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Entre Úbeda y Mágina: la voz melancólica de Muñoz Molina

Entre Úbeda y Mágina: la voz melancólica de Muñoz Molina

Busqué Entre Úbeda y Mágina durante varios días, como quien persigue algo más que un libro. Lo encontré al fin poco antes de subir al tren hacia Granada, con la maleta ligera y la inquietud densa de ir a visitar a mi madre, cuya memoria va sucumbiendo. No siempre comparto la mirada política de Antonio Muñoz Molina, pero desde hace años reconozco el timbre de su prosa, esa manera de detenerse en una calle cualquiera, en una luz de invierno o en la penumbra de una cocina antigua hasta convertirlas en una patria momentánea. Empezar su libro en aquel andén significaba aceptar que iba a leerlo desde una doble distancia: la ideológica, que a veces nos separa en las páginas del periódico, y la íntima, que nos hermana cuando la memoria se convierte en asunto de familia.

Mientras el tren avanzaba hacia el sur, Entre Úbeda y Mágina desplegaba su propio viaje. No era un recorrido por la geografía, sino por el tiempo: Muñoz Molina regresaba a la Úbeda de su infancia, a las calles que la literatura convirtió en Mágina, a las voces familiares y a esos pequeños acontecimientos cotidianos cuya verdadera dimensión solo revela el paso de los años. Más que reconstruir un escenario, el libro explora cómo la memoria reordena una vida y levanta los contornos de un mundo que desaparece.

"No recordamos el pasado tal como fue, sino tal como el tiempo nos ha enseñado a entenderlo"

Fue entonces cuando encontré esa frase que detuvo el trayecto: «Qué extraña lógica de la memoria y del dolor conspira silenciosamente para volver paraíso la cárcel de otro tiempo». Cerré el libro un momento, miré por la ventanilla y comprendí que hablaba también de mi viaje y de tantos lugares de los que un día quisimos escapar y a los que el tiempo termina devolviéndonos. La lectura se convertía en espejo: la memoria no es un mapa, sino una forma de mirar de nuevo la misma escena muchos años después.

No recordamos el pasado tal como fue, sino tal como el tiempo nos ha enseñado a entenderlo. Marcel Proust descubrió que la memoria no responde a la voluntad: podemos buscar durante años una imagen sin encontrarla y, de pronto, un aroma, una luz o una palabra hacen regresar un universo entero. El libro de Muñoz Molina dialoga con esa tradición proustiana: lo vivido no vuelve porque lo invoquemos, sino cuando irrumpe de nuevo en la conciencia. La ficción trabaja justamente con ese triángulo inestable de memoria, olvido e imaginación. Muñoz Molina recorre ese mismo territorio desde otro paisaje. No es Combray, sino Úbeda; o, para decirlo con mayor precisión, esa Úbeda transfigurada en Mágina que alcanzó en El jinete polaco una de sus formas más memorables, digna de Nobel. No es una magdalena, sino la luz sobre la piedra, el silencio de una iglesia, el rumor de una plaza o el olor de un taller. “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida (…), por eso, muchacho, no partas ahora soñando el regreso”, cantaba Mercedes Sosa. Mágina deja así de ser solo un territorio literario para convertirse en el lugar donde la experiencia se transforma en conocimiento encarnado de las cosas queridas. En esa operación reside buena parte de la fuerza del libro: convertir una biografía singular en medida universal del tiempo.

"La lectura de Entre Úbeda y Mágina puede entenderse como un ejercicio de esa justa memoria"

Mientras avanzaba la lectura, recordé un viejo artículo de José María López Sánchez, mi maestro en psiquiatría, titulado La divina nostalgia: ese pariente en grado indescifrable del desengaño, por definición el sentimiento de las distancias mezcla de apego y desesperación, vidrioso, irisado por vetas de pesadumbre y precipitados de decadencia, compañera de muchos balances humanos. Lo había leído muchos años atrás y solo ahora comprendía la fuerza con que nos anuda lo vivido. La nostalgia no nace porque lo pretérito hubiera sido mejor, sino porque el tiempo modifica el significado de lo que hemos sido. El libro de Muñoz Molina parece escrito contra la tentación de idealizar: no añoramos solo los lugares, sino también a quienes éramos cuando los habitábamos. La familia que aparece en Entre Úbeda y Mágina me recordó inevitablemente a la de Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad. En ambos libros el regreso a la infancia está lejos de la postal nostálgica: se trata de comprender a quienes nos precedieron antes de juzgarlos, de mirar a los padres, a la ciudad y a una época con esa mezcla de ternura y lucidez que solo concede el tiempo. Ninguno persigue la exactitud documental, sino algo más difícil: mostrar cómo el amor y la oscuridad, las esperanzas y las derrotas acaban formando la verdad de una familia. Quizá toda gran literatura sobre la memoria sea, en el fondo, una historia de amor y de oscuridad.

