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Siempre ellos

Durante cuarenta años perseguí la noticia.

Creía que mi trabajo consistía en llegar antes que nadie. Donde acababa de estallar una bomba. Donde un terremoto había derrumbado una ciudad. Donde un huracán había borrado un pueblo del mapa. Donde el fuego convertía la noche en un horizonte rojo o donde una guerra obligaba al mundo entero a mirar hacia el mismo lugar.

Vivía pendiente del siguiente destino, convencido de que la historia siempre estaba allí, en el centro mismo de la tragedia.

Tardé cuatro décadas en descubrir que estaba equivocado.

La memoria tiene una forma muy particular de poner las cosas en su sitio. Con el paso de los años va borrando el ruido y conserva únicamente aquello que merece quedarse. Por eso, cuando hoy cierro los ojos y regreso a cualquiera de aquellos lugares, casi nunca vuelven primero las explosiones, los edificios derrumbados o los incendios.

Regresan los rostros.

Hombres y mujeres de los que jamás llegué a saber el nombre. Personas corrientes que nunca ocuparon una portada y que, sin embargo, terminaron convirtiéndose en el verdadero recuerdo de cada uno de aquellos viajes.

Durante mucho tiempo pensé que eran personajes secundarios.

Hoy sé que siempre fueron los protagonistas.

La primera vez que los vi de verdad fue en Nicaragua.

Era noviembre de 1998.

El huracán Mitch acababa de atravesar Centroamérica dejando tras de sí un paisaje que parecía imposible. Durante días había llovido sin descanso hasta que la ladera del volcán Casita dejó de sostenerse. La montaña descendió sobre el valle convertida en un río de barro, árboles y rocas que sepultó pueblos enteros mientras la gente dormía.

Cuando llegamos, la lluvia había cesado.

Incluso el cielo comenzaba a abrirse.

Solo el silencio hacía comprender la magnitud de lo ocurrido.

Nos dirigíamos hacia Posoltega siguiendo un viejo camión. Desde lejos pensé que transportaba un equipo de rescate. Al acercarnos descubrí que iba lleno de hombres con las manos vacías y alguna pala apoyada sobre el hombro.

No llevaban uniforme.

No pertenecían a ninguna organización.

No esperaban instrucciones.

Eran vecinos.

Vecinos que iban a buscar a otros vecinos.

Durante el camino comenzaron a hacernos señas.

Pensé que necesitaban agua.

Después imaginé que pedirían comida.

Quizá alguna herramienta.

Cuando ambos vehículos se detuvieron me acerqué hasta ellos.

—¿Qué os hace falta?

Uno de aquellos hombres me miró con una serenidad que todavía hoy me cuesta explicar.

—¿Tenéis fósforos?

Durante unos segundos pensé que no había entendido bien la pregunta.

Miré alrededor.

Todo era barro.

Todo era destrucción.

No conseguía imaginar qué podía resolver una caja de cerillas en medio de aquel paisaje.

—¿Para qué?

Bajó la vista.

Tardó apenas un instante en responder.

—Tenemos que quemar los cadáveres… y no tenemos fuego.

Nada más.

No hacía falta decir nada más.

Aquel hombre no esperaba que alguien llegara desde fuera para solucionar el problema.

Había salido de su casa porque comprendía que había cosas que nadie iba a hacer por él.

Y alguien tenía que empezar.

Al día siguiente conocimos a María.

Vivía con su hija Ana muy cerca del lugar donde la montaña se había desplomado.

Nos pidió que la acompañáramos.

Mientras caminábamos, el barro seguía tragándose las botas a cada paso. Aquello ya no parecía una montaña. Era una inmensa cicatriz abierta sobre la tierra.

María recordaba aquella noche con una precisión dolorosa.

La lluvia golpeaba el tejado con tanta violencia que apenas podían hablar.

Los truenos hacían temblar las paredes.

Ana tenía miedo.

Ella intentaba tranquilizarla abrazándola con fuerza.

Entonces llegó aquel ruido.

No era un trueno.

No era el viento.

Era un sonido grave, profundo, imposible de reconocer.

La niña levantó la cabeza.

Sonrió.

