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La estrella de Heidegger

La estrella de Heidegger

En su manuscrito titulado Aus der Erfahrung des Denkes (Desde la experiencia del pensar, 1947) Martin Heidegger apunta: “Pensar es limitarse a un solo pensamiento que un día llega y permanece como una estrella en el cielo del mundo”. Unas líneas más atrás, leemos: “Avanzar hacia una estrella, solamente eso”. Creemos intuir que del mismo modo que Heráclito, en el inicio del pensar, había quedado prendado por el rayo (κεραυνός), esa luz transitoria que aparece y se sustrae mostrándonos brevemente el perfil de las cosas y que, a su decir, “lo gobierna todo”, Heidegger, por su parte, mantenía su pensamiento fijo en las estrellas, quizás porque acertaba a ver en ellas una señal salvífica en medio de la noche de la historia. Una estrella tallada por sus mismas manos se elevaba en el pico vertedor de la albarca de troncos, junto a su cabaña de Todtnauberg, en el corazón de la Selva Negra. Y una estrella, la misma estrella de ocho puntas, fue grabada en la lápida de la tumba donde descansan sus restos y los de su esposa, Elfride Petri, en el cementerio de la comarca, a cuyos pies brotan flores anaranjadas en cada primavera. Esa estrella allí grabada fue un expreso pedido suyo, quizás desplazando al signo cristiano de la Cruz. El Mago de Friburgo siempre fue así, un tanto huidizo, un alma que siempre se hallaba “pisando la dudosa luz del día” —como escribió Góngora alguna vez y repitió Cela—, algo así como el rayo de su padre filosófico, Heráclito, y el trabajo de su padre carnal, Friedrich, tonelero y sacristán, esa figura tan necesaria como enigmática, que uno nunca sabe dónde está en cada celebración religiosa, si adentro o afuera del templo.

Heinrich Petzet escribió un libro hermoso, titulado Encuentros y diálogos con Martin Heidegger (1929-1976). En él narra desde su primer encuentro con el filósofo hasta su funeral en Messkirch. Escribe Petzet:

“Es inolvidable el encuentro en el auditorio. […] El aula estaba colmada hasta el último rincón cuando Heidegger entró con paso rápido. Nada en él delataba al erudito. Más bien parecía un hombre de campo o un leñador. Pero al ver sus ojos resultaba imposible sustraerse al magnetismo de la mirada […]. Esas lecciones producían inquietud y perturbaban el ordenado programa académico. La mirada sobre el mundo griego adquiría de pronto colores nuevos y diferentes, otra dimensión. Pero, sobre todo, por poco que uno se involucrara, aquello de lo que se hablaba en esa “introducción” no se situaba en un lejano pasado, en una cultura perimida, sino en una candente proximidad”. [1]

Evidentemente, nosotros no hemos experimentado la presencia del filósofo ante nuestros ojos, pero aquellos que se hayan sumergido en las meditaciones heideggerianas saben que es así. Heidegger invita, propone, suspender el vuelo frenético del desbocado pensar. Se para en la rama, ausculta el paisaje y ensaya un acorde enigmático, con sabor a Fa grave en clave de Sol. Gira en círculos, bebe la luz y vuelve a la misma rama. Lo ha rubricado él mismo en varias sentencias, pero en una de ellas, breve y poética, lo expresa claramente: “En el pensar, cada cosa deviene solitaria y lenta”. [2]

Pero quedaría incompleto el cuadro de Petzet si no citamos las impresiones finales del adiós a Heidegger un 28 de mayo de 1976, una despedida en la que él no participó, pero de la que pudo recoger testimonios directos. La escena es muy bucólica, casi emulando al Fedón de Platón:

“Cuando llegué a Friburgo me relataron que había sido una muerte suave, sin ninguna lucha, ocurrida durante el sueño matinal; al final, había pronunciado la palabra “gratitud”… ¿No había dicho cierta vez que pensar y agradecer son una misma cosa? […] Dentro del féretro habían colocado las aspas del molino de viento del surtidor de la cabaña; ramas traídas desde allí lo cubrían. Lo último que se dijo antes de que la tierra cubriera el mortal fueron unos versos de Hölderlin, pronunciados por su hijo menor”. [3]

Una vez más, los planos superpuestos en armonía, dos cauces de agua que se unen y se mixturan: junto al responso bajo el rito católico presidido por Bernhard Welte, sacerdote y amigo del filósofo, un racimo de estrofas del poeta Hölderlin.