Paul Ricoeur escribió que la reconstrucción del pasado solo puede ser fiel si mantiene «un delicado equilibrio entre los excesos del olvido y los abusos de la memoria». La lectura de Entre Úbeda y Mágina puede entenderse como un ejercicio de esa justa memoria: recordar no consiste en enaltecer lo pretérito ni en ponerlo al servicio del presente, sino en hacerle justicia. El libro se resiste tanto a las ideologías que decretan el olvido como a las que convierten el recuerdo en obligación. Umbral escribió de Delibes que no era un escritor revolucionario porque «la ternura le une todavía a lo que critica»: absuelve con el sentimiento aquello que condena con el pensamiento, «es, por suerte o por desgracia, un sentimental». También en Muñoz Molina la crítica de un mundo ido convive con una fidelidad afectiva que impide entregarlo del todo a la condena.

"Quizá por eso seguimos necesitando la literatura. No porque rehaga el pasado con exactitud, sino porque nos ayuda a descifrarlo"

Quizá por eso seguimos necesitando la literatura. No porque rehaga el pasado con exactitud, sino porque nos ayuda a descifrarlo. Escribir supone asumir que la memoria no solo conserva, también deja ir, y que la ficción nace de ese vaivén entre lo que permanece y lo que el olvido deshace. La memoria no reproduce la vida: la interpreta. No devuelve el pasado: hace habitable el tiempo vivido. La escritura de Muñoz Molina se sitúa precisamente en ese punto en que la memoria literaria vuelve perdurable lo que una vez amamos. Mientras leía a Muñoz Molina, recordé también Glosario del fracaso, editado por Valerio Rocco Lozano. En una época que celebra el éxito y esconde la fragilidad, ese libro devuelve dignidad a la pérdida, la renuncia y el tropiezo. Entre Úbeda y Mágina elige un camino semejante: no escribe contra la fragilidad, sino desde ella. Por eso su melancolía nunca es complaciente. No idealiza la infancia ni convierte el pasado en refugio: sabe que una vida está hecha también de ausencias, duelos y quebrantos.

El psicoanalista Massimo Recalcati recurre en La luz de las estrellas muertas a una imagen que parece escrita para dialogar con Muñoz Molina. Muchas de las estrellas que contemplamos en el cielo dejaron de existir hace millones de años y, sin embargo, su luz continúa viajando hasta nosotros. También la memoria se parece a esa luz. El pasado ya no existe: las personas cambian, los lugares desaparecen y el tiempo hace su trabajo, pero algo de esa claridad sigue alcanzándonos. No recuperamos lo vivido: seguimos iluminados por ello. El libro de Muñoz Molina lo muestra sin grandilocuencia, a través de escenas mínimas que siguen brillando cuando cerramos sus páginas.

"Pocas formas de exilio resultan tan silenciosas como no ser reconocido por quien te dio el nombre"

Pensé en ello mientras el tren llegaba a Granada. Mi madre quizá ya no pudiera recorrer el camino que conducía a su infancia. Yo, en cambio, comprendía que aquella infancia remota me contenía como una matrioska y que, en una paradoja imposible, mis años llevaban dentro también los suyos. La lectura de Entre Úbeda y Mágina me permitió advertir que recordar no nos devuelve a aquel entonces del que canta Rozalén, pero el pasado sigue alumbrando quiénes somos. Pocas formas de exilio resultan tan silenciosas como no ser reconocido por quien te dio el nombre. Por eso vuelve una y otra vez a mi memoria una frase atribuida a Gustav Mahler: «La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego». También la memoria debería entenderse así: no como culto a lo extinguido ni como intento de retener lo que ya no existe, sino como cuidado de aquello que permanece vivo. En un tiempo que discute la memoria como si fuera un expediente que se archiva o se destruye, la literatura de Muñoz Molina nos devuelve a lo más íntimo: a esa urdimbre de asombro y desencanto que acaba siendo toda vida cuando se la despoja de retórica. Tal vez por eso seguimos leyendo Entre Úbeda y Mágina: no para regresar al pasado, sino para descubrir que el pasado nunca ha dejado de vivir en nosotros. Su voz melancólica es compasiva: no nos devuelve a antaño, nos devuelve, discretamente, a nosotros mismos.

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