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Sin heridas no hay humor

Los más consumados expertos aseguran que todo se debe a que España es, por tradición, un país que se ha decantado por el más rígido y puro de los realismos; aunque, en ocasiones, se trate de un realismo un tanto poroso y maleable que admite algún tipo de fisura por donde se cuela la imaginación y la fantasía, de las que hemos carecido ancestralmente.

Viene esto a cuento porque la columna diaria o semanal que aparece en nuestros diarios más renombrados se viene caracterizando por ese modo de acercarse a la realidad de una manera, acaso, demasiado seria que nos hace incrementar el mal humor y ayuda a pensar que nada tiene solución y que estamos rodeados por todas partes.

Larra nos enseñó el camino, pero casi nadie le ha hecho caso: el empleo del humor y de la ironía, sin caer en el sarcasmo, que, de entrada, nos hace sentirnos mucho mejor, y convertirnos en seres mucho más receptivos. Elvira Lindo, en estos artículos que se recogen bajo el epígrafe de Don de gentes, hasta donde puede y se lo permiten sus principios éticos, tira de humor hasta conseguir un relato mucho más ligero, aunque no menos sustancioso, de lo que se viene haciendo habitualmente. En las páginas finales del libro, bajo el título de “¡No disparen al columnista!”, llega a la conclusión, nada equivocada, de que el columnista, como el director de cine, “vale lo que vale su última película”; es decir, que un simple fallo, un par de columnas poco afortunadas, bien podrían arruinar y echar a la basura la labor de toda una vida. De ahí la dificultad con la que se encuentra este tipo de escritor, que se la juega en unos pocos cientos de palabras.

"Se recoge un nutrido ramillete de columnas aparecidas en el diario El País entre 2006 y 2011. Pero, aun así, no es agua pasada si tenemos presente que gran parte de este material sigue de plena actualidad"

En este volumen, amenizado por una bonita portada y con unas cuantas ilustraciones en su interior, a cargo de Miguel Sánchez Lindo, que hacen más llevadera y veraniega la lectura, se recoge un nutrido ramillete de columnas aparecidas en el diario El País entre 2006 y 2011. Pero, aun así, no es agua pasada si tenemos presente que gran parte de este material sigue de plena actualidad. Y tienen, además, la particularidad de haber sido escritas, como aquí se deja constancia, a caballo entre dos ciudades que han sido fundamentales en la vida de la autora, Madrid y Nueva York.

A los que somos del lado de acá, que diría Cortázar, nos interesa, muy especialmente, todo lo que tiene que ver con la joven América, la Norteamérica del Norte, como, con tanta ironía y no poco humor, recalcaba la pareja compuesta por los añorados Tip y Coll. Y es que Nueva York da para mucho, sin necesidad de tener que viajar por sus alrededores. En unas cuantas calles se encierra la esencia de un lugar tan emblemático como esa ciudad cantada por Frank Sinatra y tantos otros. Elvira Lindo no puede contener su extrañeza ante asuntos que en la viaja Europa llaman mucho la atención. Así, por ejemplo, está eso que denomina “la fidelidad a un juramento”: es decir, el valor de la palabra de unos estudiantes que aseguran que nunca se van a copiar en un examen, aunque en ello les vaya la vida, porque supondría engañar a su propio país, que tanto espera de ellos. Nada que ver con esa España picaresca, en donde siempre ha reinado la ley del copieteo, el imperio del más listo. De ahí que, como nos advierte Elvira Lindo en el artículo titulado “Lo juro por mi padre”, una de las cosas peor vistas de las “aventurillas” de Clinton era “que hubiese mentido sobre su veracidad más que el hecho de haberlas perpetrado”. Elvira Lindo alude a esa “belleza desoladora” de Nueva York, a ese intento, casi desesperado, por querer mantener las costumbres adquiridas en su lugar de origen en una ciudad situada a miles de kilómetros al oeste de Europa: fijarse más en la gente, tocarla, intentar entablar un diálogo con un desconocido, ayudar a una señora a cruzar la calle… Y cuando intenta importar a España las costumbres americanas que considera más beneficiosas para nuestra convivencia y el progreso, se da de morros contra un muro de hormigón. Ahí está, si no, en la Nochebuena, el concepto bufé para que cada uno fuera picando de aquí y de allá: “pero desistí porque genéticamente no parecen preparados”.

Hablaba uno al principio del humor, que aquí planea, por estas páginas, con más frecuencia de la habitual en el columnismo español, que, en ocasiones está muy cercano al obituario. Elvira Lindo es consciente de los riesgos y de los efectos secundarios que acarrea el humor, hasta el punto de admitir que el humor “siempre es un oficio que llena de melancolía a quien lo practica porque, de alguna manera, sale dañado”; con lo que “sin heridas no hay humor”. Y a continuación, se refiere al humor sin palabras, al humor de los hermanos Marx, que sigue provocando, según ella, el mismo tipo de risa que cuando se creó; frente al “humor chaplinesco”, basado en la pantomima, “que despierta una risa que se transforma en melancolía en cuanto la historia acaba”.

Pero a lo que vamos. ¿En qué se basa el éxito de estas columnas? ¿Dónde reside la esencia por la que, después de unos cuantos años desde su publicación en la prensa diaria, ahora reunidas en un libro, siga resultando un material fresco y apetecible?

"Con un lenguaje acorde con aquello que está contando y el medio que emplea para ello, transmite al lector una sensación de ligereza, de curiosidad, de buen oído, de mirada estupefacta ante todo lo que hay a su alrededor"

Elvira Lindo, con un lenguaje acorde con aquello que está contando y el medio que emplea para ello, transmite al lector una sensación de ligereza, de curiosidad, de buen oído, de mirada estupefacta ante todo lo que hay a su alrededor. Como ella misma indica a lo largo de estas páginas, aquí no hay columna sin confesión, con lo que, al tiempo que nos ofrece el retrato de una realidad, nos lega la fotografía, a todo color, de sí misma, que nunca se esconde, ni trata de mantenerse al margen, como un simple flâneur que deambula sin rumbo fijo.

La narración, en ocasiones, adquiere su propia autonomía, y el texto, de unas dos páginas, pasa a convertirse en una pieza única, cercana, incluso, al microrrelato. Al margen de ese estilo tan propio de la autora, con una prosa limpia, sugerente, repleta de alusiones a otros escritores, a otros libros, a amigos ilustres o más modestos, Don de gentes no es un simple divertimento, un ejercicio literario de su autora. Hay asuntos muy relevantes que Elvira Lindo saca a la luz, aunque sólo sea en un corto espacio, lo que permite tan limitado número de palabras. Como cuando se refiere a esas calles vacías, sin niños, como sucede en la mayoría, si no en todas, de las ciudades españolas. ¿Qué está sucediendo? Parte de la culpa la tiene la inseguridad; pero no es menos cierto que se han construido lugares inhabitables, sin aceras, sin parques, sin alma, gracias a la desidia y a la mala cabeza de los políticos, de los urbanistas, de los arquitectos. Los niños, que son las principales víctimas, están, y así lo dice, con todas sus palabras, agilipollados de tanto estar en casa, adictos a las pantallas, o en las actividades extraescolares.

Aquí, en estas páginas, no hay nada improvisado, nada que haya surgido al azar. Se aprecia que la autora ha vivido y ha sufrido en sus propias carnes aquello que cuenta. Pero también se advierte un fondo de investigación pormenorizada, de documentación previa, para conseguir un producto digno, bien acabado, con el que uno se divierte y aprende al mismo tiempo. Más no se puede pedir.

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Autora: Elvira Lindo. Título: Don de gentes. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.

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