No dejó de ser bonito que, en un Mundial que comenzó con el veto al español en las ruedas de prensa, fuesen las selecciones de dos países que se expresan mayoritariamente en ese idioma las que llegasen nada menos que a la final. Algunos dimos la copa por ganada desde ese mismo instante, porque hay simbolismos que trascienden el mejor juego de pelota y porque siempre es agradable meterles el agua en casa a quienes imponen criterios trasnochados para soterrar lo que no se sabe bien si es un triunfalismo infundado o un acendrado complejo de inferioridad. La rivalidad pura y dura era, en ese aspecto, lo de menos. Cuando dos personas hablan el mismo idioma es más fácil que se entiendan, y si además a lo largo de sus vidas han venido forjando un vínculo de afecto mutuo es imposible ver como enemigo a quien tan durante noventa minutos va a ser un adversario, y quizá ni eso. Lo dije al poco de saber que serían España y Argentina las protagonistas del último acto: uno ha desarrollado a lo largo de su vida una relación sentimental lo suficientemente estrecha con este último país como para llegar sacar la conclusión de que, si hay que perder con alguien, mejor que sea contra ellos. Y como buena parte de las últimas semanas las pasé, por razones que no vienen al caso, rodeado de argentinos, pude ser testigo de su sufrimiento y su pasión, de la alegría desbordada con la que vivieron la remontada contra Egipto, de su desazón cuando no conseguían encontrar un bar abierto en el que seguir partidos que iban a jugarse a horas que en nuestras latitudes resultaban absurdamente intempestivas, de la veneración con la que atendían a todo cuanto tuviera que ver con la camiseta albiceleste. Los felicité cuando le ganaron las semifinales a Inglaterra en un encuentro que tenía para ellos un significado que iba mucho más allá de lo que supone meter un balón entre tres palos. Me felicitaron ellos el domingo a la noche, en cuanto sonó el pitido final de la última prórroga mundialista y el equipo de mi país obtuvo la segunda estrella, igual que habría hecho yo si el resultado hubiese sido el opuesto. Ni puede ni debe haber mal perder cuando las cosas que unen son muchas más, y mucho más importantes, que las que separan.
No es verdad que los Mundiales sean sólo fútbol. Apelan para unos al sentido profundo de la patria —lo cual no deja de ser un dislate, porque una patria no tiene por qué ceñirse a una única bandera— y los leen otros en clave geopolítica —cómo no solazarse al imaginar la perreta que se habrá cogido Milei en su trinchera presidencial o las pocas ganas que tendría Trump de entregar el trofeo a quien se lo tuvo que dar finalmente—, y hasta quienes nos hemos quitado del fútbol un poco por ética y un poco por aburrimiento terminamos sucumbiendo ante la tentación de proyectar sobre cada selección las virtudes y los defectos que atribuimos, no siempre con justicia, al país que le presta sus colores. Que el que terminó disputándose la honra con el nuestro fuese el lugar del que emergieron Borges, Storni, Cortázar, Pizarnik, Fontanarrosa, Mafalda, Walsh o el gaucho Martín Fierro, el mismo que vio nacer a un Maradona que hace cuarenta años condensó en un solo partido la trampa y el virtuosismo que, como la cara y cruz de una misma moneda, definen a este deporte, sólo podía ser motivo de alegría. Los imaginarios que cada uno se construye terminan por ser más poderosos que las contingencias cotidianas, y las prosas de Saer o los versos de «Caminito» pesan más que los delirios gubernamentales del inquilino de la Casa Rosada, igual que resulta mucho más determinante, a la hora de labrar el carácter de un subconsciente colectivo, el mestizaje sostenido durante unos cuantos siglos que las palabras pasadas de vueltas de un expresidente reconvertido a cronista deportivo.
De ahí el motivo profundo de la celebración, mucho más después de comprobar que a la FIFA ni siquiera se le ocurrió el detalle de incluir alguna canción en español en ese descanso eterno y bochornoso con el que tuvo a bien castigar al mundo entero. Que fueran España y Argentina las encargadas de dilucidar en el corazón de esos Estados Unidos obstinados en levantar muros y enclaustrar en el sótano de la ignominia todo lo susceptible de ser identificado con lo hispano no dejó de ser un acto de justicia poética, valioso tanto por lo que significa como por los sarpullidos que debió de levantar. La historia recordará siempre el gol de Ferrán y el último tango de Messi. Haría bien en no olvidar tampoco que el 19 de julio de 2026 se jugó en el MetLife Stadium una final conjugada con eñe de Nueva York.


Panem et cicenses.
Gracias por apartarse un segundo de su lectura de Kierkegaard para dejar un comentario.