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Rasputín y la caída de los Románov: El campesino que derribó un imperio

Rasputín y la caída de los Románov: El campesino que derribó un imperio

En su nuevo libro, Rasputín y la caída de los Románov, el historiador británico Antony Beevor, a quien ya entrevistamos hace un par de años, se acerca a uno de los personajes más deformados por la leyenda de la historia contemporánea. Grigori Rasputín parece, a primera vista, un personaje de novela: un campesino siberiano, casi analfabeto, de aspecto inquietante, místico, bebedor, mujeriego y supuesto sanador que terminó penetrando en el círculo íntimo de Nicolás II y de la emperatriz Alejandra. Sin embargo, el propósito de Beevor no es simplemente contar una historia escandalosa. Su verdadero interés consiste en explicar cómo un hombre sin cargo oficial, sin mando en el ejército y sin poder institucional pudo llegar a tener una influencia tan extraordinaria sobre la última familia imperial rusa. La clave del libro está precisamente en esa paradoja. Rasputín no fue un revolucionario que quisiera destruir la monarquía. Al contrario, era partidario del zarismo. Y sin embargo, terminó contribuyendo decisivamente a su desprestigio, dándose la paradoja de que contribuyó más que cualquier otro individuo a debilitar la dinastía Románov.

Beevor insiste en que debemos separar al Rasputín histórico del Rasputín de la leyenda, y el historiador británico parte precisamente de esa dificultad: creemos conocer al personaje porque la cultura popular ha repetido durante décadas las mismas historias sobre sus orgías, sus supuestos poderes sobrenaturales y su muerte tras parecer casi indestructible. La gente conoce más las historias sobre el tamaño de su pene y hasta la canción de Boney M que la verdad reflejada en los libros de historia.

El ascenso de Rasputín resulta todavía más extraordinario cuando se observa su origen. Procedía de Pokróvskoye, una población de Siberia, y durante su juventud llevó la vida de un campesino poco distinguido. Su transformación religiosa lo llevó a convertirse en peregrino y predicador. A comienzos del siglo XX llegó a San Petersburgo, donde encontró un ambiente especialmente favorable: la aristocracia rusa estaba profundamente marcada por la superstición, el misticismo y la búsqueda de figuras espirituales capaces de ofrecer certezas en una época de crisis. Pero Rasputín poseía algo más que una reputación religiosa. Tenía una capacidad extraordinaria para leer a las personas. Su voz, su penetrante mirada de ojos gris claro, su seguridad en sí mismo y su habilidad para establecer una relación personal con quienes lo rodeaban le permitieron adquirir una influencia que difícilmente habría conseguido mediante argumentos políticos. Beevor subraya precisamente esa combinación de espiritualidad y sensualidad. Rasputín podía aparecer como un hombre profundamente religioso y, al mismo tiempo, comportarse de manera extremadamente lujuriosa, con gran afición a las fiestas, el alcohol y la compañía femenina, incluyendo prostitutas. Esa contradicción, lejos de ser un detalle secundario, forma parte esencial del personaje y de su atractivo entre las mujeres (pocos hombres se sentían fascinados por él).

Su entrada definitiva en la intimidad de los Románov estuvo relacionada con Alexéi, el heredero al trono, que padecía hemofilia. En varias ocasiones, Rasputín consiguió aparentemente aliviar sus crisis de salud con una mezcla de buena suerte por una recuperación natural que luego se le atribuía a él y simple presencia serena que calmase los nervios de alguien alterado por su salud. No es necesario aceptar que poseyera poderes sobrenaturales para comprender las consecuencias psicológicas de aquellos episodios en una sociedad todavía muy dada a creencias acientíficas. Para Alejandra, una madre aterrorizada ante la posibilidad de perder a su único hijo varón, Rasputín se convirtió en una especie de intermediario entre Dios y una familia imperial que en pleno siglo XX aún creía literalmente en el origen divino de la monarquía.

La clave de todo el asunto puede considerarse que fue, de hecho, la zarina Alejandra, de resultas de la gran presión sobre su rol en la nación rusa: de la esposa del zar se esperaba que le diera un heredero varón, y tras casarse con Nicolás II en 1894, tuvo una hija, Olga, en 1895. Luego tuvo otra hija, Tatiana, en 1897. Después otra hija más, María, en 1899. Y por cuarta vez otra hija, Anastasia, en 1901. No fue hasta 1904, diez años después de la boda imperial, cuando por fin dio a luz a un hijo varón, Alekséi, que encima sufría de hemofilia, heredada de la familia de ella, mal que se mantuvo siempre en secreto. La preocupación de Alejandra por la salud del heredero era el principal desvelo de su vida, y cualquier cosa que lo alterase o beneficiase era la causa única de que esa persona, objeto o costumbre se mantuviera cerca de ellos o se alejara de la corte. Beevor ha explicado que la emperatriz llegó a considerar que Rasputín era un santo y que Dios había actuado a través de él para salvar al heredero y, con él, a la propia dinastía. A partir de ahí, la relación dejó de ser simplemente religiosa. Rasputín obtuvo acceso a una familia que vivía cada vez más aislada de la sociedad rusa (Alejandra y Nicolás lo llamaban “Nuestro Amigo”, así, con mayúscula, en sus cartas mutuas), y los nombramientos para los cargos más importantes de Rusia pasaron a hacerse con arreglo a una única condición: ¿esta persona apoya o denigra a Rasputín?

