Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
3 de agosto de 1936: El Baden-Baden guerrillero
Madrid, con dinero, sin familia ni huelgas ni discursos, ¡Baden-Baden! Así decía una celebrada caricatura de Luis Bagaría, en El Sol. Es cierto que desde que llegaba el verano, pese a todo, la ciudad ofrecía una apariencia alegre, despreocupada. Cada noche los automóviles recorrían velozmente sus calles derrochando gasolina del Estado, igual que se derrochaban víveres y recursos, empezando por los hombres. No pasaba día sin que por el centro desfilara, antes de subir al frente, alguna columna de milicianos, entre vítores entusiastas. Y la prensa adoptaba un tono jactancioso que a algunos les recordaba lo ocurrido en el 98 antes del desastre. Todos daban por segura la victoria.
La calle de General Ricardos, la «Gran Vía de Carabanchel», se había llenado desde el Alzamiento de banderas rojas o rojinegras. Las banderas sindicales ondeaban en las ventanas y terrazas, donde los sindicalistas se tomaban una caña, con el fusil en bandolera, a la vuelta de la sierra, y fardaban de sus hazañas.
Por la avenida fluía un nutrido torrente de coches requisados. La mayoría llevaban pintados en la carrocería, en grandes letras mal trazadas en espesa pintura blanca, los nombres de sindicatos o partidos. Muchos tenían cristales rotos por las balas, o se les salía el agua de los radiadores agujereados. Algunos iban adornados con flores y cintas.
En este nuevo clima, Ángel Navarrete y su grupo de sindicalistas eran los reyes. Por la calle los adulaban. Las mujeres flirteaban con ellos. En los cafés bebían sin pagar. Hoy tenían aparcado el camión junto a la terraza, en plena avenida. Mañas se había sentado con ellos. Comentaban que el general Riquelme había sido relevado del mando republicano del paso de Guadarrama. Lo enviaban a Extremadura para contener el avance del Ejército de África.
—Lo que tienen que hacer es poner un miliciano al mando, no a ese coronel Asensio. No entiendo por qué no lo hacen.
Pepe Mañas se dio cuenta de que justo al lado se excitaba un joven de dieciséis años: «Claro que estuve en la toma de la Montaña. ¡Yo mismo maté a Fanjul!». «¡Pero si está prisionero! —se rio alguien—. Lo fusilarán pronto, pero aún está vivo. ¡Tómate otra cerveza, chico!».
—Por eso no lo hacen —Navarrete indicó con la barbilla la mesa vecina—. Llevar un fusil no basta para hacer un hombre, y menos un revolucionario.
Pero sus palabras no ensombrecían el ambiente. En verano se vivía en la calle. Se huía de las casas tórridas, angostas, mal ventiladas. En agosto, la vida nocturna era intensa. Muchos vecinos de Carabanchel dormían al sereno en colchones tirados por el suelo, en patios, corrales, balcones. Las tertulias callejeras duraban hasta bien entrada la madrugada.
—Pero puede hacer un buen combatiente —dijo Pepe Mañas.
—Tampoco, Pepe. Dime, ¿qué enemigos crees que hemos tenido enfrente esta mañana? Me refiero a qué fuerzas tenían. ¿Cuántos cañones y ametralladoras?
—Si es el enemigo, es porque no nos da cuenta de sus pertrechos. Si no, sería amigo —bromeó uno de los presentes. Los sindicalistas rieron la agudeza, pero no Ángel Navarrete.
—Por eso no mandamos los milicianos. Todavía nos queda mucho por aprender.
Recientemente el Gobierno había ordenado acuartelarse a partir de las nueve de la noche. Se prohibía que circulasen con armas y automóviles quienes no tuvieran orden para ello. Se suponía que un ciudadano no podía ser detenido sino por agentes de la fuerza pública. Pero nadie hacía caso al Gobierno. La Gaceta de Madrid era papel mojado. También se suponía que existía un Comité de Intervención Provisional, encargado de determinar qué tienda o negocio se debía incautar. En la realidad, las milicias incautaban lo que les parecía bien. Madrid empezaba a ser una ciudad sin más ley que la de los fusiles.
—¡Viva Rusia! —exclamó un miliciano alborotado.


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