Ramón Pedrosa seguía rumiando, a comienzos de 1831, la forma de apresar a aquella brava mujer con la que se había obsesionado. Mariana Pineda llevaba años burlándole, y pese a tener certeza de que colaboraba con los conspiradores liberales, el Alcalde del Crimen era incapaz de reunir las pruebas pertinentes para proceder a detenerla.
Granada se preparaba para un alzamiento constitucionalista que parecía irreversible. Era un secreto a voces que los liberales se sublevarían tarde o temprano, pese a los desesperados empeños del ministro Calomarde y del propio Pedrosa. Existe la creencia errónea de que la propia Mariana Pineda bordaba en su domicilio la bandera que debía ondear en Granada el día del alzamiento. El propio Lorca dibuja en su drama a la Mariana bordadora que ha trascendido al imaginario popular. No obstante, la realidad histórica apunta a que Pineda encargó el bordado a unas costureras del barrio del Albaicín. En ella aparecería sobre tafetán morado y supuestamente alrededor de un triángulo verde, el lema constitucionalista Libertad, Igualdad y Ley.
Al parecer, el destino fatal de la heroína se precipitó con una delación que llevó a Pedrosa a tener noticia de quiénes estaban elaborando la enseña. El Alcalde del Crimen hizo llamar a las bordadoras del Albaicín y las sobornó para que dejasen la bandera en casa de Mariana. Aquel era el movimiento preciso para obtener la evidencia que permitiese inculpar a la esquiva liberal. La policía se personó en el domicilio de la calle Águila y tras incautar la bandera, Mariana fue sometida a arresto domiciliario. Es entonces cuando comienza el célebre ciclo de interrogatorios con el cual Pedrosa trata de conseguir que Pineda confiese el nombre de los liberales que preparaban el levantamiento contra Fernando VII. La mujer demuestra en todo momento una admirable entereza y se niega a delatar a sus compañeros, pese a que Pedrosa le ofrece la libertad a cambio. La actitud de Mariana es aún más loable si se considera que, siendo ella misma víctima de una traición que le ha conducido al arresto, decide mantener una lealtad incorruptible hacia los suyos.
Al cuarto día de su detención, un frustrado intento de huida provocó que Mariana fuese recluida en el beaterio de Santa María Egipciaca, popularmente conocido como el de «las Arrecogías». Una de las principales vías que recorre hoy el centro histórico de Granada recibe el nombre de «Recogidas» en referencia a la ubicación de aquel convento, que funcionaba desde finales del siglo XVI como «reformatorio de mujeres perdidas», y que hacia principios del XIX se había reconvertido en lugar de reclusión de presas políticas. La estampa tercera del drama lorquiano transcurre íntegramente en este lugar, donde se alcanza el clímax de la tragedia. Es menester hacer alusión a otro gran drama, tristemente poco conocido, que narra la reclusión de Mariana en el beaterio. Se trata de Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca, escrito por el dramaturgo granadino José Martín Recuerda en 1970, y estrenado siete años más tarde, tras la muerte de Franco.
El proceso contra Mariana Pineda culmina con la condena a muerte mediante garrote vil. La acusación se ampara en un artículo del Real Decreto promulgado por Fernando VII el 1 de octubre de 1830: «toda maquinación en el interior del reino para actos de rebeldía contra mi autoridad soberana o suscitar conmociones populares que lleguen a manifestarse por actos preparatorios de su ejecución, será castigada en los autores y cómplices con la pena de muerte». Una vez le fue comunicada a Mariana la sentencia condenatoria, le es ofrecido nuevamente el indulto si delata a sus compañeros, a lo que esta vuelve a negarse: «nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios para comprometer a nadie. Me sobra firmeza de ánimo para arrostrar el trance final. Prefiero sin vacilar una muerte gloriosa a cubrirme de oprobio delatando a persona viviente».
El 26 de mayo de 1831 Mariana se dirigió al patíbulo a lomos de una mula. La comitiva de la ejecución partió de la Cárcel Baja, recorrió la calle Elvira y, tras atravesar la emblemática puerta homónima, desembocó en el Campo del Triunfo, donde esperaba el garrote vil. El biógrafo de la heroína, José de la Peña y Aguayo, relata cómo aquella joven de apenas 27 años afrontó la muerte con total entereza: subió al tablado de madera con serenidad y paso firme, y pidió que no le vendaran los ojos durante la ejecución. Frente a ella, habían ordenado la quema de esa bandera que nunca bordó…
Aquel 26 de mayo moría la mujer y nacía el mito. Con el triunfo de los liberales comienza la rehabilitación de la figura de Mariana Pineda, a quien se exalta como heroína de la libertad, ejemplo de lealtad y entereza. Entre 1836 y 1856 su cadáver fue sacado en procesión por las calles de Granada y hoy reposa en la catedral de la ciudad. Coplas y romances que evocaban a la heroína corrían por toda España y la literatura se hizo eco de aquella fascinante mujer.
