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Apostillas imposibles a La odisea

Apostillas imposibles a La odisea

Imagen de portada: Ulises y Telémaco matando a los pretendientes de Penélope, 1812, Thomas Degeorge, Clermont-Ferrand, Musée d’art Roger Quilliot

Sobre ese ombligo de los mares, en esa isla cuajada de árboles”. La odisea.

El dios que sacude y domina a la tierra tomó la figura de Enipeo para tenderse cerca de ella y el oleaje creciente en torno a ellos se alzó tan alto como una montaña sobre la arena de la desembocadura y sus volutas ocultaron al dios y a la mortal. Poseidón desató el ceñidor de la doncella y le infundió un dulce sueño. Una vez cumplidos sus amorosos deseos, el dios, tomándole de la mano, le dijo: ¡Bienaventurada seas mujer! Antes de terminar el año nacerán de nuestra unión unos hijos hermosos, pues el amor de un dios nunca es estéril.” La Odisea.

Más de tres milenios han corrido de la composición de la Ilíada y la Odisea por el poeta Homero, responsable de haber fijado en su memoria estas historias épicas transmitidas de generación en generación hasta alcanzar su preservación y fijación en el siglo VI a.C. con Pisístrato, como señala Jacqueline de Romilly. Este tipo de rapsodas siguen existiendo en nuestros días, claro que ninguno es el poeta de Esmirna. Basta tener en cuenta los de Jaipur, que recitan de memoria composiciones épicas locales del Rayastán, o los coros femeninos búlgaros con sus cantos de poemas ancestrales, de los que da cuenta Ryszard Kapuściński en su Lapidarium IV. Leer las obras del excelso ciego debería ser una prioridad para nuestros sistemas educativos, pero los charlatanes del currículo moderno, toda la pandilla didáctica que se lució con la mojiganga de Bolonia, ha estado bombardeando de competencias y ejes transversales a la aldea global y ha logrado que nuestros graduados sean lectores inexistentes cuando no analfabetos funcionales. Olvidémonos del Bildung humboldtiano. Leí los dos poemas en el bachillerato y me tocó revisitarlos en Literatura Clásica en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, la entrañable materia que daba el claretiano Basilio Tejedor. Como individuo inmune al veneno de la pedagogía contemporánea, Tejedor hacía unos exámenes muy puntillosos, en los que pedía describir minuciosamente los cantos de los poemas para demostrar que se habían leído. Quizás se proponía reiterar lo que se realiza en la Odisea, en la que el aedo “teje” y repite las hazañas de Ulises en la Guerra de Troya, así como el propio héroe cuenta y recuenta sus propias aventuras y desventuras tanto en el palacio de Alcínoo como frente a Penélope. He releído la obra a propósito de la película de Christopher Nolan, que comentaré al final de este ensayo, y toda relectura me trae de vuelta a Italo Calvino, quien llamaba a desconfiar de quien no releyera. En aquel tiempo había cohabitado con la impecable traducción de Austral por Luis Segalá y Estalella. Esta vez trajiné con la también amena de Felipe Ximénez de Sandoval, cuyas páginas se citan en este ensayo, aunque me hubiese gustado leer la versión del helenista Juan Manuel Macías, pero esa edición no ha llegado a las costas de mi país.

"Ulises tiene un protagonismo versátil o una identidad ampliada: la del héroe, la del narrador y la del gobernante"

Ulises tiene un protagonismo versátil o una identidad ampliada: la del héroe, la del narrador y la del gobernante. Este narrador invita a los demás a rememorar para sentirse movido en su testimonio interno. Cuando Demódoco cuenta la crónica de Ulises, este no resiste la emoción y se siente más que nunca retado una y otra vez a ese relato que lo animará para su vuelta al hogar extrañado. Ulises es un hombre conmovido y alienta esa sacudida sentimental cuando se dirige a Demódoco en la nación de los feacios. Al oírse representado en los versos del rapsoda, cubre su rostro con un manto para que los demás no vieran correr sus lágrimas. Retornar para Ulises es rehacer su identidad, afirmar su destino que ufana el prestigio del héroe, volver a ocupar el trono de Ítaca y avalar su estirpe. Contarlo es cerciorarse de que los hombres conozcan su hazaña, que la palabra rodee la realidad, que sus adversidades aleccionen a los demás, y que su ejemplo sobreviva lo largo de los siglos:

