Cuando un escritor se acuerda de sus muertos yo me acuerdo de Jorge Manrique. Y cuando recuerdas a Jorge Manrique te acuerdas del que fue muerto por una úlcera facial, su padre, más vivo hoy de lo que parece. Y más vivo, porque todos los años son cientos y cientos de estudiantes los que le recuerdan, vía Coplas, lo bueno que fue don Rodrigo, y lo rápido que pasa la vida, y qué fea es la vanidad que procuran los bienes mundanos, y el Ubi sunt –aunque nos preguntemos, cuando nombran el Ubi sunt, qué fue de King Kong y de los psicoanalistas–; o cómo no acordarse de la fama, sobre todo de la fama eterna que le procuró Jorge Manrique a su padre, don Rodrigo Manrique. Eso era amor de hijo y amor post mortem, amor de verdad. Para esto sirve la literatura; uno, para demostrar el amor hacia tu padre y dos, para inmortalizarlo transcurridos quinientos cincuenta años; lo que han dado de sí cuarenta coplas.
La novela Los fabuladores consta de dos partes, obviando el prólogo, el epílogo y los agradecimientos. Están ordenadas cronológicamente, como las fechas de un diario. La primera se titula “Lo que no existe” y se compone de diez capítulos. La segunda “Lo que existe” y está compuesta de tres capítulos y cinco subcapítulos. Ambas partes son equitativas y están equilibradas: la primera, con cien páginas, y la segunda, con ciento cuarenta. Lo que existe siempre ocupa más que lo que no existe, obvio. El autor acudirá a esta estructura bimembre, dialógica, para enfrentarse, desde el presente, al pasado de los protagonistas, a sus intenciones y a los acontecimientos que se desarrollaron a partir de las peripecias de Galvão, Velo y Sotomayor.
Durante la primera parte se desgrana la personalidad de cada protagonista. Incluso se dibujan singulares paralelismos, como el que se establece entre Henrique Galvão y Edmundo Dantés, el conde de Montecristo. De la misma manera conocemos a Velo, el poeta, que en un momento del relato aprovecha el narrador para revelarnos que «tras beber unos tragos de ron, le explica lo que lleva semanas pensando: secuestrar un barco, navegar rumbo a África, sublevar la Guinea española y después llevar la insurrección a la península». ¿No resulta tierno el vate?
El texto nos presenta a los tres protagonistas como las Vidas paralelas de Plutarco, centrándose más en lo moral e ideológico que en lo político y personal. Esta comparación, evidentemente, Carnero la realiza a otro nivel, claro está. A un nivel donde las raras discontinuidades y algún deus ex machina, además de extraños saltos temporales salpican y manchan un poco el relato de los acontecimientos; como el que se nos presenta cuando Velo está en prisión, encarcelado y prisionero; y tiene tres hijos, y los ve hambrientos y no hay nanas ni cebollas –es poeta como Miguel Hernández–, sino que solo ve ¡sotanas y falangistas! y de repente, no sabemos cómo, huye a Portugal. Hay fallas de verosimilitud, anoto también, como el caso de la señora Roche y el infarto de Galvão, que tan pancho y vivito queda después del mismo, sin secuelas ni consecuencias en el trajín de la trama donde este es protagonista. En fin, licencias rayanas en un collage narrativo que hacen perder el foco al lector y que culminan con un narrador superomnisciente que, cuando lo decide, trata de explicarnos algún aspecto de lo que llevamos leído o parte de la novela: «Los constantes vacíos hacen de la vida de Sotomayor la más extraña de todas cuantas en esta novela se narran. Las biografías de Galvão y Velo resultan comprensibles; pueden variar de sentido, ser singulares, atípicas, pero en todo momento existe una dirección, una regularidad en la trama que nos deja satisfechos. Con Sotomayor no sucede lo mismo. El relato es parcial, incompleto, un puzle desordenado».
Durante la segunda parte, “Lo que existe”, se desmitifican a los “héroes” porque se muestran sus derivas vitales, sus fracasos y el contraste brutal con el sueño revolucionario que les impelió. Eso preserva el texto de convertirse en una simple crónica de las aventuras y hazañas de tres soñadores. Este diálogo con la primera parte es brillante. Así, en esta parte, se analiza la situación actual de los protagonistas. Sus derroteros, dónde han acabado, cuándo murieron, en qué circunstancias lo hicieron, cuánto de olvidados quedaron, qué dicen sus mujeres de su promiscuidad y de su vida, qué de poco tuvieron de héroes y cuánto de fantoches. Y así, hasta llegar a Auschwitz, sitio por el que pasa, o nos descubren que transitó, uno de los protagonistas de la primera parte, Sotomayor.
Desde luego que Los fabuladores es una buena fabulación, o recreación, más bien. Ambas partes de la novela dialogan en torno al sueño de tres rebeldes que quisieron pasar a la historia como aquellos que pretendieron derrocar, de un modo suavísimo e ingenuo, las dictaduras de Salazar y Franco. La realidad fue otra. La realidad les sometió y puso al descubierto, se nos reveló, su falsaña: «jodidos héroes, […], ellos hacen la historia y otros la sufren». Unos fabuladores que se creyeron su propia fábula y acabaron como olvidados fantoches frente a quienes sí la sufrieron e hicieron. Sus mujeres, por ejemplo.
Lástima que José Ignacio Carnero, a pesar de su evidente esfuerzo documental y de su ambición, no haya conseguido inmortalizar a estos personajes como Jorge Manrique hizo con su padre. Aquí los muertos no susurran con fuerza: tartamudean, tropiezan y acaban desdibujados por una narración llena de licencias (deus ex machina), saltos temporales injustificados (rotos) y conveniencias (de registro, modas, guiños al cine y tópicos) que minan la verosimilitud de esta novela histórica. Al final, uno cierra el libro con la sensación de que los fabuladores no fueron solo Galvão, Velo y Sotomayor, sino también el propio autor, que creyó demasiado en su propia fábula narrativa, descosida. Pero de esto, dicen, también va la literatura.
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Autor: José Ignacio Carnero. Título: Los fabuladores. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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