Inicio > Libros > No ficción > El sentido del campo, de Julio Llorente: un arte de vivir o el mundo como gracia y ofrenda

El sentido del campo, de Julio Llorente: un arte de vivir o el mundo como gracia y ofrenda

El sentido del campo, de Julio Llorente: un arte de vivir o el mundo como gracia y ofrenda

Siempre es emocionante encontrar un nuevo autor de talento. Julio Llorente es, en todos los sentidos, hombre de letras: periodista, editor, escritor y, ahora, también ensayista. Acaba de publicar El sentido del campo (Deusto), un ensayo en defensa de la agricultura que es un canto a la filosofía y, en última instancia, un arte de vivir. Elocuente e ilustrado, solemne y chispeante, Llorente reconoce que, nacido en el seno de una familia burguesa de tradición proletaria en Madrid, su vínculo con el campo es tangencial, más bien recreativo. Eso no le impide pensar y escribir con altura sobre la relación entre los conceptos hermanados de cultura, culto y cultivo, nacidos de una única madre, la agricultura, semilla del asentamiento humano en el Neolítico y, por tanto, germen de la civilización. Diez mil años más tarde, la agricultura ―la cultura― está en vertiginosa decadencia, y Llorente señala como culpables al ecologismo, a la agroindustria y al nomadismo.

El ecologismo oficial es, en esencia, antiagrario. Queda patente en la parálisis de las organizaciones ecologistas ante las agresiones que soportan los agricultores europeos, sometidos a todo tipo de normativas burocráticas que les impiden competir en un mercado global regido por políticas mucho más laxas. Para el ecologista, la naturaleza se parece mucho al Paraíso Terrenal, donde no tiene cabida el hombre, reo del Pecado Original, origen de todo lo que está mal en el mundo. Y eso incluye al agricultor que ama la tierra que cultiva.

"Sólo es libre quien tiene soberanía sobre algo. Si dejamos el campo en manos de los fondos de inversión, sólo nos queda ser siervos desterrados"

Sin embargo, tanto el agricultor como el ecologista tienen un enemigo común: la agroindustria, epítome de la rapacidad humana. En su empeño por optimizar procesos y abaratar costes, la agricultura intensiva empobrece el suelo, lo envenena, lo erosiona y lo vuelve vulnerable a las plagas. Nuestra dieta actual es más variada que hace décadas, pero no más sana, por eso los adelantos técnicos de la agroindustria no significan progreso, sino regresión. En cambio, la dehesa extremeña enarbola el paradigma de paraíso artificial, que al transformar el monte mediterráneo en bosque diáfano demostró que el hombre cabal puede moldear la tierra sin arrebatarle el alma.

El nomadismo completa la terna de jinetes del Apocalipsis. Convenientemente adoctrinados por esta contemporaneidad en que el arraigo es un lujo, los jóvenes ya no conciben la libertad como facultad para elegir el bien, sino como carencia de condicionamientos: como un fin en sí misma. Haciendo de la necesidad vicio, la itinerancia es hoy un estadio superior de la conciencia. Seremos así émulos de Caín, el primer agricultor, cuyo castigo no fue el encierro, sino el destierro, condenado a hollar eternamente la tierra sin volver a ver su fruto. Nada más opuesto a la verdad, porque sólo buscaremos el bien del espacio cuando hayamos respirado el polvo que se posa sobre las cosas que contiene, cuando hayamos sufrido un invierno bajo su techo, cuando hayamos construido un vínculo con él. Es decir, sólo es libre quien tiene soberanía sobre algo. Si dejamos el campo en manos de los fondos de inversión, sólo nos queda ser siervos desterrados.

"No habrá, pues, cultura sin agricultura. Patrimonio tanto de las élites como del vulgo, cultura es la democracia de los muertos, la columnata que queda en pie en mitad de las ruinas cuando la memoria se derrumba"

La agricultura y todo lo que la rodea encierran en sí un ars vivendi, cuyas particularidades desgrana Llorente a lo largo del libro. Grandes empresarios, por ejemplo, pronostican la desaparición de las cocinas en los hogares. Al igual que la labranza, cocinar implica someterse a las leyes naturales con la voluntad de superarlas no para alimentarse, sino para trascender la mera acción de comer. Eso es lo que nos diferencia de los animales. Cocinar es también amar: siempre se cocina para el prójimo. Si finalmente desaparecen las cocinas, desaparecerá el hogar y, con el tiempo, la humanidad.

Dentro del arte de vivir que Llorente espiga del ámbito campero está también el arte de morir por excelencia: la tauromaquia. Lejos de ser un atavismo bárbaro, las corridas de toros proclaman una civilización que ha conquistado el significado de la vida y la muerte. El arte del toreo es un retrato de la fragilidad de la vida, siempre pendiente de un hilo de las Moiras, y al mismo tiempo sublimada, pues al toro se le concede el privilegio reservado a los héroes antiguos: que su nombre venza a la muerte, que su gloria sobreviva al cincel de la memoria del tiempo.

"Cobrar conciencia del misterio del ser implica reconocer nuestra levedad, nuestra temporalidad efímera, frente a la soberanía de Dios sobre la Creación"

No habrá, pues, cultura sin agricultura. Patrimonio tanto de las élites como del vulgo, cultura es la democracia de los muertos, la columnata que queda en pie en mitad de las ruinas cuando la memoria se derrumba. Agricultura y cultura provienen del término latino colere: cuidar, cultivar, habitar. Visto así, cultivar la propia alma equivaldría a cultivar el propio huerto, porque no hay hombre más natural que el cultivado, de ahí que las buenas culturas respeten la naturaleza como un don y acompañen sus procesos cíclicos sin violentarlos.

La desolación contemporánea, sin embargo, tiene cura. Toda travesía por el desierto favorece las revelaciones, quizá por eso El sentido del campo culmina con un arrebato místico. No en vano el Evangelio está sembrado de referencias agrarias. Para Llorente, el hombre cultivado no es sólo quien (se) conoce, sino quien, además, ofrece. La ofrenda es la culminación de todo cultivo. La planta, como el toro de lidia, como Cristo, crece para entregarse. Su plenitud trasciende su mera existencia. Trabajar con las manos, tentar la tierra, es acariciar el milagro, pues no se comprende el desequilibrio entre los afanes del hombre y los regalos que otorga la naturaleza a cambio. Cobrar conciencia del misterio del ser implica reconocer nuestra levedad, nuestra temporalidad efímera, frente a la soberanía de Dios sobre la Creación. Ahí, a la vista de la belleza de la vida potenciada por sus imperfecciones, el hombre lúcido ―Llorente lo es― comprenderá que es depositario de una gracia multiplicada, y que el dolor y la muerte son gajes de poco monto a cambio del prodigio que implica estar vivos.

—————————

Autor: Julio Llorente. Título: El sentido del campo: Por qué no habrá cultura sin agricultura. Editorial: Deusto. Venta: Todos tus libros.

5/5 (7 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios