al narrador a traducirse en muchos sentidos: lingüística, cultural y sexualmente. En esta etapa aparecen otras formas distintas de entender la pareja, la culpa, la libertad y el cuidado del otro. Ya no se trata de repetir viejos patrones sino de comprobar si el sujeto puede aprender a amar de otra manera, haciendo que el amor deje de ser una coartada para el narcisismo y se convierta en una forma de responsabilidad.

El último capítulo, Toya, podría leerse como clave de bóveda del libro entero. Frente a las amantes, que pertenecen al territorio de la pérdida narrable, la madre pertenece a algo infinitamente más profundo: aquello que no se puede dejar de amar, aunque ya no se parezca a lo que una vez amamos. Si el libro venía trabajando hasta aquí el (des)amor romántico, con Toya la pregunta se hace espina: ¿Qué ocurre con un amor del que no se sale? Con las amantes se rompe, se vuelve, y se vuelve a romper; pero con la madre no hay ruptura definitiva. La madre pertenece a otro orden afectivo y lingüístico. Con ella, no existe el prefijo “ex”. El amor materno no conoce el desamor, sino algo peor: la permanencia de un vínculo cuando la persona empieza a retirarse de sí misma. Aquí, el narrador se examina sin heroísmo ni épica filial. No se presenta como un hijo negligente, pero tampoco como santo del cuidado. Reconoce la devoción, pero también la culpa; el agradecimiento, pero también el impulso de evitar la visión de la madre degradada por la enfermedad. Tal vez ahí, cuando el sufrimiento irrumpe con violencia y ocupa toda la escena, es cuando el narrador llega a entender que lo malo es agudo pero lo bueno es crónico.

Leída en conjunto, la novela de Domínguez parece reformular aquella vieja pregunta pop de Cher: no si existe la vida después del amor, sino quiénes somos cuando finalmente llegamos a ella.

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Autor: Juan Domínguez. Título: Os he querido tanto. Editorial: Círculo de Tiza. Venta: Todos tus libros.

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