Y aquí aparece uno de los grandes argumentos del libro: Rasputín fue una causa del desastre, pero también fue un síntoma de un sistema que ya estaba enfermo. La Rusia de Nicolás II, un líder incompetente, que agravó el problema queriendo dirigir él mismo campañas bélicas de gran alcance para las que no estaba preparado, tenía enormes problemas políticos, sociales y económicos. La reciente derrota militar frente a Japón, la revolución de 1905, la debilidad de las instituciones representativas, la corrupción administrativa y, finalmente, las grandes pérdidas humanas durante la Primera Guerra Mundial (sufridas contra Alemania, para más inri el lugar de origen de Alejandra, nacida en Darmstad) habían colocado al régimen ante una crisis cada vez más profunda. Por eso sería un error interpretar el título del libro como si Beevor afirmara que Rasputín, por sí solo, provocó la caída de los Románov. Hablando sobre sus libros anteriores sobre la Revolución Rusa, ya explicaba que la situación era «pre-revolucionaria» antes de que Rasputín adquiriera una posición relevante en la corte. Su importancia estuvo en otra parte: aceleró y concentró las contradicciones del régimen, dando al pueblo ruso un nombre concreto sobre el que dirigir su rabia.

El ejemplo más evidente fue el rumor de la amistad entre Rasputín y Alejandra, que dio lugar a innumerables historias sobre una supuesta relación sexual. Beevor considera que aquellas historias (fake news llega a llamarlas en el libro) fueron mucho más importantes políticamente que su veracidad. La observación resulta especialmente interesante porque convierte el libro en algo más que una biografía. Beevor está estudiando el poder político de la percepción. Un régimen no necesita que una acusación sea verdadera para resultar destruido por ella. Basta con que deje de ser creíble. Cuando los soldados, los funcionarios, los aristócratas y la población dejan de confiar en quienes gobiernan, los rumores adquieren una fuerza enorme.

Rasputín fue especialmente peligroso porque mientras Nicolás II se encontraba en el cuartel general durante la guerra en lo que ahora es Bielorrusia, Alejandra quedó mucho más expuesta a las presiones y consejos de Rasputín y de otros personajes de la corte de San Petersburgo, que pasó a llamarse Petrogrado porque lo de “burgo” sonaba demasiado alemán. El llamado «ministerial leapfrog», es decir, el continuo juego de sillas cambiando ministros y altos funcionarios, muchos de ellos decididos por Alejandra (princesa de origen extranjero ella misma), terminó transmitiendo la imagen de un gobierno caótico. Rasputín no controlaba directamente el Estado, pero podía recomendar nombramientos y despidos y así ejercer influencia sobre la emperatriz. El resultado fue una pérdida progresiva de autoridad.

Finalmente, la muerte de Rasputín, en diciembre de 1916, tampoco consiguió salvar a los Románov. Su asesinato fue organizado por miembros de la aristocracia y de la derecha monárquica que creían estar protegiendo al zarismo de una influencia demoniaca. La paradoja resulta extraordinaria: quienes mataron a Rasputín pretendían salvar la monarquía, pero lo hicieron porque ya consideraban que la monarquía estaba en peligro mortal. Apenas tres meses después, Nicolás II abdicó en su hermano, Miguel, en lugar de en su hijo, Alexéi, en contra de las propias normas de su dinastía, cosa que nadie, ni siquiera Miguel, aceptó. La guerra hacía aumentar las dificultades materiales, mientras los rumores sobre la corte destruían la confianza política, hasta el punto de que durante el golpe final, la Revolución de Febrero de 1917, “nadie desenfundó su espada para defender al zar”.

Beevor se interesa también por el carácter casi absurdo de aquella conspiración. La muerte de Rasputín se convirtió posteriormente en una leyenda de resistencia sobrenatural —al veneno, a los disparos de bala y finalmente al agua helada—, pero la realidad fue mucho más confusa y humana. Su asesinato refleja, como el propio régimen, una mezcla de miedo, improvisación, violencia y desesperación a veces cercana a la farsa. Por eso Rasputín y la caída de los Románov funciona mejor si se lee como una historia sobre la fragilidad del poder. Rasputín no fue el arquitecto secreto de la Revolución Rusa. No dirigió a los bolcheviques, no organizó la insurrección y no deseaba destruir el imperio. Su importancia fue más sutil: ayudó a convertir las debilidades privadas de la familia imperial en una crisis pública de legitimidad.

En este sentido, el libro continúa la preocupación de Beevor por las grandes catástrofes históricas sobre las que ha escrito toda su carrera, entre ellas también la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil española: no solo qué decisiones provocan una revolución o una guerra, sino cómo las personas reaccionan cuando las instituciones dejan de funcionar. Rasputín resulta fascinante precisamente porque concentra todas esas contradicciones. Era religioso y libertino, campesino y favorito de aristócratas, monárquico y destructor involuntario de la monarquía. La gran lección de Beevor es, finalmente, que los imperios rara vez caen por una sola causa. Rasputín pudo ser una de las figuras que aceleraron el derrumbe, pero solo pudo adquirir semejante poder porque encontró una estructura política debilitada, una familia imperial aislada y una sociedad sometida a las tensiones de la guerra. Su verdadera importancia no reside, por tanto, en que fuese un «monje loco» capaz de hipnotizar a una emperatriz, sino en que demostró hasta qué punto un régimen puede quedar a merced de un individuo cuando sus propias instituciones han perdido credibilidad. Y ahí reside la vigencia del libro. Beevor no nos pide que creamos en el Rasputín sobrenatural de la leyenda, sino que observemos al Rasputín histórico: un hombre extraordinariamente hábil para comprender a los demás que apareció en el momento exacto en que un imperio comenzaba a perder la capacidad de comprenderse a sí mismo.

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Autor: Antony Beevor. Título: Rasputín y la caída de los Románov. Traductor: Gonzalo García. Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros.

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