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Todo el mundo es sabio, hasta que se sienta a escribir

Todo el mundo es sabio, hasta que se sienta a escribir

Merecedora del XXXIX Premio de Novela Ciudad de Badajoz, esta narración desvela la relación entre el joven Gabriel García Márquez y quien fuera su mentor y amigo Ramon Vinyes i Cluet, exiliado tras la guerra civil española y figura de referencia en la formación del escritor y periodista.

En este making of Roser Amills explica cómo escribió El librero de Macondo (Fundación José Manuel Lara).

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He trabajado en esta novela sobre Ramon Vinyes i Cluet, “el sabio catalán”, la quinta parte de mi vida. Hace diez años no sabía quién era; hoy lo conozco y lo comprendo mejor que a algunos de mis familiares. La empecé en 2016 y la terminé en 2026: diez años de escribirla, documentarme y reescribirla mientras se me ordenaba y se me volvía a desordenar la vida.

Vinyes fue el librero catalán al que García Márquez convirtió en «el sabio que había leído todos los libros» de Cien años de soledad. Nació en Berga un 8 de mayo de 1882, en el Pirineo de mi padre, que es de Bagà. Poeta y dramaturgo, se autoexilió en trasatlántico a Colombia, harto de las capillitas barcelonesas del Ateneu y Els Quatre Gats y también para esquivar el servicio militar, pues era anarquista pacifista. Abrió en Barranquilla la librería R. Viñas & Co., y las tertulias de su trastienda pronto se hicieron famosas. De ellas surgió Voces, la revista que creó con un grupo de intelectuales afines, semilla de la tertulia barranquillera que décadas más tarde, ya en torno a García Márquez, se conocería como el Grupo de Barranquilla.

"En 1925 lo expulsaron de Colombia por contestatario: no podía evitar denunciar en la prensa el caciquismo y la violencia con columnas traviesas, como ya había hecho en Cataluña"

Voces apenas duró de 1917 a 1920 —sesenta números—, pero publicaba la vanguardia europea y rusa, los nuevos nombres norteamericanos y autores entonces rarísimos, incluso catalanes amigos de Vinyes, hasta convertirse en una referencia continental.

En 1925 lo expulsaron de Colombia por contestatario: no podía evitar denunciar en la prensa el caciquismo y la violencia con columnas traviesas, como ya había hecho en Cataluña y como volvería a hacerlo, durante y después de la República, en medios internacionales. Esa rareza para su tiempo —esquivar toda hipocresía, una tarea monumental— le costó acabar convertido en el cascarrabias agotado que protagoniza El librero de Macondo, en la época final de su vida, que es cuando conoció a García Márquez.

Apenas se había adaptado al duro exilio republicano en Toulouse, la Segunda Guerra Mundial lo devolvió a Barranquilla, viejo y enfermo, sin autoestima y casi olvidado. En un bar de la capital del Atlántico, el Happy, se le acercó un muchacho alegre de provincias que escribía y le pidió prestados seis pesos para viajar con su madre a Aracataca, a vender la casa familiar; como contó García Márquez en sus memorias, gracias a aquel modesto préstamo de Vinyes, y de aquel viaje nacerían Cien años de soledad y Macondo. El viejo, además, lo escuchó y lo aconsejó, y le recomendó muchas y valiosas lecturas.

"Fiel a lo que aprendí de Vinyes, en El librero de Macondo la hipocresía brilla por su ausencia y no protejo a nadie"

Entre ambos había más de cuarenta años de diferencia, y esa amistad, breve pero intensa, es el corazón de una novela que recorre ciento cincuenta años y numerosos enclaves geográficos —Berga, Barcelona, Barranquilla, Aracataca, Cornellà, París, Toulouse, Ciénaga, México— en 284 páginas, fieles hasta el último dato documentado y escritas para leerse del tirón: peripecias vitales, todas las guerras, intrigas y un par de asesinatos.

Fiel a lo que aprendí de Vinyes, en El librero de Macondo la hipocresía brilla por su ausencia y no protejo a nadie: ni al chico que empieza y es putero, ni al maestro homosexual prisionero de su matrimonio blanco y de sus malas decisiones, ni a la novelista obsesiva que los persigue, que soy yo.

