Nuestros viajes suelen responder a dos motivos: el trabajo o las vacaciones. Por lo general, asociamos viajar con una experiencia placentera, una manera de reparar el desgaste del año, de concedernos caprichos y suspender, por unos días, el peso de las obligaciones. Existe, sin embargo, otra forma de viajar, quizá más radical, un desplazamiento que exige mayor abandono y, al mismo tiempo, una escucha más atenta de uno mismo. Me refiero al viaje metafísico o existencial, aquel en el que el lugar acompaña una reflexión sobre la vida que elegimos y sobre las condiciones que la hacen posible. Aunque a menudo se asocia a la espiritualidad o a la religión, también puede ser un viaje profundamente ateo, en el que uno descubre que se ha convertido en un turista de su propia existencia, habitando una vida impropia.
Ser un ojo que respira, escribe en una de las entradas de estos diarios. La imagen resulta especialmente atractiva porque con demasiada frecuencia miramos sin permitir que el mundo nos oxigene. Respirar es ventilar el cuerpo, pero también dejar espacio para que la realidad nos transforme. Del mismo modo, rara vez observamos con la disposición de poner en suspenso nuestras creencias y prejuicios; al contrario, solemos mirar para confirmar aquello que ya creemos saber, asfixiando cualquier tipo de acontecimiento que escape de nuestros patrones.
Fiel a la razón estética, Maillard combina la reflexión con la poesía. Nos trae el juego de los niños como metáfora de nuestra potencia imaginativa, a menudo olvidada. La mirada de las vacas como una calma que domestica el caos de las ciudades o la convivencia entre la vida y la muerte, donde la gente se baña en el río Ganges, mientras los perros sarnosos devoran fetos que la corriente ha depositado en sus orillas.
La lectura de esta obra me llevó a pensar en las fronteras que separan Occidente de la India. La más profunda, y quizá también más invisible, no es geográfica, sino metafísica. Occidente edificó la filosofía, la religión y la ciencia sobre el imperativo del ser, entendido como esencia, sustancia o fundamento último de la realidad. Desde esa búsqueda de lo permanente se han formulado principios y leyes destinados a reducir la incertidumbre y a otorgar estabilidad al mundo.
Platón convirtió el ser en una idea trascendente, universal y eterna. El conocimiento pasó a consistir en aislar aquello que permanece idéntico bajo la diversidad de la experiencia. Encontrar una verdad estable equivalía a protegerse de la ansiedad que produce lo incierto. A partir de la distinción entre lo inmanente y lo trascendente, el pensamiento occidental consolidó una forma de comprender la realidad basada en estructuras fijas. Esa herencia alcanzó su culminación en la teología cristiana, donde Dios apareció como el ser absoluto capaz de otorgar unidad y sentido a la existencia.
Frente a esta tradición, Chantal Maillard propone una mirada capaz de poner en cuestión el sistema de evidencias que solemos llamar verdad. Desde esa orfandad de sentido, uno descubre una forma de desamparo tan inquietante como fértil. No se trata del turismo de crecimiento personal que prometen las agencias de viaje, es algo más profundo, y al mismo tiempo, más accesible, pero también más difícil: enfocarse en lo cotidiano desde la extrañeza del aquí y el ahora. Este viaje no persigue un destino prefijado. Su propósito no consiste en acumular fotografías, sino en descubrir imágenes que revelan la fragilidad del ego y de esa identidad a la que nos aferramos para sentirnos consistentes ante la mirada de los demás. ¿Cuánto de lo hacemos nace de un impulso auténtico y cuánto responde únicamente al deseo de poder contarlo?
Estos viajes pactan con el vacío, con la ausencia y con la oscuridad, que es al mismo tiempo una alianza con el enemigo. Así, emerge esa pluralidad que nos habita, y que a menudo silenciamos, entre hábitos y obligaciones que nos anclan a un territorio, a una única forma de vida. Una mirada nueva, acaso ingrávida, que relativice el deseo y los valores que nos constituyen del mismo modo que nos deterioran. Quizá en Occidente hayamos olvidado cómo mirar hacia fuera sin atravesar antes ese falso interior que confundimos con el yo, que busca la aceptación social para alcanzar esa totalidad prometida a modo de paraíso perdido.
Lejos de buscar una identidad renovada o una nueva certeza sobre la que sostenerse, Maillard aspira a convertirse en un reflejo. No pretende poseer aquello que encuentra, aunque lo escriba. La escritura forma parte de esa lucha profundamente occidental por fijar el mundo mediante palabras, del mismo modo que un perro roe el hueso al que se aferra. Sin embargo, a pesar de esa tensión, Diarios indios conserva la ingenuidad luminosa de la infancia, una mirada que todavía es capaz de abrir futuro.
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Autora: Chantal Maillard. Título: Diarios indios. Editorial: Tusquets. Venta: Todostuslibros.


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