“… cuéntanos la historia del caballo de madera construido por Epeo con la ayuda de Atenea, y cómo el divino Ulises lo introdujo en la ciudad con su cargamento de guerreros que destruirían Troya. Si eres capaz de narrarnos esa historia, yo proclamaré en todas partes que un dios te protege e inspira tu cántico divino. Habló así, y el aedo, bajo un divino impulso, preludió primero y luego tejió su himno.” (Homero, La Odisea, EDAF, Madrid 1967, p. 794)

Ulises y Circe, pintura de Jan van Bijlert

La necesidad de Ulises de la vuelta es el eje de la preocupación del héroe después de la guerra de Troya, pero ese héroe es el destinatario de la venganza de los dioses por sus querellas, que harán que tarde más de diez años en alcanzar su meta. Ulises necesita redimir su rol, afirmar su identidad noble, recuperar a Penélope, garantizar que Telémaco lo suceda en el reino y ocuparse de los suyos. Ejercer el reino y el gobierno. Digamos que el destino final de Ulises en devolverse el ejercicio del poder quiere construir su concepto de ejemplaridad pública, que ha desarrollado mejor que nadie Javier Gomá Lanzón cuando invoca en Aquiles en el gineceo el caso del pélida. De acuerdo al oráculo, para ganar la guerra de Troya era necesaria la participación de Aquiles. Tetis, su madre, lo sabe y lo oculta en un gineceo, casa de la antigüedad griega reservada a las mujeres. Si Aquiles no participaba viviría una vida eterna sin tropiezos, pero si luchaba tendría una vida heroica y corta. Ante la necesidad de contar con su presencia, el cauteloso Ulises asegura una estratagema que le haga conocer su destino. Gomá lo condensa en varias frases fulgurantes en las que apareja la mortalidad y la finitud como destino y obra glosando el cuadro de Rubens y Anton van Dyck en el Prado que reproduce la escena mitológica:

“El cuadro del Prado muestra precisamente el momento de la decisión trascendental de Aquiles, inducido por Ulises. Éste ha llegado a conocer dónde se oculta el joven héroe y, mientras la armada griega espera expectante, idea un plan para burlar la vigilancia y poder entrar en el gineceo, vestido de mercader. (…) Una vez dentro, las alhajas que extiende sobre una manta atraen la atención de las mujeres que, excitadas, corren a rodearlo, seguidas del hijo de Tetis, momento que el astuto Ulises aprovecha para hacer sonar una trompeta, llamándolo a la guerra. Ésa es la escena del cuadro, cuando Aquiles, dominado por un ardor bélico irresistible, empuña la espada, descubriendo su identidad al mismo tiempo que resolviendo el dilema a favor de una vida breve con gloria, a favor, en suma, de la finitud. Deidamía, la hija del rey y señora del gineceo, que en el cuadro aparece embarazada de Aquiles, comprende al instante que ha perdido a su enamorado para siempre, y por eso es representada pálida y abatida, con la mirada baja y asistida en su desolación por otras damas, sin que el gesto de su mano izquierda, que amaga un intento de retenerlo, sea otra cosa que un reflejo que ella misma sabe inútil.” (Javier Gomá Lanzón, Aquiles en el gineceo, Taurus, Madrid 2015, p. 21-22)

"Circe, tan sagaz como nuestro héroe, también es sorprendida por la inteligencia de Ulises y pretende desmontarle su treta con su encanto erótico, al reparar que no ha caído en su trampa como sus marineros"

Sobre el Ulises narrador hay muchas páginas en la obra en que debe hacerlo, en la corte de Alcínoo, para disimular su identidad frente a Eumeo, el porquerizo, ante su propio hijo Telémaco, a quien trata de engañar para disimular su identidad. No olvidemos que a Ulises, ya en Ítaca, le ha sido dado el aspecto de un anciano por Atenea. A Penélope le cuenta sus memorias a su reaparición desde su aspecto fingido y ya con su identidad recuperada, y hasta a su propio padre, Laertes, con quien termina la obra cuando los dioses evitan una nueva conflagración luego de que Ulises ha dado muerte a los pretendientes y colgado a las esclavas traidoras. A la propia Atenea pretende deslumbrarla con sus invenciones para proteger su identidad, al punto que la diosa llega a recriminarlo:

“¡Sólo un dios podría superar tus astucias de toda clase, embustero bellaco! ¡Eres un infatigable trapacero, ávido de mentiras” … ¡De vuelta en tu patria no eres capaz de renunciar a los cuentos y engaños que desde la niñez cultivaste!” (Homero, 886)