Sabía desde el principio lo difícil que sería escribir sobre escritores. En 2017 me invitaron como autora a las Converses Literàries de Formentor, y allí le conté a Jorge Herralde la tarea que tenía en marcha. Me dijo, con Edgardo Dobry y Basilio Baltasar de testigos, que quería ser el primero en leerla, y se lo concedí: se la entregué un par de años más tarde, tras una breve entrevista en su despacho de Anagrama, y me contó Pepi Bauló que la devoró en quince días. Le gustó —lo dijo con una sonrisa en otro encuentro, y me hizo muy feliz— y me pasó con su editora. No tuve suerte. Una carta de rechazo de copiar y pegar me felicitaba por la calidad de la novela, pero no iba a publicarla; desautorizaba a Herralde, casi retirado, y a mis esperanzas.

"Escribo profesionalmente y publico desde los veinte años y, aun así, volvía a sentirme una principiante. Como Gabito cuando se acerca a don Ramon"

Ya llevaba cinco años con la novela. Me sentí frustrada, pero me salvó un consejo del gran editor, que en mi cabeza ocupaba ya el lugar que Vinyes tuvo para Gabito: contar, además de la historia de Vinyes y Gabriel, por qué escribirla. Aquello me obligó a entrar yo, con mis abuelos y mis padres, mis dos hijos y algunas de mis parejas, en la historia, hasta abrirme en canal, sin que Vinyes y García Márquez dejaran un instante de ser los protagonistas. El resultado es un juego temporal en el que todo encaja como los engranajes de un reloj, y que me ha dado tantas alegrías que es, sin duda, la novela que me ha cambiado la vida. A la quinta va la vencida.

La frase que resume mis dificultades y los diez años de empeño me llegó como una revelación: «Todo el mundo es sabio, hasta que se sienta a escribir». Escribo profesionalmente y publico desde los veinte años y, aun así, volvía a sentirme una principiante. Como Gabito cuando se acerca a don Ramon. Como Vinyes, viejo y desorientado, con la curiosidad intacta: hasta el final quiso descubrir autores nuevos y estrenar más teatro, aunque el cuerpo ya no lo acompañara. Murió en 1952, leyendo en la cama. Con ese lema de «el sabio catalán» me presenté —y gané— al XXIX Premio Ciudad de Badajoz 2025, que concedió un jurado formado por Luis Alberto de Cuenca, Juan Manuel de Prada, Espido Freire, Paloma Sánchez-Garnica, Manuel Pecellín e Ignacio F. Garmendia.

Mientras la escribía, mi vida se había empeñado en darme, además de alegrías, grandes sorpresas. Vinyes, en Colombia, añoraba Cataluña, y al revés cada vez que se marchaba y regresaba; García Márquez, en México, lejos de Colombia y escribiendo guiones de cine para subsistir, se hizo amigo por casualidad de Tísner —amigo de Vinyes, que acabaría traduciendo Cien años de soledad al catalán—; y yo, primero en Barcelona y luego autoexiliada en Mallorca, conseguí soñar casi a diario que estaba en el archivo de Berga con los manuscritos de tinta violeta de Vinyes. Los tres, perdidos y lejos de casa, nos marchábamos para volver y volvíamos para marcharnos.

"Salí adelante: trabajé de peón de limpieza, de guía de museo y de auxiliar administrativa, e hice cola en los bancos de alimentos. Y no paré de reescribir un solo día, dormida y despierta"

Mi regreso a Mallorca, a finales de 2019, no fue agradable. Hui, esta vez de Barcelona, por motivos que cuento en la novela, y me pilló la pandemia: sin trabajo, sin amigos, sola con un adolescente. Mi tío materno nos desahució de la casa de mis abuelos, el único refugio posible en aquel apocalipsis de mascarillas; en la demanda judicial, mi hijo menor y yo figurábamos como «desconocidos ocupantes».

