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Como árboles que caminan

Hay una poesía que se crea con los ojos y otra que se construye con las manos.

La primera, alza el vuelo, especula, gira y trae de vuelta el contorno preciso, el perfil dibujado de las cosas. Vive en los terrados y azoteas y, en los mejores casos, nutre de símbolos el imaginario del lector.

La otra es el resultado del paciente trabajo que realiza el poeta sobre su propio corazón y sus asuntos. Porque visión no es lo mismo que observación. Quien ve, cree ver o haber visto no necesita nada más. Ahíto, cae a menudo desplomado sobre los surcos irregulares de la vida. Por el contrario, quien observa interroga, deposita la mirada sobre las cosas con humildad y recogimiento, practica la escucha atenta, ese arte cada vez más difícil de hallar y que suele desembocar en aprendizaje fértil, en feraz diálogo con cuanto nos rodea.

La poética que nos propone Javier Gilabert (Granada, 1973) en El magisterio de los árboles (reciente ganador del XXXI Certamen Letras Hispánicas Rafael de Cózar), y siendo más precisos, la que viene practicando desde aquel su primer libro, En los estantes (2019), obedece a la doble vocación que atraviesa su quehacer diario y nutre ambas orillas de su biografía: de un lado, la ejercida como maestro de educación infantil en un centro educativo granadino, y de otra, la de observador del latido profundo del mundo, resuelto en una poesía interrogativa, desnuda de retórica, de corte existencial y transida de ese humanismo convencido y desesperanzado del que hablara Ángel González.

"La primera de las partes rinde homenaje a la figura paterna y a la estupefacción que, pese al tiempo transcurrido, invade al poeta"

Según lo dicho hasta ahora, sumado a la afición del poeta a la horticultura, que practica cuando las otras dos vocaciones mencionadas se lo permiten, puede resultar más sencillo comprender el porqué de este su trémulo, bello, aéreo libro cuyo título, por aquello del diálogo abierto con las cosas que mencionábamos al comienzo, y en virtud del genitivo que contiene, tanto puede interpretarse como magisterio ejercido sobre o a cargo de los árboles. Lecciones de ida y vuelta. Humildad, reconocimiento, aprendizaje.

La primera de las partes rinde homenaje a la figura paterna y a la estupefacción que, pese al tiempo transcurrido, invade al poeta al constatar el inmenso vacío que ha dejado en el centro de su ecosistema emocional su desaparición. Resuelta ya en ausencia, el doloroso sentir deviene memoria estremecida: «Hay árboles que crecen con nosotros. / En el recuerdo arraiga su presencia / y ya nos acompaña para siempre. // ¿Quién no ha trepado nunca / en busca de algún nido, ni convirtió las hojas / que alfombran el otoño en sus juguetes? // La infancia es como un bosque / que se va despoblando con el tiempo».

Giran los ojos del poeta tratando de anclar en el detalle párvulo que ofrezca puerto, amparo y consuelo frente a la puerta cerrada a cal y canto, mas no lo halla: «Podría parecernos que es más fácil / mirar siempre al amparo de la duda, / por si la verdad fuese / al mismo tiempo el faro y el naufragio».

Quizá entonces la vieja perra fiel, la costumbre, podrá brindarnos compañía: «La muerte duele menos / si alcanza la costumbre, / si entorna el tiempo en su bisagra puertas / que dejen entrever de los dos lados / reflejos de una luz que no se extingue».

"Los poemas que constituyen esta segunda parte hablan de árboles y de la transmisión de un legado a las generaciones venideras"

Mas el poeta, tras esta orfandad, este hueco brumoso, esta carne en interrogación vuelta a las nubes en palabras de Cernuda, se abre, en la segunda parte del libro, a la tarea luminosa del amor y el trabajo, categorías ambas que nos constituyen y, pese a todo, arrojan algo de sentido al oficio paciente de vivir.

Mencionábamos antes el desempeño de Gilabert como maestro de unas vidas que se hallan esa tierna fase que agradece la mano firme y sabia de un mentor para un óptimo crecimiento. Oficio, por cierto, que heredó de su padre, lo cual añade densidad semántica al conjunto del libro.

Los poemas que constituyen esta segunda parte hablan de árboles y de la transmisión de un legado a las generaciones venideras (sendos poemas dedicados a sus hijos) y del noble oficio de educar, de podar, de saber escuchar, de acompañar.

Atención, concentración, cuidado, mano que esgrime la herramienta, ojo que escucha las señales depositadas en las hojas y en el tronco. Tal el noble y milenario arte de esculpir un bonsái o escribir un poema: «Esculpir un bonsái es un misterio / que siempre se resuelve con la escucha: / la forma original de cada árbol / tan sólo el árbol puede definirla. // Entonces corresponde al jardinero / buscarla con paciencia, traducir el lenguaje / que solamente puede ser oído / a golpe de silencio y de tijera».

"Enebros, naranjos, castaños, jazmines, ailantos, higueras conforman el pacífico ejército que acompaña al poeta"

La entrega a esa labor ensimismada no impide al poeta ser deslumbrado por corazonadas provenientes de una lluvia interior nunca del todo erradicada: «O puede que observemos a los árboles / como se escruta un niño ante el espejo, / quizá por ese ámbar silencio de la savia, / o por su parecido con la muerte».

Tampoco, entre breves poemas y destiladas perlas de sabiduría oriental, atender al alumno díscolo, reacio a la pedagogía horticultora del autor: «El granado es salvaje, casi indómito. / Desafía al espacio con mil ramas / que hiende como agujas en el aire. // Acostumbra a crecer a su albedrío / y me obliga a cuidarlo más que al resto».

Enebros, naranjos, castaños, jazmines, ailantos, higueras conforman el pacífico ejército que acompaña al poeta mientras sigue tejiendo y destejiendo dudas, preguntas, milagro y asombro: «Justo un año después de que te fueras, / hoy vuelvo a ser un niño / que mira al horizonte. / Desde entonces, el tiempo / parece no avanzar. / Me miro y veo a mi hijo / tratando de entender / el porqué de las cosas. // Al menos sigo aquí / y puedo confersarle / que, pese a ser su padre, / no alcanzo a discernir / ni siquiera el milagro de la lluvia».

Finaliza el autor su poemario frente a la lumbre, dejando testimonio, a la manera de Quevedo, de la ceniza que nos aguarda: «No sé, quizá es la luz, / o el íntimo susurro del rescoldo, / pero algo hay en las ascuas que seduce / e infunde en quien las mira / la extraña sensación de estar en paz. // El árbol que ahora somos / no es más que la ceniza que seremos».

«Veo hombres, pero como árboles que caminan», responde el ciego de Betsaida, en el Evangelio de Marcos, tras ser sanado por Jesús.

Tal es también, quizá, el hermoso magisterio que nos ofrece en este libro Javier Gilabert.

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Autor: Javier Gilabert. Título: El magisterio de los árboles. Editorial: Espuela de Plata. Venta: Todostuslibros.

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