Penelope and the Suitors, John William Waterhouse

Circe, tan sagaz como nuestro héroe, también es sorprendida por la inteligencia de Ulises y pretende desmontarle su treta con su encanto erótico, al reparar que no ha caído en su trampa como sus marineros, pero la lujuria que le desata el navegante termina traicionándola al acordar un juramento de respeto a Ulises y sus hombres. Circe sucumbe ante el amor por Ulises, protegido por el compromiso de la diosa. Valiéndose del pacto sagrado, Ulises la hace suya y quiebra su voluntad, que luego utilizará para proseguir su viaje:

“¿Acaso eres Ulises, el de las mil astucias, del que el dios de los claros rayos y el caduceo de oro me habló siempre, anunciándome que llegaría aquí en su negra nave al regreso de Troya? … Si es así, envaina tu espada y vámonos al lecho. Unidos y convertidos en amantes sobre él, podremos en adelante fiarnos el uno del otro” (Homero, 825).

"Luego de sortear todas los infortunios, terminará pasando siete años con Calypso, en que es rodeado de atenciones, pero junto a una tristeza desconsoladora por la impotencia de no poder repatriarse, manifestada en sus lágrimas diarias"

La sabiduría de la hechicera y bella Circe, al igual que Calypso, también de una belleza sobrecogedora (Ulises le dice a Calypso: “Penélope no te puede igualar ni en hermosura ni en grandeza, pues solo es una mortal, y tú jamás conocerás la vejez ni la muerte” (Homero, 746)), con quien Ulises convive un año, se mantiene clara mientras Ulises ocupa su casa, y termina por aleccionar a Ulises cuando le advierte de la necesidad de visitar el Hades y escuchar el vaticinio de Tiresias, lo previene de Escila y Caribdis, de las sirenas, y de no tocar en la isla de Trinacria los rebaños del sol. Circe se convierte en aliada del periplo de Ulises. Luego de sortear todas los infortunios, terminará pasando siete años con Calypso, en que es rodeado de atenciones, pero junto a una tristeza desconsoladora por la impotencia de no poder repatriarse, manifestada en sus lágrimas diarias. Circe define la personalidad de Ulises con severidad, ante la insistencia de Ulises de luchar contra los monstruos de los que ha sido alertado:

“Quiero que me digas francamente, diosa, si al evitar perecer en el escollo de Caribdis podré atacar al otro monstruo cuando le vea apoderarse de mis compañeros”. Dije así, y respondió la divina criatura: “¡Tú no ves, pobre amigo, más que guerra y lucha por todas partes! ¿Es que no quieres ceder ni ante los dioses inmortales? Escila no puede morir. ¡Es un mal eterno, un azote terrible, un monstruo intocable! La fuerza sería inútil: no hay más medio seguro contra ella que la huida” (Homero, 856).

"El instante más extraordinario de la Odisea es la visita de Ulises al Hades, porque se desencadena inevitablemente la claridad de espíritu que genera la tragedia"

El instante más extraordinario de la Odisea es la visita de Ulises al Hades, porque se desencadena inevitablemente la claridad de espíritu que genera la tragedia. La tragedia posee la capacidad de crear lucidez frente el sufrimiento y el destino, define la tensión entre creación y destrucción, y la respuesta heroica que afirma la vida a pesar de los obstáculos. La tragedia otorga una clave de comprensión en que la catástrofe y la pérdida preservan finalmente la inteligencia. Dos circunstancias hacen imposible y posible la llegada a Ítaca. la primera se desata cuando Ulises y sus hombres han incendiado el ojo de Polifemo, el cíclope hijo de Poseidón. Ulises está orgulloso de haberlo cegado y grita a viva voz que ha sido él quien lo llevado a cabo. La desmesura, el orgullo y la hybris (βρις, a la que el templo de Apolo en Delfos condena) de Ulises agitan la ira del ciego, quien suplica a su padre por el castigo:

“¡Óyeme, Poseidón, señor de la Tierra, deidad de cabellera azul! ¡Si verdaderamente soy tu hijo y tú te enorgulleces de ser mi padre, concédeme que nunca vuelva a su patria este saqueador de Troya, ese Ulises, hijo de Laertes que tiene su morada en Ítaca! ¡O por lo menos, si la suerte le permite reunirse con los suyos y volver a su mansión en la tierra de sus antepasados, haz que sea después de padecer grandes tormentos, sobre una nave prestada, después de haber perdido a todos sus compañeros, y sólo encuentre calamidades en su casa!” (Homero, 813).