Salí adelante: trabajé de peón de limpieza, de guía de museo y de auxiliar administrativa, e hice cola en los bancos de alimentos. Y no paré de reescribir un solo día, dormida y despierta. Sin biblioteca ni internet, hice lo que más valor le ha dado a esta novela: entender a los personajes a fondo, visitar los locos años veinte y la posguerra en los álbumes de mis bisabuelos y abuelos, homenajear de corazón a los republicanos y exiliados, pacifistas y asustados, bombardeados como lo haría la ultraderecha con muchos de nosotros si se pudiera. Y de paso, revisité todos mis secretos.

Durante los veintiocho años que viví en Barcelona, mantuve bajo la mesa una bandeja de las que usan los gatos, con tierra mallorquina: era mi Macondo portátil, y la pisaba descalza para escribir cuando la nostalgia apretaba. Me había escapado de la isla a los diecisiete, harta de los misterios, los desastres y las hipocresías de mi familia y de mi pueblo, Algaida, que parece inventado por Buñuel. Amor y miedo.

"El primero que me enseñó a perseverar fue mi abuelo Miguel, un soñador que montó un cine en Algaida, vendía piezas de radio y mandaba guiones a Hollywood firmando como Michael Smith"

Pasé casi treinta años en Barcelona dando voz a los casi callados, que es de donde provengo —chueta humilde por parte de madre, de minero muerto de silicosis por parte de padre—. Mi abuela paterna había llegado con diez años desde Lucena del Cid a Bagà para servir a los Rosal en la colonia minera de Fígols, los mismos caciques que aparecen en la novela.

Cuando regresé a Mallorca, a finales de 2019, trasladé de la pared de Gràcia el plano completo de la novela, con sus personajes y cronologías. Y también la mía, que doblé en una carpeta y no he vuelto a abrir hasta ahora, para esta crónica.

Lo he pasado mal, de mudanza en mudanza, hasta 2026, cuando por fin pude ver la estructura de estos diez años convertida en galeradas y lanzarla a las librerías, con la ilusión de que os apetezca darle una oportunidad y leer unas páginas.

He perseverado. El primero que me enseñó a perseverar fue mi abuelo Miguel, un soñador que montó un cine en Algaida, vendía piezas de radio y mandaba guiones a Hollywood firmando como Michael Smith, antes de rendirse y hacerse agente de seguros, que es como yo lo conocí cuando metieron a mi padre en la cárcel. A los nueve, Miguel Bibiloni Sastre me regaló una Olivetti gris, un ejemplar de Cien años de soledad y un encargo: «A ver si algún día escribes algo así sobre nosotros».

"He tardado más de media vida en entender que aquel «nosotros» del encargo de mi abuelo somos todos: Vinyes, Gabito, mi abuelo, yo y cuantos se reconocen en esta historia"

Desde que la novela salió, las casualidades no han parado. Me escribió Amaranta, la madre de un amigo de preescolar de Marcel —mi hijo mayor, que ya tiene treinta años—: sus padres eligieron su nombre enamorados de Cien años de soledad. Me escribió Margarita Ballester Figueras, sobrina nieta de Ramon Vinyes: leerá ilusionada la primera novela que se publica sobre su tío abuelo. Y me escribió Pep Bernadas, el librero de Altaïr y también del Berguedà, para contarme que Vinyes murió en el carrer Torrent de les Flors, en mi añorado barrio de Gràcia, y que las rentas de aquella finca se destinaron durante años a becas para estudiantes del Berguedà; con la asociación que las concedía colaboró él en los años setenta, difundiendo la obra de teatro de Vinyes “Arran del mar Carib”.

He tardado más de media vida en entender que aquel «nosotros» del encargo de mi abuelo somos todos: Vinyes, Gabito, mi abuelo, yo y cuantos se reconocen en esta historia. Todos los obstinados que llamamos vocación a no rendirnos.

El librero de Macondo, que la Fundación José Manuel Lara ha publicado el pasado 6 de mayo (el 8 Vinyes hubiera cumplido 144), lo terminé de corregir en un quinto piso de Palma inundado de sol, por fin tranquila, tras mudarme dos veces más. Pero ya he empezado la siguiente novela, y se me ocurre que quizá no debería haber desempaquetado tan rápido las cajas de la biblioteca. Por si acaso.

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Autor: Roser Amills. Título: El librero de Macondo. Editorial: Fundación José Manuel Lara. Venta: Todostuslibros.

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