Federico García Lorca estuvo siempre en contacto con la tradición oral que recordaba a Pineda, y de la admiración que le profesaba nació el drama escrito entre 1923 y 1925. No obstante, una vez descritos los rasgos del personaje histórico, resulta pertinente evidenciar las marcadas diferencias que se aprecian con la Mariana Pineda que Lorca expone en su obra. Esta no es la mujer osada y aguerrida que se enfrenta a Pedrosa por convicciones políticas y firmeza de ideas, sino una joven obnubilada por el amor que profesa a Don Pedro Sotomayor, personaje que Lorca crea inspirándose en Fernando Álvarez de Sotomayor, aquel primo al que Mariana había ayudado a escapar de prisión disfrazándolo de fraile.
En todo momento, Lorca desdibuja a la heroína fría e impasible y dota de lirismo a la composición atribuyéndole elementos neorrománticos. La Mariana Pineda lorquiana deviene en una suerte de teatro histórico en verso de marcados paralelismos con las corrientes dramáticas del siglo XIX. Durante el presidio en el beaterio de Santa María Egipciaca, la protagonista muestra un estado de enajenación que parece más motivado por la pasión desenfrenada y la separación del amado que por la rabia política. Sin duda, la entereza con la que, según el biógrafo José de la Peña, Pineda afrontó sus últimos días, dista del paroxismo que Lorca imprime a su personaje.
Hay escenas en las que Mariana parece anteponer su enamoramiento a los ideales políticos. En la segunda estampa, refiriéndose a su amante, llega a exclamar:
«¡Mi victoria consiste en tenerte a mi vera!
En mirarte a los ojos mientras tú no me miras.
Cuando estás a mi lado olvido lo que siento y quiero a todo el mundo,
hasta al rey y a Pedrosa.
Al bueno como al malo. ¡Pedro!, cuando se quiere,
se está fuera del tiempo,
y ya no hay día ni noche, ¡sino tú y yo!»
Es, sin embargo, Pedro Sotomayor quien concede prioridad en todo momento al triunfo del pronunciamiento:
«¿Cómo podría quererte no siendo libre, dime?
¿Cómo darte este firme corazón si no es mío?»
El empeño por dotar de lirismo al texto también se aprecia en otros detalles, como el empleo de ciertos anacronismos. El general José María de Torrijos fue protagonista del último pronunciamiento frustrado del reinado de Fernando VII, que desembocó en el fusilamiento del militar y sus seguidores en la malagueña playa de San Andrés, hecho inmortalizado en el fabuloso cuadro de Antonio Gisbert titulado Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. Dicha ejecución se produce en diciembre de 1831, pero Lorca la sitúa antes del apresamiento de Mariana, para convertirla en testigo de la noticia de un episodio que encaja a la perfección con la versificación y el neorromanticismo que empapa el texto.
El hecho de que Lorca retrasase dos años el estreno de Mariana Pineda se debe, en cierto modo, a sus inseguridades acerca de la recepción que tendría un drama histórico en verso en plena década de 1920, a lo que se sumaba el temor a posibles represalias que pudiesen tomar las autoridades en la España de Primo de Rivera. Sus dudas quedan reflejadas en la correspondencia que mantuvo con amigos como Melchor Fernández Almagro o el propio Dalí, pero el entusiasmo con el que la actriz Margarita Xirgu leyó el manuscrito de la obra y se prestó a protagonizarla acabó convenciendo a Lorca. Tras el fracaso de su primer drama, El maleficio de la mariposa (1920), el estreno de Mariana Pineda se sella con un gran éxito, principalmente entre el público. Pese a las reservas de un sector de la crítica, Federico fue ovacionado en Barcelona (junio de 1927), Madrid (octubre de 1927) y, sobre todo, en su ciudad natal (abril de 1929). El joven granadino comenzaba a despuntar como un dramaturgo de primer orden con la historia de su paisana muerta por la libertad. El resto es historia.
VÍDEO: FEDERICO Y MARIANA (II)


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