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El estado poético de Ada Salas

El estado poético de Ada Salas

Siste, viator, se leía en los epitafios de las tumbas que bordeaban los caminos de entrada a las ciudades en la antigua Roma. El viajero se detenía un instante, leía las palabras labradas y su reflexión en torno al memento mori, tempus fugit o carpe diem…Y al llevarse a los labios el nombre del difunto, éste revivía en su voz. No puedo más que pedirte, viajero-lector, que detengas un momento tu camino y te acerques a Como si nunca nada (Antología poética 2026-1988), de Ada Salas, publicado por Bartleby Editores (2026), para que sus versos te rocen.

Ada Salas es una de las voces poéticas más consistentes y discretas del panorama poético contemporáneo, como evidencia esta antología retrospectiva, desde un inédito del 2026 hasta Arte y memoria del inocente (1988), de la propia autora, fruto del homenaje que ha recibido en Vallecas Calle del Libro 2026, siendo una excepcional e inmejorable aproximación a su obra. Si bien es cierto que no todos sus poemarios están aquí reflejados, como Noticia de la luz (2003) o algunos de los libros en colaboración con artistas plásticos, sí forman parte aquellos imprescindibles: Arqueologías (2023), Descendimiento (2018), Los diez mandamientos (2016), Limbo y otros poemas (2013), Esto no es el silencio (2008), Lugar de la derrota (2003), La sed (1997), Variaciones en blanco (1994) y Arte y memoria del inocente (1988), en tanto muestra relevante de su quehacer poético.

"Podemos hablar, sin duda, de un proyecto de escritura sostenido en el tiempo, cuya intención de concisión y concentración conceptual y rítmica tanto como de depuración formal, prevalecen"

El prólogo de Miguel Ángel Lama traza de manera clara y sucinta su trayectoria y esboza algunas de sus líneas estilísticas en este devenir, señalando su personal voz, donde la pausa, el espacio en blanco o la puntuación leve son huellas identitarias, que han ido ahondando en su potencia sígnica y evocadora, con el fin, como la poeta menciona en su nota introductoria, de apelar más un estado poético que a un logos: “No queráis entender. Quedarse con un verso, con una imagen o una música ya es mucho”. Podemos hablar, sin duda, de un proyecto de escritura sostenido en el tiempo, cuya intención de concisión y concentración conceptual y rítmica tanto como de depuración formal, prevalecen. Por todo ello, se aleja de un exceso retórico en pos de la palabra precisa y juegos de elipsis, que manifiestan cómo escribir implica una responsabilidad frente al lenguaje y a lo inasible, aquello cuya experiencia excede las posibilidades que la poesía trata de alcanzar:

“Como piedra obstinada en el vuelo
contemplo la caída

desde lo alto de la derrota”.

Si bien sus libros más recientes despliegan una narrativa mayor, cuasi dramatúrgica con varias voces, incorporando una respiración más larga, quiebres sintácticos inesperados y un uso de los guiones muy interesante, estos mantienen la exploración de los límites de lo decible, ese borde de la lengua ante el vacío que el poema trata de asir, así en “Diosa. Estatuilla”:

“Quiero
decir amor pero pronuncio
muerte -esa llaga
en la lengua-. No hemos
Comprendido. No hemos acertado a
reconocerlo. Velas. Reinas
en
el jardín de los astros. Extiendes
en la noche
el río de tus pechos. Los dedos
de los solos
te han labrado un collar. Descansas
en su frío.

Qué hacer con este amor
que nadie quiere.”

