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Euphoria, Sam Levinson y la jodida realidad

Euphoria, Sam Levinson y la jodida realidad

Termina la tercera temporada de Euphoria, la ya mítica serie de Sam Levinson para HBO, todo un hito generacional, y podemos decir, una vez más, que el director norteamericano la ha vuelto a liar parda. Lo primero que habría que señalar, en mi opinión, es que en estos tiempos de cine algorítmico, de insulsas e infinitas secuelas y precuelas, hallar a un cineasta que arriesga, que juega con nuestras expectativas y que utiliza el cine como laboratorio de experimentos formales y filosóficos debería ser, cuanto menos, motivo de celebración y de orgullo. En realidad, siempre ocurre lo contrario: cuando salió la segunda temporada, a Levinson se le reprochó que su serie no evolucionaba, que el estilo visual y musical resultaba estomagante y que, en el colmo de la sinrazón, romantizaba el consumo de drogas. ¡Ay, las cosas que uno tiene que escuchar y que leer en esta vida! Ahora se le critica justo lo contrario, que su estilo ha mutado, que muestra la desoladora realidad tal y como es y que su final es demasiado cruel con el espectador. El caso es quejarse e ir a degüello contra series que abandonan los “fueron felices y comieron perdices” tan típicos de la factoría Disney y que revelan el lado oscuro de la vida humana.

"Muchos descalifican Euphoria no porque tengan argumentos sólidos para hacerlo, sino simplemente porque no les ha gustado el destino de unos personajes que idealizaron en su adolescencia"

Tengo la sospecha de que muchos descalifican Euphoria no porque tengan argumentos sólidos para hacerlo, sino simplemente porque no les ha gustado el destino de unos personajes que idealizaron en su adolescencia y que ahora revelan su verdadero rostro: fantasmas cuya vida está hecha jirones debido al sinnúmero de errores cometidos en la pubescencia. Podría decirse que el personal prefiere aquellas series que nos mienten en la cara al tiempo que odia todo producto cultural que tiene los arrestos necesarios para cuestionar y criticar el estado de las cosas vigente. Ya han pasado unos cuantos años desde que estos casquivanos mozalbetes abandonaron el instituto y, en consecuencia, la tercera temporada de Euphoria también alcanza la mayoría de edad. Digamos que Levinson, por emplear la jerga heideggeriana, arroja a sus personajes a la existencia, a la cruda y jodida realidad, y les dice: “Ahí lo lleváis, apañaos como buenamente podáis y tratad de sobrevivir”. Así, como suena. Euphoria ya no es una serie para pubescentes en la edad del pavo, ni siquiera es un abracadabrante musical, sino que ahora es todo un wéstern y, por ende, es puro cine, pues no en vano el wéstern es el género prístino, genuino y originario, la aventura pura, la descarnada lucha por la supervivencia.

Ahora bien, Sam Levinson tiene malas noticias para todos y cada uno de sus personajes. Como le ocurría al desventurado y malhadado Carlito Brigante en Atrapado por su pasado, de Brian De Palma, nuestros jovenzuelos habrán de vérselas con la plúmbea y alargada sombra de su tumultuoso pasado. A pesar de que los turiferarios del pensamiento Alicia en el País de las Maravillas, como lo llamaría Gustavo Bueno, quieran hacernos creer que es posible empezar nuevas vidas como quien abre caramelos, lo cierto es que no nos podemos desprender tan fácilmente de la identidad que hemos forjado a lo largo de nuestra vida. Decía Sartre, uno de los popes del pensamiento existencialista, que el hombre es libre por definición y que, por mucho que quiera, no puede dejar de serlo. Añadía después que esa sacrosanta libertad tenía consecuencias: somos responsables de nuestros actos. Con la venia de Jean-Paul he de decir que la libertad, queridos todos, es un camelo. Ya lo decía Hume, filósofo empirista británico: la libertad ni existe ni puede existir, el hombre siempre está determinado por motivos internos y externos. A todos se nos llena la boca con la dichosa palabra, que si libertad por allí, que si libertad por allá, pero el caso es que cuando nos arrojan a la existencia —es decir, desde que venimos a este valle de lágrimas llamado mundo— nos damos cuenta de que la libertad es un sueño, y los sueños, que diría el eximio Calderón, sueños son.

