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Fantasmas son los que habitan la frontera

Fantasmas son los que habitan la frontera

Según la tradición, apuntaba Sir Thomas Brown en Urnas sepulcrales, Adán se formó con el polvo de los cuatro cuartos del mundo y su nombre se originó, al menos en griego, de esas iniciales: Norte (árktos), Oeste (dysis), Este (anatolí) y Sur (nótos). En la novela El paisaje es un grito, de Eduardo Ruiz Sosa, publicada por la editorial Candaya, encontramos esta vinculación entre cuerpo, identidad, memoria, muerte y tierra, pues ¿cómo asegurar el cuerpo si no hay tierra a la que pertenezca? Y, por ende, ¿cómo reconocer la muerte si ese cuerpo ha sido privado de sí mismo?

El paisaje es un grito comienza con el viaje del Baldor, después de ser deportado, junto a la Caticha, el Lombardo y el cadáver del Genízaro en un Valiant de los años setenta, para hacer regresar a este último al Origen, su ciudad natal: El Presidio. Pero si el Genízaro está muerto, ¿qué memoria asegura la existencia de El Presidio? Si las cosas existen en tanto que son recordadas, ¿dónde queda un lugar cuando su último habitante ha muerto? Quizá ese lugar se haya transformado con el Genízaro en un fantasma: «¿Y si El Presidio nomás existe en la memoria del Genízaro? Entonces el pueblo se murió con él. / ¿Y nosotros?».

"Muerte y vida ya no son contrarios. Ruiz Sosa destruye mediante su poética y su particular estilo torrencial las dicotomías clásicas occidentales que enfrentan vida y muerte"

Este es un punto clave en la obra de Ruiz Sosa, lo que en la tradición anglosajona se denomina poetry of decay, y consiste en encontrar motivos en la infraestructura arruinada de los espacios y lugares que entronquen con la decadencia de la propia identidad, pues al igual que la casa Usher se derrumbaba fallecido su último morador, ¿dónde queda el pueblo de Genízaro, si ya no hay un solo vivo que pueda llamarlo su Origen y así regresar a él? Ahí está la fragilidad de lo ausente en El paisaje es un grito pues, ¿puede lo innominado existir? ¿Y lo olvidado? Ruiz Sosa recoge esa contingencia de lo fantasmagórico propia de la tradición mexicana (Rulfo, Fuentes, Garro, Toscana…) para sumergirnos en un mundo donde muerte y vida se entremezclan y así reflexionar sobre la identidad, la memoria y la violencia. «Fíjate cómo es el mundo, me dijo, que siendo los extremos nacer y morirse, lo de en medio es más filoso».

Muerte y vida ya no son contrarios. Ruiz Sosa destruye mediante su poética y su particular estilo torrencial las dicotomías clásicas occidentales que enfrentan vida y muerte. De este modo, muerte y vida pasan a ser lo mismo desde su oposición. Y mediante esta oposición se explican la una a la otra: «Si el Genízaro podía representar a cualquier muerto, entonces los vivos también podían encarnar cualquier vivo, y así no hay límites, ¿entiendes?». Entonces, ¿qué hay contrario a la muerte y la vida, si estas pasan a ser diferentes caras de la misma moneda —águila ø y sol—? Lo contrario sería el olvido, el olvido como condición de aquellos y aquellas que ocupan los márgenes. El recuerdo no pertenece a las vidas precarias —Butler— o nulificadas —Agamben— que se acumulan alrededor de las vidas que sí son reconocidas. Una de las propuestas que extraigo de El paisaje es un grito es que un cuerpo sin identidad —no la identidad clásica del reconocimiento social, sino la identidad moderna que nace con los medios de identificación biométricos de control estatales, basados en la potencial criminalidad— y sin origen no puede morir del todo.

