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El último refugio

Gay Bar es un libro nostálgico para aquellas personas, de mi generación o de generaciones anteriores, que vivimos los bares gais de una forma radicalmente diferente a como se viven ahora. Se trata de una nostalgia activa: la nostalgia que reivindica la memoria. El bar gay fue simultáneamente durante décadas un espacio que servía de guarida, de parlamento, de mercado sexual y de laboratorio de identidad. La tesis del libro, implícita pero poderosa, es que lo que se pierde con él no es un local de copas, sino una forma de estar en el mundo que las aplicaciones de ligue no pueden sustituir y que la cultura dominante preferiría olvidar.

Atherton Lin recorre sus bares de Los Ángeles, de San Francisco y de Londres con un tono que oscila entre el ensayo cultural y la autobiografía (también erótica), y esa mezcla es quizá su mayor virtud formal. Los fragmentos de historia no se superponen a la experiencia personal, sino que la atraviesan. El libro entiende que la política se vivió en el cuerpo, y lo demuestra escribiendo desde el cuerpo.

"Atherton Lin lo narra sin pudor: en una de las escenas más memorables del libro, después de correrse en la boca de un desconocido en un sex club, reflexiona sobre lo que acaba de ocurrir con una distancia casi clínica"

El historiador John D’Emilio le presta una de sus frases axiales: el bar gay era único entre las expresiones de la vida homosexual porque fomentaba una identidad que era a la vez pública y colectiva. Atherton Lin acepta esa herencia y la radicaliza: esa publicidad y esa colectividad no eran solo reconfortantes, eran políticamente subversivas. Perderlas significa perder un punto de encuentro, sin duda, pero también perder una forma de resistencia.

Lo que emerge del libro es una tesis que va más allá de la reivindicación identitaria al uso. El bar gay era el sitio donde se ensayaba una forma de vida que desafiaba las convenciones sobre el amor, la fidelidad y el pudor. El gay style of life —para usar la expresión que Foucault prefería a «homosexualidad»— era, según el libro, mucho más que el amor entre dos personas del mismo sexo. Foucault aparece citado en un momento clave, cuando describe el sex club como el lugar donde uno deja de ser prisionero de su propio rostro, de su propio pasado, de su propia identidad. Atherton Lin lo narra sin pudor: en una de las escenas más memorables del libro, después de correrse en la boca de un desconocido en un sex club, reflexiona sobre lo que acaba de ocurrir con una distancia casi clínica. No hay culpa ni romanticismo. Hay, en cambio, la conciencia de haber habitado brevemente un cuerpo sin historia. El anonimato del cuerpo como liberación, no como degradación. (En este sentido, la lectura de Gay Bar me ha recordado a otro libro estupendo: Cruising, de Alex Espinoza, publicado en español por Dos Bigotes). Esa es la apuesta filosófica del libro, y es una apuesta valiente en un momento en que buena parte de la cultura LGBTQ+ ha apostado por la normalización: el matrimonio, la familia, la visibilidad institucional. Atherton Lin no condena ese camino, pero lo interroga.

"Atherton Lin convierte ese episodio atroz en una demostración de hasta qué punto lo gay no necesitaba ser: bastaba con que pudiera ser interpretado como tal"

Lo interroga, entre otras cosas, a través de la figura de Gay Shame, el movimiento nacido en Brooklyn en 1998 que reivindicaba la vergüenza como antídoto contra la respetabilidad: frente al Orgullo institucionalizado, frente a los desfiles con policías y patrocinadores corporativos, la provocación y la incomodidad como formas de no rendirse.

Hay en el libro una meditación sostenida sobre la violencia que resulta de las más reveladora. La homofobia, argumenta Atherton Lin, no solo se alimenta de lo gay como identidad reconocible, sino también de su capacidad para subvertir y sorprender, para desdibujar los contornos de lo masculino. Los letreros y la clientela de los bares gais londinenses tergiversaban intencionalmente la iconografía del hombre trabajador, y cada ataque junto al London Apprentice —uno de esos locales legendarios— era, en ese sentido, un ataque a las pretensiones y fracasos de la propia masculinidad. La violencia como síntoma de una crisis.

Esta violencia tiene en el libro un episodio que funciona como parábola involuntaria. En 1980, en el metro del East End londinense, un mecánico pakistaní llamado Kavumarz Anklesaria fue asesinado a golpes por su sonrisa: una sonrisa permanente que era secuela de un accidente de tráfico. Su agresor creyó que le sonreía «como un homosexual». El juez del caso declaró que sonreír no constituye delito. Atherton Lin convierte ese episodio atroz en una demostración de hasta qué punto lo gay no necesitaba ser: bastaba con que pudiera ser interpretado como tal. La amenaza no estaba en la identidad, sino en la mera posibilidad de la identidad.

"Las aplicaciones han destruido en buena medida el gay style of life y la cultura gay: han convertido el deseo en algoritmo y han eliminado lo que el bar gay tenía de imprevisible"

Las lesbianas tienen un protagonismo que en este tipo de libros suele escatimarse. Atherton Lin las incorpora no como apéndice sino como parte constitutiva de una historia común de espacios, de luchas y de placeres. Algunos de los locales fundacionales de San Francisco fueron creados y regentados por lesbianas. La comunidad que el bar gay forjó fue más ancha y más complicada de lo que el relato canónico suele admitir.

Frente a ese pasado, el presente que describe el libro es el de una retirada. Las aplicaciones han disuelto la necesidad del espacio físico compartido, y con ella han disuelto algo que no tiene equivalente digital: la fricción, el azar, el encuentro con el desconocido que no has elegido previamente. La seducción. El cruising del que hablaba antes. La conversación. Lo imprevisto. Lo humano. Las aplicaciones han destruido en buena medida el gay style of life y la cultura gay: han convertido el deseo en algoritmo y han eliminado lo que el bar gay tenía de imprevisible. Aunque hay ciudades resistentes, a mi juicio: Madrid, Berlín o Londres, entre otras. Ninguna de ellas en Estados Unidos. No Nueva York, no Los Ángeles, apenas algunos retazos de San Francisco.

"Atherton Lin escribe con una precisión sensorial infrecuente en el ensayo cultural y con una honestidad sobre el deseo que muy pocos autores se permiten"

Atherton Lin recurre a los sociólogos de Hábitos del corazón para nombrar lo que se ha perdido: cuando una comunidad olvida su historia degenera en enclaves de estilos de vida donde el narcisismo de la similitud desplaza al bien común. Las aplicaciones han creado exactamente eso: un mercado de la similitud que ha eliminado la incomodidad del otro no elegido y ha domesticado lo que el bar gay tenía de indomesticable.

Gay Bar no es un libro perfecto —hay pasajes en que la acumulación de anécdotas históricas ralentiza el argumento y la lectura— pero es un libro necesario y, en sus mejores momentos, un libro hermoso. Atherton Lin escribe con una precisión sensorial infrecuente en el ensayo cultural y con una honestidad sobre el deseo que muy pocos autores se permiten. El resultado es una elegía que también es un alegato, una historia que también es una memoria, y una defensa de la promiscuidad y el placer que es, sin contradicción, profundamente política. Vale la pena leerlo antes de que cierren el último bar. O vale la pena leerlo para volver a abrir bares. Bares 2.0.

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Autor: Jeremy Atherton Lin. Título: Gay Bar: Por qué los bares gais importan. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.

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