Mirar fijamente una estrella es asumir una vocación. La estrella que brilla en el cielo heideggeriano era una estrella de ocho puntas. Y la pregunta cae de maduro: ¿por qué ocho puntas? El octagrama es un símbolo geométrico y espiritual que atraviesa varias culturas y asume por ello distintos nombres: Estrella de Ishtar en la antigua Mesopotamia, Rub el Hizb en el mundo islámico, Estrella tartésica presente en Andalucía, sur de España o Rosa Nórdica o Vegvisir en los países del norte de Europa. Más allá de la singularidad que esta figura adquiere en las distintas culturas, existen algunos elementos comunes en los que se concentra el núcleo epifánico de la misma, a saber: la estrella de ocho puntas evoca armonía, orientación y protección. Estos tres elementos se encuentran presentes en la filosofía de Martin Heidegger. Justifiquemos entonces, brevemente, esta aseveración:

Hannah Arendt, quien conocía íntimamente a Heidegger —especulaciones aparte—, apeló alguna vez a la imagen de una “tormenta” para referirse a la filosofía del pensador alemán. Ese soplo que anima la tormenta y le viene desde la antigüedad primigenia evita justamente la quiebra de la armonía, simplemente porque Heidegger sabe que sus intuiciones no dependen de su subjetividad, sino del Ser. En su obra ya evocada, La experiencia del pensar, escribe: “Si el aliento del pensar procede de la insinuación del Ser, entonces prospera el lenguaje del destino” [4]. Si hay destino, hay camino y orientación, una firme esperanza, más allá de todo desamparo.

Medio siglo ha pasado de la partida del filósofo. Medio siglo de nieves cayendo sobre la alberca de troncos y sobre su lápida de piedra. Sin embargo, la estrella de Heidegger sigue allí y bajo su luz, en medio de la noche, resuenan los versos de Hölderlin:

Feliz, por lo tanto, quien halló
un destino a su medida,
donde murmuro dulcemente,
a lo largo de segura orilla
el recuerdo de sus peregrinajes
y sus penas, y desde allí
tender la mirada hacia el horizonte
hacia los límites de la estadía
que Dios le impuso con su nacimiento.
Entonces descansa, satisfecho, pues
su sueño más divino llega y envuelve
sin esfuerzo, con una sonrisa,
al audaz entregado al reposo.

—————————

[1] Petzet, H.W. Encuentros y diálogos con Martin Heidegger 1929-1976. Ed. Katz, Madrid, 2007: p. 22.

[2] Heidegger, M. La experiencia del pensar. Ed. Del Copista, Córdoba – Argentina, 2007: p. 37.

[3] Petzet, H.W. Encuentros y diálogos con Martin Heidegger 1929-1976. Ed. Katz, Madrid, 2007: p. 288-289.

[4] Heidegger, M. La experiencia del pensar. Ed. Del Copista, Córdoba – Argentina, 2007: p. 29.

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Lau_Pucela
Lau_Pucela
12 horas hace

Este argentino una vez más con su “música” inconfundible. Por cierto, que sugerente aparece Heidegger hasta para quienes no nos dedicamos a la filosofía. Enhorabuena, una vez más!

Pablo75
Pablo75
6 horas hace

Heidegger es un tipo que se pasó la vida intentando explicarnos lo que son la realidad y el mundo en más 100 volúmenes de Obras Completas repletos de verborrea vácua, y cuando llegó el nazismo a Alemania confundió a Hitler con el Mesías y el Tercer Reich con el paraíso que iba a durar por lo menos mil años en Alemania. Y algunos creen que un tipo tan miope como él (incapaz de ver la verdadera naturaleza de algo tan brutalmente evidente como el nazismo) ha logrado revelarnos lo que es el Ser… (Ramón J. Sénder resumía así su pensamiento: “Lo que es, es”).

Fran de Gubbio
Fran de Gubbio
4 horas hace
Responder a  Pablo75

La relación de Heidegger con el nazismo fue miníscula en el tiempo. En el 33 le ofrecen el Rectotado y renuncia. Lo expresa en su texto: “Por qué permanecemos en la Provincia”. Por lo demás, su influencia es determinante en toda la filosofía del siglo XX y se extienen a otras áreas, desde la psiquiatría hasta la arquitectura. Si alguna condena le cabe es no haber hecho un arrepentimiento público y cabal, nada más. El resto, los que no entienden al pensador, deberían ejercitar la paciencia, el estudio demorado del inicio del pensar occidental y el tiempo óptimo para recepcionarlo. El “es un charlatán” porque no se entiende, no es un argumento serio.

Saludos cordiales desde Chile.