"Todos los personajes tienen algún sueño, pero en el mundo real los sueños pocas veces se cumplen"

¿Con qué sueñan los protagonistas de Euphoria? Pues yo creo que, como todos, simplemente sueñan con vivir en paz, con sobrevivir, en definitiva; el problema es que muchas veces ignoran que sus acciones —a menudo terroríficas— tienen consecuencias. Rue —una magistral Zendaya— tratará de superar su drogodependencia y de saldar las cuentas de su turbio pasado, por lo que se verá obligada a trabajar para la mefistofélica Laurie, una traficante de drogas, y para el protervo Alamo, un proxeneta que regenta varios clubes y prostíbulos de dudosa moralidad. Cassie sueña con una boda perfecta, y para ello no dudará en abrirse una página de OnlyFans si hace falta con tal de vivir como una princesita, una niña mimada que aún no se ha dado cuenta de que vive en una jungla humana. Nate intentará satisfacer todos los sueños de su futura esposa y no tendrá muchos reparos en estafar a quien pille con el fin de construir una suerte de asilo para personas desamparadas con el que espera obtener pingües ganancias. Maddy es una representante de actores, actrices y demás figurillas de la hoguera de las vanidades que no siente excesivos escrúpulos a la hora de exponer sexualmente a sus representados. Jules encuentra acomodo en el piso de un millonario que la convierte en su oscuro objeto de deseo. Lexi —la única de la pandilla que parece un poco cuerda— trabaja como chica de los recados en un estudio de Hollywood y sueña con convertirse en una reputada guionista. Todos los personajes tienen algún sueño, pero en el mundo real los sueños pocas veces se cumplen.

Viendo esta tercera temporada de Euphoria tenía la sensación de que Levinson, sin abandonar del todo su innegable impronta scorsesiana y andersoniana, ha dado un paso al frente y se ha convertido en una especie de simbiosis entre Lars von Trier y Paul Verhoeven. Euphoria vendría a ser algo así como una sublime mezcla entre Showgirls y Nymphomaniac. Es más, como ya sucediera con aquellas obras de esos dos maestros del cine, la tercera temporada de la serie de Sam Levinson también ha sido destrozada por un amplio sector de la crítica y del público —sector algo mojigato, si me permiten ustedes la licencia— empeñado en quedarse en la superficie, en mirar solo lo evidente y en obliterar el sustento narrativo de la serie en su conjunto. Ya sabemos que en Euphoria salen muchas drogas, muchas tetas y muchos falos, ya sabemos que hay mucho folleteo, mucha coprolalia y cuantas cosas desagradables y obscenas puedan ustedes imaginar. Quizá es que Levinson se ha dado cuenta de que esas cosas abundan por doquier en la vida real, quizá es que Euphoria es un espejo y el reflejo —terrorífico— que nos muestra es el nuestro.

"¿Por qué tenemos que tener empatía con aquellos que se drogan, con aquellos que acuden a los prostíbulos, con aquellos que trafican con personas? "

¿Acaso no tenemos un problema con los pubescentes aquejados de satiriasis que se pasan el día viendo porno en sus dispositivos móviles? ¿Acaso no padecemos la lacra execrable de las drogas? ¿Acaso no nos aferramos a unas creencias religiosas sin mucho sustento científico porque queremos creer que tanto sufrimiento en esta vida tiene que tener algún maldito sentido? ¿Acaso no hemos olvidado esa sabia distinción entre el bien y el mal? Ali —el entrañable personaje de Colman Domingo— lo dice explícitamente en el monólogo final de la serie. Quizá el problema de nuestra sociedad radica en el hecho de que ahora todo es respetable; quizá la empatía —otra palabra tan venerada y vacía como “libertad”— no sea más que una engañifa. ¿Por qué tenemos que tener empatía con aquellos que se drogan, con aquellos que acuden a los prostíbulos, con aquellos que trafican con personas? ¿Adónde vamos a llegar? Lo que hay que hacer es no mirar para otro lado, la verdadera empatía no consiste en comprender las razones de aquellos que se saltan las normas básicas de convivencia, la auténtica empatía consiste en recordarles a esas personas que lo que están haciendo no está bien. A ver si lo entendemos de una vez: que el fentanilo, el jodido OnlyFans y el fundamentalismo religioso —sin duda tres lacras a extirpar— no están bien, están mal, muy mal, y el primer paso para erradicar esos problemas no debe ser el mirar para otro lado, sino el hacer algo. Quizá Sam Levinson nos está diciendo: “Esto es lo que somos, en nuestra mano está perpetuar la situación o evitar que el mundo se vaya definitivamente al carajo”.  Lo diré con Carlos Marx: “Quizá ya hemos interpretado el mundo durante demasiado tiempo y ya nos ha llegado el momento de intentar transformarlo”. Lo que nos queda es desolador: jamás podré olvidar a la desventurada Angel —inconmensurable Priscilla Delgado—, metáfora de todos aquellos juguetes rotos, estantiguas que desfilan por un perpetuo valle de sombras, adolescentes cuya alma es succionada por un sistema depredador, pubescentes engañados y absorbidos por una suerte de hematófago vampiro: el capitalismo; niños y niñas, en definitiva, que soñaban con comerse el mundo y que acabaron estrellándose contra el suelo. Euphoria es la jodida realidad, tíos.

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