Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 2 de agosto de 1936: El teniente Líster
Veo que empieza a conocer la zona, teniente Líster. ¿Había venido antes?
La primera vez que Líster llegó al pueblo de Guadarrama, al frente de su columna motorizada, fue al atardecer del veintitrés de julio, dos semanas atrás. Entonces se presentó al coronel Morales, quien le indicó despectivamente que se alojara en el pueblo mientras decidía cómo disponer de sus hombres.
Al día siguiente, varios guías los llevaron por estos mismos pinares a orillas de la carretera donde sus milicias entraron en contacto con unos falangistas a los que exterminaron. Cincuenta muertos; los demás huyeron. Formaban parte de fuerzas de apoyo a la columna rebelde de Valladolid que ocupaba el Alto del León. A su vuelta, el general José Riquelme, jefe de la División Orgánica, se había hecho cargo de las fuerzas que luchaban en Guadarrama.
Desde entonces, los encontronazos se sucedían en el Alto del León. Batallas con muchas bajas que a menudo terminaban en un brutal cuerpo a cuerpo. Los últimos combatientes que le trajeron Pasionaria y José Díaz fueron muriendo todos. Sabiendo que en Collado Mediano había fuerzas organizadas e instruidas, Líster fue allí. Consiguió que trescientos hombres lo eligieran jefe y lo nombrasen teniente. Con ellos volvía a Guadarrama, y hoy tenía como misión atacar a un grupo de fascistas que se había alejado del resto de su columna.
—¿Ve a ese grupo ahí detrás?
—Sí…
Estaban tumbados boca abajo sobre una alfombra de agujas de pino. Líster sujetaba los prismáticos a ras de suelo. El sol se levantaba. Pronto empezaría a calentar. Por el momento se estaba bien con chamarra. Pronto también empezarían los disparos, aunque por ahora en el campamento fascista los soldados iban saliendo de sus tiendas sin descubrir su presencia. Algunos desayunaban pan con chorizo.
Líster bajó los prismáticos.
—Son cien como mucho. Volvamos con los demás —dijo.
—Como usted mande…
Su guía era un cabrero de la región, con blusón negro y bandolera. Los dos bajaron por el lado opuesto de la peña, con el mismo sigilo con el que habían subido. Un par de kilómetros más abajo, en dirección a Guadarrama, esperaban sus hombres, en tensión. Sus bravatas se habían calmado con los durísimos enfrentamientos en el puerto. Bajo el fuego enemigo cayo un tercio de sus efectivos. Pero eso era la guerra. Al propio Líster le sorprendía lo fácilmente que los hombres la aceptaban. Era, de alguna manera, la prolongación natural del clima instaurado por la huelga revolucionaria de la construcción y una salida perversa al paro.
Aquellos hombres, antes del golpe de Estado, salían cada mañana hacia Madrid con su tartera de patatas cocidas, patatas viudas se decía, raspas de bacalao, blusa blanca, boina negra blanqueada por la cal y, los letrados, el Mundo Obrero bajo el brazo. Hombres sin nada que perder, proletarios desesperados que habían acabado engrosando columnas milicianas como la suya.
—Vamos a atacar por los costados, como está previsto.
Los milicianos asintieron. Alguno, para darse ánimos, echó un trago a la bota de vino. Líster los miró satisfecho. Tras unos primeros días duros con muchas deserciones, sobre todo de guardias civiles, a esas alturas los que quedaban eran combatientes convencidos, ideologizados.
Vistas las bajas, Líster se dijo que después de la operación volvería a Madrid a pedir refuerzos al Quinto Regimiento que se estaba organizando en la calle Francos Rodríguez. El frente devoraba a los hombres, y cada poco había que remplazarlos.


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