Odiseo y Nausícaa, de Joachim von Sandrart

"La visita al Hades, culminación del ciclo infernal que atraviesa en su tragedia personal, abre los ojos e ilumina a Ulises. Esta obra es una clara antecesora de la Divina Comedia"

La visita al Hades, culminación del ciclo infernal que atraviesa en su tragedia personal, abre los ojos e ilumina a Ulises. Esta obra es una clara antecesora de la Divina Comedia. Ulises vive su propio Hades, que dura hasta que Atenea convence a Calypso de dejarlo partir. Luego tiene una transición en el palacio de Alcínoo (me resisto a llamarlo purgatorio, pero por motivos prácticos lo encierro en este paréntesis), para finalmente llegar a la liberación-conclusión que implica la venida a Ítaca, bajo el aspecto de un anciano en harapos, la muerte de los pretendientes, la justicia impartida por el rey que ha regresado y el pacto posterior de la paz, signo de un idealismo posible de convivencia que acuerdan los dioses. Contemplar la muerte para reivindicar la vida es lo que terminan exhibiéndole las terribles imágenes del mundo de los muertos que atestigua Ulises: “Al momento vi surgir del fondo del Erebo las sombras de los difuntos que duermen en la muerte: mujeres y mancebos, ancianos abrumados de pesares, tiernas vírgenes que llevaban en el corazón su primer dolor, la muchedumbre de los guerreros caídos en el combate bajo el bronce de las lanzas enemigas” (Homero, 834). Su encuentro con Agamenón, el príncipe de los príncipes, el glorioso atrida mayor, es descarnado, cruel para el recuerdo, y relata su destino retorcido a cargo de Clitemnestra y Egisto. Trescientos años más tarde a la vida de Homero, Esquilo escribió la inigualable obra sobre este asesinato vil, la Orestíada, cuya representación, difícilmente superada por grupo teatral alguno, tuve la oportunidad de ver a cargo del Schaubühne del legendario Peter Stein en 1983. Pero la frase de las frases que marca la cúspide épica y dramática de la obra es la conversación entre Ulises y Aquiles, porque es la mayor celebración de la vida dicha por un muerto, el más ilustre y valiente de los guerreros, el divino Aquiles. Este diálogo, que no es sino la desdicha de un muerto por el hecho de no estar vivo, ha sido malinterpretado, queriendo endilgarle a Aquiles su arrepentimiento por la vida heroica. Nada más lejos de la realidad, porque después del lamento de Aquiles, el héroe pregunta si su hijo ha sabido ser su sucesor en el campo de batalla y también lo hace por Peleo, su padre, a quien quisiera poder ayudar como “en las llanuras de Troya cuando a la cabeza de los argivos daba muerte a los más esforzados guerreros enemigos” (Homero, 848). Las palabras trágicas del semidiós Aquiles desde el Hades encarnan un nuevo nacimiento para Ulises: el respeto a la vida y su apreciación desde el campo de la muerte para consagrarse en el regreso, aprovechar su experiencia y cumplir el deber que le exige su ejemplaridad. Aquiles le recuerda metafóricamente a Ulises la vida que le queda e importa:

“¡Oh, Aquiles, hijo de Peleo, el más valeroso de todos los aqueos! Vine aquí en busca de Tiresias, para que me enseñara el procedimiento para volver a mi rocosa Ítaca, pues todavía no he logrado regresar a la Acaya; víctima de innúmeras calamidades, no he puesto pie aún sobre mi tierra. En cambio, Aquiles, ¿se ha visto o se verá jamás felicidad igual a la tuya? Antes, cuando vivías, todos nosotros los guerreros de Argos te honrábamos como a un dios, y hoy te veo en estos lugares ejercer el poder sobre los muertos. ¡Para ti, Aquiles, incluso la muerte carece de tristeza! Así dije, pero al instante me dio esta respuesta: ¡No trates de disimularme la muerte, noble Ulises! ¡Mejor quisiera ser guardián de bueyes y vivir sirviendo a un pobre labrador sin recursos que reinar sobre los muertos, sobre este pueblo sin vida! ¡Háblame, por favor, de mi ilustre hijo! ¿Supo ocupar mi puesto en el frente de batalla?” (Homero, 847).