Y dijo una frase que María nunca olvidaría.

—Mamá… ya viene el avión. Han venido a rescatarnos.

María guardó silencio unos segundos antes de continuar.

No era un avión.

Era la montaña cayendo sobre el valle.

Seguimos caminando hasta que se detuvo de repente.

Entre troncos, maderas y restos de tejados sobresalían unas piernas cubiertas de barro.

Solo unas piernas.

Bastó un trozo de pantalón para que supiera quién era.

Era el panadero.

Pronunció su nombre casi en un susurro.

Yo ya no consigo recordarlo.

Ella jamás dejó de hacerlo.

A partir de aquel día salió cada mañana a buscar vecinos.

A algunos pudo enterrarlos.

A otros tuvieron que incinerarlos para evitar epidemias.

Nunca le pregunté quién le había pedido que hiciera aquello.

Porque la respuesta era evidente.

Nadie.

Simplemente comprendió que existían trabajos que alguien debía hacer.

Durante mucho tiempo pensé que Nicaragua había sido una excepción.

Creía que una tragedia tan inmensa despertaba una solidaridad igualmente extraordinaria.

Los años terminaron enseñándome otra cosa.

Nicaragua no era una excepción.

Era la primera vez que yo veía con claridad a esas personas que siempre aparecían cuando todo se derrumbaba.

Todavía no lo sabía.

Pero volvería a encontrarlas una y otra vez.

En lugares distintos.

Con idiomas distintos.

Con vidas completamente diferentes.

Y, sin embargo, siempre eran los mismos.

El siguiente lugar donde volví a encontrarlos fue en Galicia.

El Prestige agonizaba frente a la costa mientras miles de toneladas de fuel escapaban lentamente de sus bodegas. Aún no existían las playas negras que acabarían dando la vuelta al mundo. Todo parecía lejano, casi contenido. Desde la cubierta de una pequeña embarcación un marinero señaló el agua con absoluta tranquilidad.

—Ahí están.

Seguí la dirección de su mano.

Al principio apenas distinguí unas placas oscuras flotando sobre el mar. Las llamaban “galletas”. Parecían inofensivas. Manchas dispersas que cualquiera habría confundido con restos de algas o madera. Costaba creer que aquellas láminas negras terminarían cubriendo cientos de kilómetros de costa.

Días después el mar había dejado de oler a sal.

Olía a petróleo.

Las playas ya no eran playas.

Las rocas parecían esculpidas en alquitrán.

Los puertos habían enmudecido.

Y, sin embargo, antes de que existiera un gran plan de actuación, antes de que las administraciones consiguieran coordinar una respuesta, el trabajo ya había empezado.

Los primeros fueron los marineros.

No porque alguien se lo ordenara.

Ni porque existiera un protocolo.

Salieron porque aquel mar era su vida.

Durante generaciones habían vivido de él. Ahora les tocaba intentar salvarlo.

Cambiaron las redes por cubos.

Las nasas por palas.

Los aparejos por rastrillos.

Sabían que probablemente era una batalla imposible.

Pero también sabían que quedarse mirando desde el puerto era todavía peor.

Después comenzaron a llegar voluntarios de toda España.

Recuerdo perfectamente aquella imagen.

Los monos blancos todavía limpios al bajar de los autobuses.

Las botas nuevas.

Las manos aún sin manchas de fuel.

Venían de Andalucía.

De Castilla.

De Cataluña.

Del País Vasco.

De cualquier rincón donde alguien había visto aquellas imágenes por televisión y había decidido que mirar ya no era suficiente.

Dormían donde podían.

Comían deprisa.

Trabajaban hasta caer rendidos.

Y al amanecer volvían a empezar.

Nunca preguntaban de quién era aquella playa.

Era suficiente con saber que se estaba muriendo.

Fue entonces cuando empecé a sospechar que Nicaragua no había sido una excepción.

Quizá el ser humano escondía una fuerza que solo aparecía cuando todo parecía perdido.

Quizá siempre existía alguien dispuesto a dar un paso adelante antes incluso de que llegaran los grandes operativos.

Todavía tardaría años en comprenderlo del todo.

La última lección me esperaba en Haití.