La escritura nace de una fractura entre la experiencia y la palabra que expone la autonomía del lenguaje respecto de la voluntad del “yo lírico”, en este sentido la palabra se convierte en territorio de resistencia antes que de dominio; nombrar supone aceptar que aquello que se desea decir nunca coincide en su totalidad con aquello que finalmente se dice. Los abruptos encabalgamientos interrumpen y suspenden el poema, obligan a releer. Esa suspensión no constituye un simple procedimiento formal, sino la manifestación rítmica de una escritura que se enfrenta continuamente a la resistencia del lenguaje y del sentido. Vacila el poema en un exiguo hilo, como un equilibrista, cada verso parece engarzarse en el siguiente sin llegar nunca a clausurar su sentido, de este modo se sostiene en su verticalidad. La disposición visual es también una expresión de la construcción poética, que nos habla de la importancia de la configuración material del mismo, intensificada por los espacios, silencios cercanos a los de una partitura musical a los que nos arrastra. Queda un eco en la atmósfera que impregna la lectura. La sintaxis fragmentaria, la disposición espacial del verso y la economía verbal predominan y fragmentan los poemas para permitir escuchar el vacío; las palabras son restos o huellas de algo más sublime que late en su envés, de esta manera el lector debe asumir la imposibilidad de conocer en su plenitud, de entender racionalmente, y las certezas son disueltas:

“la lógica tan solo pertenece
al reino de lo abstracto
que
por mucho que resulte suculento
el
olor de ese cadáver”

Sin embargo, sí existe algo epifánico en la escritura de Ada Salas, más allá de las revelaciones que provoca el dolor. El poema convoca a un cierto tipo de conocimiento porque no claudica ante lo que intenta nombrar, la tensión entre la palabra y aquello que permanece irreductible a ella. El lenguaje fracasa y su insuficiencia entrega el silencio no como principio sino como consecuencia. Escribir es acercarse con las palabras a lo que se resiste a ser nombrado, a lo que permanece oculto: el dolor (emocional y físico), la pérdida, el cuerpo, el deseo o la identidad. Escribir es manifestar la voluntad de existir, de ser. Parece una paradoja que despoja hasta el hueso del verso la palabra para acariciar lo esencial del poema, de la propia poeta. Sólo lo que no puede dejar de nombrarse nos es entregado:

“No conoces el nombre de los pájaros
te dicen
lo que esperabas
fue.
Aún esa profunda
desesperación
aún

esa belleza.”

Pero la escritura de Ada Salas no se detiene en la anagnórisis del límite. El poema trabaja sobre él. Si el lenguaje fracasa al nombrar la experiencia, la poesía puede, al menos, transformarla mediante un paciente ejercicio de depuración:

“Pulir. Pulirlo. Hacer
con el dolor
lo que el mar hace con las piedras.

Pulirlo hasta volverlo transparente hacerlo

Joya.”

El poema no elimina el dolor, sino que lo somete a un proceso de lenta artesanía. “Pulir. Pulirlo.” constituye casi una declaración poética: la escritura no aspira a desvanecer la derrota ni la herida, sino a trabajar sobre ellas con perseverancia. La materialidad y plasticidad de las imágenes explica la luminosa écfrasis de Descendimiento o las colaboraciones con artistas plásticos o, en otro sentido, Arqueología, en las que la imagen delineada sobresale como un alto relieve, rehuyendo de lo aparente y tópico. Lo corpóreo (huesos, piedras, hormigas, cuerpo… ) es la materia donde el lenguaje se desbasta y rozamos la muerte.

Detente, pues, viajero-lector, por un instante en tu camino para leer a Ada Salas. Como si nunca nada no es una recopilación ni una conclusión, sino la síntesis de una poética que continúa excavando allí donde el lenguaje no alcanza, quizá por esta razón es una de las propuestas actuales más exigentes y desvela la extraordinaria coherencia de su poesía, en la que su complejidad y singularidad no reside en una evolución temática sino en una profundización e indagación, pulir una y otra vez la misma pregunta hasta hacer de ella una forma de conocimiento del mundo.

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Autora: Ada Salas. Título: Como si nunca nada (Antología 2026-1988). Editorial: Bartleby. Venta: Todos tus libros.

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Pablo75
Pablo75
14 horas hace

“esta antología retrospectiva”

¿Habrá antologías que no lo sean?

Esperemos que este texto pedante (“epifánico”, “anagnórisis”, “écfrasis”) no haga huir de la poesía de Ada Salas, que merece ser conocida.