Hete aquí el retrato de un pueblo que ya no existe, y no sabemos si existió más que por una voz que habla de sus muertos, de las supersticiones, de los asesinatos en el campo o los naufragios en la mar, del amor y la esclavitud en las tomateras canarias a mediados del siglo XX.
En este making of Óscar Liam explica cómo escribió Las Galletas (Plasson & Bartleboom).
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Hace unos años escribí una frase que hoy en día sigue resonando en mi cabeza: «Tengo magua de una tierra en la que vivo, añoro la vida como si ya hubiese muerto». De esa frase nace la idea de escribir Las Galletas. Surge lejos de casa, desde la nostalgia y la falta de identidad. Me fui de Tenerife a Madrid muy chiquito, al día siguiente de cumplir dieciocho años. No sabía muy bien a dónde iba pero tampoco tenía claro de dónde venía, hasta que dejé la isla atrás.
—¿Quieren que les cuente el cuento de la Vieja Majadera?
—Sí.
—Yo no les digo que sí, digo que si quieren que les cuente el cuento de la Vieja Majadera.
—No.
—Yo no les digo que no, digo que si quieren que les cuente…
Así eternamente hasta que nos dejábamos dormir de aburrimiento y repetición. Mientras leía a García Márquez ya me rondaba la idea de escribir sobre la transmisión de la memoria y la identidad del pueblo. Pensé: “Abuela siempre nos ha contado cuentos, y si uno de esos cuentos lo utilizó un premio Nobel en su libro más reconocido, puede que las otras historias que yo tengo en la cabeza también tengan algún valor literario”.
En casa no había libros, no se hablaba de política y yo pensaba que tampoco había cultura. Veía y entendía la cultura como algo ajeno a mí, ajeno a nosotros, a todo lo que nos rodeaba y lo que éramos. Vengo de una familia de camareros que viene de una familia de campesinos, de los cuales ninguno había terminado los estudios básicos, ni los camareros ni las campesinas. Yo era el primero de toda la familia que iba a la universidad.
Pasados estos años pienso mucho en que quizás no hubiese escrito esta novela si no me hubiese ido de Canarias seis años. Para mí, la vida aquí era lo normal. No prestaba atención a los detalles; los veía como un ejercicio rutinario, hundido en la cotidianidad, como una conversación con tu abuela mientras desayunas. Miraba hacia afuera buscando algo que tenía justo delante de mis ojos.
Mis compañeros de facultad hablaban de irse el fin de semana a la casa del pueblo, de las batallas de sus abuelos en la guerra y de la etapa estudiantil de sus padres. Yo para ir a la casa del pueblo tenía que coger un barco, porque veníamos de otra isla. Somos isleños. La historia de la guerra en mi familia no sonaba como la de ellos, parecía como si en Canarias no hubiese muerto gente en los años treinta del siglo pasado. Los años estudiantiles de mis padres o mis abuelos directamente no existieron, estaban en el campo o sirviendo copas en los hoteles. Fue ahí, sentado en los bancos de la facultad, donde entendí que esa memoria no me pertenecía, escuché hablar de fábricas, de revoluciones en las urbes. Mi clase obrera venía de las tomateras del sur de una isla que está al noroeste de África. Ahí empezó todo.
Dejé de ver las historias que me había contado como algo cotidiano, cuentos del barrio y que solo interesaban o afectaban a nuestra familia. Empecé por un tema que siempre rondaba en mi cabeza, la inmigración, y para ello me sirvió una historia que me contó ella sobre cómo y por qué se mudaron del norte al sur de la isla, algo muy común en la primera mitad del siglo XX en Tenerife. Escribiendo me di cuenta de que podía abordar un tema que me interesaba personalmente y a la vez podía hacer que más canarios se sintiesen identificados, era también su historia, y todo gracias a un cuento de mi abuela. Pensé en la muerte, en la esclavitud, en el amor, la superstición y los asesinatos. Todo eso estaba en mi cabeza con la voz de mi abuela. Hasta que escribí el primer capítulo no era consciente de lo interiorizado que tenía ese recurso dentro de mí. Y en ese momento, esa voz que llevaba escuchando día tras día durante veinticinco años se convirtió en el pilar fundamental de mi libro.
La primera vez que vieron la luz estas historias, que hoy son los capítulos de mi primera novela, fue en fragmentos muy reducidos que subía a redes sociales acompañados de alguna imagen antigua relacionada con la trama o el paisaje. Las publicaciones empezaron a moverse por cientos de cuentas que seguían las historias. Un día una mujer me comentó un post y alegaba que el protagonista de esa historia no había muerto, que era su padre el que conducía el camión y no se había matado en ese accidente. Ahí fue donde terminó la realidad y empezó la ficción. Yo no escribía la biografía de una abuela canaria, yo utilizaba la voz de Elva y los cuentos que había escuchado en casa para hacer literatura, para abordar la transmisión de la memoria a través de la oralidad. «Señora, esta es mi historia, y aquí mato a quien yo quiera».
Seguí jugando, y cuanto más lo hacía más fácil era, y de una forma más natural aparecía en las páginas esa voz. Mi escritura recorría las calles del pueblo como Onetti por Santa María o Rulfo por Comala, como si también necesitara inventar su propio territorio mítico. Yo mataba, construía amores, creaba supersticiones a mi gusto y parecer. No sabemos si existieron más que por una voz antigua que lo narra. Y así, entre recuerdos que no eran míos e historias que formaban parte de mí (re)construí Las Galletas. El pueblo que yo no había vivido, el que había dejado de existir hacía sesenta o setenta años, empezó a ser real en mi cabeza, o quizá siempre lo había sido.
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Autor: Óscar Liam. Título: Las Galletas. Editorial: Plasson & Bartleboom. Venta: Todos tus libros.


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