"Hay que darle las gracias a Christopher Nolan, quien a pesar de su disparatada película ha puesto al orbe a conversar sobre la Odisea. Nunca hay que caer en la golosa tentación de comparar una película con un libro porque son códigos distintos"

Hay que darle las gracias a Christopher Nolan, quien a pesar de su disparatada película ha puesto al orbe a conversar sobre la Odisea. Nunca hay que caer en la golosa tentación de comparar una película con un libro porque son códigos distintos: el uno es visual y fílmico y el otro literario. Cuando a Jorge Luis Borges se le acercó un cineasta a plantearle que iba a llevar al cine su cuento “El muerto”, de ese “mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; al que una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente”, el maestro Borges le pidió que filmara su versión y no se preocupara por complacer al autor. Una cosa es esa y otra una película que altera los valores originarios del poema épico con su modo certero y contemporáneo de crear una nueva odisea que no tiene nada que ver con el espíritu de la original y dónde se cuela un discurso anti belicista que carece de sentido común con los valores griegos del héroe. La escena preliminar de Ulises y Penélope en el lecho apostando a desestimar a Agamenón y huir como unos quinceañeros es una falta de respeto a todo el concepto del honor griego que define nuestra civilización. La conclusión en que a Telémaco lo hacen rey y Ulises y Penélope abandonan Ítaca es indignante e impropia. Ningún rey desatiende su reino y menos Ulises, cuya intención de héroe civilizador es tornar a su nación y ocuparse de los suyos, pero no, Nolan los manda de luna de miel. Es irritante que el film se convierta en un modo de vender los valores del planeta americano. Ganará todos los premios y los comechicles de California que gritan “fuck off”, como en la cinta, aplaudirán a rabiar. No obstante, todo esto, gracias muchas veces, Christopher Nolan. Ojalá tengamos muchos como tú que nos hagan abrir los grandes libros para coincidir o llevarte la contraria.

La Odisea (Christopher Nolan, 2026)

"La Odisea es la aventura perenne, el hombre que se mira en el eterno retorno a su lugar de origen, es la representación del exilio, de quien ha sido arrancado de su patria y vive entre idiomas y gentes extrañas añorando devolverse"

La Odisea es la aventura perenne, el hombre que se mira en el eterno retorno a su lugar de origen, es la representación del exilio, de quien ha sido arrancado de su patria y vive entre idiomas y gentes extrañas añorando devolverse. Es la obra que se repite dentro de nosotros cuando giramos sobre los múltiples viajes alrededor de nuestras vidas y tratamos de conseguir desde lo imposible hasta lo posible. En cada uno de nosotros hay un Ulises universal que intenta ser sabio o astuto, pero que muchas veces se equivoca y tantas veces llora, como el héroe que nos define. Harold Bloom dice que Ulises es el personaje más reiterado de la literatura y vuelve a nacer en muchos otros, como Virgilio, Dante, Goethe o James Joyce. La obra posee los tres elementos que exige Bloom para toda realización escrita: poder cognitivo, capacidad metafórica y exuberancia en la dicción. Sus frases inmensas nos llenan de una alegría poco frecuente en la felicidad literaria. La descripción del comienzo de viaje de Telémaco cuando su navío se hace a la mar y se dirige a la corte de Menelao a averiguar sobre la suerte de su padre constituye una juntura de frases pensadas para sobrevivir estéticamente a todos los tiempos:

“Telémaco, diligente, ordenó la maniobra y los tripulantes correspondieron a su diligencia. Izaron el abeto del mástil, colocándolo en el agujero de la crujía. Tensaron los estayes, y la driza de cuero izó las blancas velas. La brisa tropezó con la tela, hinchándola, y la nave emprendió el rumbo entre el hervor del oleaje que silbaba bajo la quilla. Una vez recogidos los remos a lo largo de la negra nave, levantaron las cráteras rebosantes de vino para hacer libaciones por los dioses inmortales y de manera especial por la hija de Zeus, la virgen de los ojos glaucos” (Homero, 684).

Es el poema de las diosas eróticas, las reinas sensuales a quienes queremos abrazarles las rodillas. Es la fábula de los pueblos comedores de pan, bebedores de vino dulce como la miel, de hospitalarios que no te preguntan el nombre hasta haberte servido y dado de comer. Con estas apostillas imposibles que son apenas una vista panorámica a estas islas de cabras y de olivos, de playas de gigantes, comedores de loto y cíclopes inamistosos devoradores de hombres, nos tratamos de acercar, una vez más, a estos nobles guerreros del origen de la civilización frente a los que caemos de rodillas ante la emoción, fortaleza y poesía de sus versos.

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