El terremoto había destruido Puerto Príncipe en apenas unos segundos.

Cuando llegamos, el aire seguía teniendo ese olor inconfundible que dejan los edificios recién derrumbados. Polvo, cemento, humo y muerte mezclados bajo un calor insoportable.

Durante los primeros días parecía que el mundo entero cabía en Haití.

Llegaban aviones militares.

Equipos de rescate.

Bomberos.

Médicos.

Hospitales de campaña.

Periodistas.

Organizaciones humanitarias.

Gobiernos.

Todo era necesario.

Todo salvaba vidas.

Y, sin embargo, la verdadera historia todavía no había empezado.

Las grandes tragedias siempre tienen dos tiempos.

El primero lo conocemos todos.

Es el de las imágenes que ocupan las portadas.

El de los rescates.

El de la emoción.

El de la solidaridad inmediata.

El segundo casi nunca aparece en televisión.

Poco a poco los equipos internacionales terminan su trabajo.

Los periodistas regresan a casa.

Las conexiones en directo desaparecen.

Otra noticia ocupa el primer lugar.

Y el mundo continúa.

Pero el país no.

Entonces comienza la reconstrucción.

No la de los edificios.

La de las personas.

Comprendí que ningún avión puede devolver una familia.

Que ningún hospital de campaña puede reconstruir una comunidad.

Que ninguna organización internacional puede sustituir la voluntad de quienes tendrán que seguir viviendo allí cuando todos los demás nos hemos marchado.

Esa fue la lección que Haití me dejó para siempre.

Y por eso, mientras observo hoy lo que ocurre en Venezuela, no puedo evitar recordar aquellos días.

Las primeras cámaras ya empiezan a desaparecer.

Los grandes equipos internacionales comienzan a regresar.

La atención del mundo, poco a poco, empieza a desplazarse hacia otros lugares.

Pero Venezuela continúa allí.

Y lo hace enfrentándose a una realidad que ya era difícil antes del terremoto.

Un país con profundas tensiones políticas.

Con instituciones debilitadas.

Con una sociedad cansada de promesas incumplidas.

Con millones de personas reclamando mejores servicios públicos, empleo, estabilidad y una respuesta más eficaz ante una tragedia que ha agravado problemas que ya existían.

La reconstrucción no consistirá únicamente en levantar edificios.

Habrá que reconstruir la confianza.

La economía.

La convivencia.

La esperanza.

Nadie sabe qué camino elegirá el país.

Quizá lleguen reformas.

Quizá cambios políticos.

Quizá nuevas formas de entender el futuro.

Eso solo corresponde decidirlo a los propios venezolanos.

Pero hay algo que sí sé.

Lo he visto demasiadas veces para ponerlo en duda.

La ayuda internacional puede salvar miles de vidas.

Puede aliviar el sufrimiento.

Puede acelerar la recuperación.

Pero llega un momento en que todo depende de quienes permanecen.

Son ellos quienes volverán a abrir una escuela.

Quienes levantarán un comercio.

Quienes sembrarán otra vez un campo.

Quienes convencerán a un hijo de que merece la pena seguir adelante.

Quienes compartirán el pan con el vecino cuando ya no quede nada más que compartir.

Durante cuarenta años pensé que viajaba para contar guerras.

Nunca fueron las guerras.

Creía que perseguía la noticia.

En realidad siempre perseguía a las mismas personas.

Al campesino que solo necesitaba una caja de cerillas para despedir a sus vecinos.

A María, que nunca olvidó la frase de su hija mientras una montaña se desplomaba sobre el valle.

A los marineros que cambiaron las redes por las palas para salvar el mar que les había dado de comer toda la vida.

A quienes, cuando todo parecía perdido, daban un paso adelante sin esperar órdenes, sin buscar reconocimiento y sin pensar siquiera que alguien pudiera fijarse en ellos.

Entonces comprendí que durante cuarenta años había estado mirando en la dirección equivocada.

La noticia nunca era el desastre.

La noticia siempre eran ellos.

Ellos eran siempre los mismos.

Los que, cuando todos los demás nos marchábamos, seguían allí.

Ellos… somos siempre nosotros.

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