"La alienación de la fábrica como destrucción paulatina del cuerpo, como mecanismo biopolítico que exige de nuevos cuerpos para saciarse, al igual que el monstruo o deidad de un cuento gótico que asola toda una civilización"

Y por supuesto, otro de los grandes contrarios de la vida-muerte en El paisaje es un grito es la industria y su paulatina destrucción del cuerpo. Es propio de la poética de Ruiz Sosa hacer del cuerpo y el lenguaje los medios de acercamiento a la realidad, pues «¿cómo relacionarnos con el mundo si no es mediante la precariedad del cuerpo?». Esta cita extraída de su anterior libro de cuentos, Cuántos de los tuyos han muerto, nos avecina a un motivo fundamental en toda su obra y, por consiguiente, en esta su nueva novela: el de un mecanismo industrial que emplea los cuerpos hasta su extenuación sin considerarlos vidas autónomas. Un ejemplo paradigmático dentro de esta nueva novela sería el de la mujer de la maquila de electrónica de la que el Genízaro, todavía vivo, le habla al Baldor. Esta mujer, de estar conectando componentes a placas eléctricas sin descanso de la electricidad estática acumulada en la salita —una descarga insignificante pero continua—, acaba con su cuerpo quemado como si le hubiera caído un rayo: «Y al tiempo se dijo que la mujer se murió sola en su casa como si se hubiera prendido fuego por dentro, ¿entiendes?». Es la alienación de la fábrica como destrucción paulatina del cuerpo, como mecanismo biopolítico que exige de nuevos cuerpos para saciarse, al igual que el monstruo o deidad de un cuento gótico que asola toda una civilización: «Porque pensaba que los hijos eran un lujo de gente que no trabaja en la fábrica, aunque en la fábrica todo el mundo tiene hijos y luego los hijos acaban trabajando en la fábrica y yo no quiero entregarle hijos a la fábrica».

"Cada libro de Ruiz Sosa es un encuentro con significados e imágenes que se te quedarán adentro. Porque eso es lo que consiguen los grandes autores: fundar o refundar nuevas realidades mediante el lenguaje"

Todo esto se nos cuenta por personajes insertos en la frontera, personajes que están atravesados por lo que Homi Bhabha denominó los in-between spaces, es decir, personajes que no pueden regresar a El Origen ni alcanzar lo que Ruiz Sosa denomina El Otro Lado. Personajes que no pertenecen al lugar de llegada y que han dejado de pertenecer a su lugar de origen y quedan en tierra de nadie, varados como fantasmas. He aquí de nuevo lo fantasmagórico, porque ni la vida ni la muerte son necesarias para la convocación del fantasma, sino la inmovilidad entre la partida y el regreso. Y estos in-between spaces alcanzan en la obra de Ruiz Sosa una dimensión transversal y multidireccional. Principalmente entre El Origen y El Otro Lado, pero también entre arriba y abajo, entre memoria y propósito. Por ejemplo, el padre del Genízaro, mediante sus excavaciones, quería alcanzar El Otro Lado, y desde su desaparición nos dice el Genízaro: «El mundo quedó partido en dos: todos tenemos el mundo partido en dos, Baldor, eso es obvio, porque hay un cuerpo y hay un alma, como se dice, o porque hay orilla y barranco. El asunto, Baldor, es que con mi padre descubrí que casi siempre estamos en la mitad equivocada». Es esta la prorrogada derrota de los personajes atravesados por la frontera, y Ruiz Sosa hace de esta ausencia temporal y espacial el cronotopo desde donde construir la historia de su relato.

Cada libro de Ruiz Sosa es un encuentro con significados e imágenes que se te quedarán adentro. Porque eso es lo que consiguen los grandes autores: fundar o refundar nuevas realidades mediante el lenguaje. Ruiz Sosa ha encontrado una forma precisa de nombrar lo que se resiste a ser nombrado, de señalar la ausencia y (de)mostrarla. Dice Agamben que algunos escritores y escritoras —unos pocos— trascienden el estilo y alcanzan la maniera, donde el lenguaje poético se supera a sí mismo y se encuentra en su obra una unicidad nueva y última. Ruiz Sosa es de esos autores que ha hecho del lenguaje, su estructura y sus motivos literarios un espacio reconocible para que los lectores y lectoras acudamos a sus novelas y nos dejemos atravesar por una nueva realidad. Ruiz Sosa ha creado una literatura propia, reconocible y portentosa. Y eso es todo un acontecimiento.

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Autor: Eduardo Ruiz Sosa. Título: El paisaje es un grito. Editorial: Candaya. Venta: Todos tus libros.

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