Inicio > Firmas > Gays & Co. > El Romanticismo ya no es lo que fue

El Romanticismo ya no es lo que fue

El Romanticismo ya no es lo que fue

Hay escritores que construyen su obra en los márgenes de lo que se considera literatura seria, grave, y que sin embargo hacen en esos márgenes algo más serio de lo que la mayoría consigue hacer. Fernando Royuela es uno de ellos, y leerlo —volver a leerlo después de una ausencia larga— produce la satisfacción de encontrarse ante alguien que domina de verdad su oficio, aunque él sostenga que la literatura no es un oficio, sino un alma. Su prosa tiene la paradoja envidiable del barroco que no pesa: la frase elaborada, el vocablo preciso e inesperado, el discurso largo que avanza sin perder el equilibrio, todo ello al servicio de una transparencia que hace la lectura gozosa. Es un prosista de los que ya no quedan, como suele decirse; un escritor que escribe con esa densidad tranquila que solo da el dominio real de los recursos.

A ese dominio de la prosa, Royuela suma algo todavía más escaso en el panorama narrativo español: el humor. No el chiste, no la ironía defensiva ni el guiño cómplice al lector, sino el humor de fondo, el que articula la visión del mundo y da forma a los personajes, el que tiene detrás una tradición larga y gloriosa en la que Royuela se reconoce. Esa tradición arranca en el Arcipreste, pasa gloriosamente por Quevedo, florece en el esperpento de Valle-Inclán —el gran maestro del esperpéntico Royuela— y reaparece, siempre de manera discontinua, en Jardiel Poncela, Mihura o Gómez de la Serna. En la novela contemporánea, los grandes representantes de esa línea son Eduardo Mendoza y, con un perfil diferente, Antonio Orejudo, que curiosamente arrancó su carrera al mismo tiempo y en la misma editorial —Lengua de Trapo— que Royuela. Tras ellos, casi el desierto. La narrativa española de las últimas décadas ha preferido la gravedad, la nostalgia, el realismo doméstico o la introspección sentimental. El humor literario de altura escasea, y Royuela es uno de los poquísimos que lo practica con convicción y con resultados memorables.

"Royuela es cruel con sus personajes históricos y es absolutamente implacable: los contempla con esa mirada que ve al mismo tiempo la grandeza y el ridículo"

Un invierno es una novela muy royueliana, en el mejor sentido de la expresión. Construida sobre dos niveles narrativos que se alimentan mutuamente y se complementan bien, narra en un plano la célebre estancia de George Sand y Frédéric Chopin en Mallorca durante el invierno de 1838-1839, episodio que la propia Sand inmortalizó en Un invierno en Mallorca. En el otro plano, el narrador —alter ego caricaturesco del autor— nos habla del proceso de escritura del libro que tenemos entre las manos: sus negociaciones con la agente literaria, sus dudas, sus digresiones, su relación con Pichardo Manzanares, un personaje divertido y delirante; y, sobre todo, sus seis exmujeres, con todas las cuales estuvo en Mallorca en distintos momentos de su vida y visitó la cartuja de Valldemossa, donde Sand y Chopin se instalaron. Los dos planos se mezclan sin aplastarse con una habilidad que solo los escritores con verdadero talento logran sostener.

El resultado es una novela corrosiva en el sentido más preciso del término: deshace capas. El romanticismo que rodea a Sand y Chopin —esa imagen de amor y genio bajo la lluvia mallorquina, con tisis y nocturnos al fondo— sale de sus páginas considerablemente desmitificado. Royuela es cruel con sus personajes históricos —sobre todo con Sand— y es absolutamente implacable: los contempla con esa mirada que ve al mismo tiempo la grandeza y el ridículo, la autenticidad y la impostura, el amor y el egoísmo que suele esconderse detrás.

"Queda hacerse la pregunta incómoda: ¿por qué un escritor de esta talla no ocupa en el ecosistema literario español el lugar que merece?"

Los dos planos de la novela hablan, en el fondo, de las ficciones que construimos alrededor del amor y de la creación —la de Sand sobre Mallorca, la del narrador sobre sus exmujeres o sus libros, la del lector sobre los grandes románticos— y del inevitable momento en que esas ficciones se desmoronan y nos dejan frente a algo más complicado y más verdadero. La ley de la gravedad de la mismísima literatura.

Con Un invierno van a disfrutar en todas las dimensiones que lo permite un libro. Van a aprender, se van a divertir mucho, van a tener algún momento de ira o de antipatía —los personajes a veces son así— y van a sentir ese peso denso de la literatura verdadera.

Y en este panorama, queda hacerse la pregunta incómoda: ¿por qué un escritor de esta talla no ocupa en el ecosistema literario español el lugar que merece? La respuesta tiene varias respuestas. El humor, como ya señaló Javier Marías a propósito de Mendoza, suscita en España una desconfianza atávica: se le concede entretenimiento pero se le escatima profundidad, como si la risa y la inteligencia fueran actividades incompatibles y no justamente vecinas. A eso se suma que Royuela no practica la autopromoción ni cultiva las redes de visibilidad que hoy determinan tanto como el talento quién es leído y quién es reseñado. El ecosistema literario español premia la gravedad temática, la cercanía al poder cultural y, cada vez más, la capacidad de construir una marca personal. Royuela hace otra cosa: escribir bien, con humor, con ambición literaria real. Eso, en el mercado actual, es casi una estrategia de invisibilidad. La buena noticia es que los libros duran más que los ecosistemas.

—————————————

Autor: Fernando Royuela. Título: Un invierno. Editorial: Hespérides. Venta: Todos tus libros.

4.8/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios