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Blade Runner, Ridley Scott y los replicantes demasiado humanos

Blade Runner, Ridley Scott y los replicantes demasiado humanos

Blade Runner vino al mundo con el inconfundible aroma de los clásicos. Todo en ella la sitúa en el territorio de la leyenda: esas imágenes noctívagas de la deshumanizada ciudad de Los Ángeles, el hastiado y atribulado cazarreplicantes Rick Deckard, los inquietantes escenarios de la Tyrell Corporation, el inolvidable monólogo final del Nexus-6 Roy Batty mientras exhala sus últimos estertores, la sugerente y melancólica música de VangelisRidley Scott no pudo iniciar mejor su carrera como director de cine. El británico, tras una exitosa trayectoria como publicista, dio el salto a la gran pantalla con la apasionante Los duelistas, un relato de inspiración conradiana sobre dos espadachines enfrentados de por vida. Después llegó Alien, la aterradora odisea de los pasajeros de la Nostromo, vilmente asesinados por ese vestiglo biológicamente perfecto llamado xenomorfo. La expectación era máxima cuando se anunció que el siguiente proyecto de Ridley Scott sería la adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la célebre novela de ciencia ficción escrita por Philip K. Dick.

Cuando Blade Runner se estrenó, allá por 1982, el público no simpatizó en exceso con la propuesta. Algo parecido ocurrió con La cosa, de John Carpenter: ambas son consideradas hoy películas de culto, aunque su estreno comercial fue decepcionante, quizá porque la cinefilia de aquel entonces buscaba escenarios de ciencia ficción menos estremecedores y más luminosos, al estilo de E.T., el extraterrestre, la no menos mítica película de Steven Spielberg. En cualquier caso, con el transcurso de los años, Blade Runner ha ido ocupando un lugar privilegiado en la historia del cine. Podríamos decir, robándole la expresión al filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, que el filme de Ridley Scott estableció un paradigma que aún hoy sigue vigente dentro del género de la ciencia ficción, hasta el punto de que buena parte de las películas producidas con posterioridad se han mirado, de una u otra manera, en el espejo de Blade Runner.

"La tensión filosófica que plantea la película surge del enfrentamiento que Deckard mantiene con los replicantes"

La sinopsis de la cinta es harto conocida. En el año 2019, la ciudad de Los Ángeles se ha convertido en una suerte de nueva Babel bíblica, una urbe en la que reina el caos lingüístico, circunstancia que aísla a una población cada vez más deshumanizada e incapaz de establecer vínculos humanos duraderos. En este contexto, un grupo de replicantes Nexus-6, una generación muy avanzada de robots prácticamente idénticos a los seres humanos y destinados a trabajar en las colonias del espacio exterior, regresa a la Tierra para conocer a su creador, Eldon Tyrell. Su propósito es reclamarle más tiempo de vida, pues, transcurridos cuatro años desde su fabricación, su existencia llegará irremediablemente a su fin. El cazador de replicantes Rick Deckard, el blade runner encarnado por Harrison Ford, recibe la misión de retirar —léase, asesinar— a estos androides rebeldes, dotados de conciencia humana y cuya única culpa es la de aferrarse a la vida.

La tensión filosófica que plantea la película surge del enfrentamiento que Deckard mantiene con los replicantes. En los primeros compases del filme, el blade runner no muestra excesivos escrúpulos morales mientras lleva a cabo su cometido: retirar a los robots. Sin embargo, su percepción comienza a transformarse cuando conoce a Rachael, una mujer que ignora que es una replicante y a la que Deckard somete al célebre test Voight-Kampff, la única prueba capaz de distinguir a los seres humanos de las máquinas. Deckard termina enamorándose de ella y descubre que sus sentimientos, lejos de ser simples implantes, poseen una autenticidad incuestionable. En consecuencia, toda su concepción del mundo se desmorona como un castillo de naipes.

"La película de Ridley Scott refleja con notable precisión las tesis heideggerianas de la angustia producida por el ser-para-la-muerte"

¿Ha pasado toda su vida retirando —es decir, asesinando— a seres que manifiestan un comportamiento profundamente humano? Si las máquinas son capaces de amar, odiar, llorar o reír; si los replicantes, en definitiva, experimentan los mismos sentimientos y emociones que los seres humanos, ¿qué estatuto ontológico les corresponde? ¿Deben ser considerados personas o, por el contrario, han de ser tratados como simples máquinas desprovistas de dignidad moral, reducidas a meros instrumentos al servicio de los intereses de sus creadores?

A mi juicio, la película de Ridley Scott refleja con notable precisión las tesis heideggerianas de la angustia producida por el ser-para-la-muerte. Resumiendo mucho, el autor de Ser y tiempo venía a decir que el Dasein, el ser-ahí, es decir, el sujeto humano, padece una insondable sensación de desamparo y de angustia cuando ignora que es, ante todo, un ser-para-la-muerte. En cierto momento de su tratado ontológico, Martin Heidegger aseveraba que, a lo largo de nuestra vida, se nos ofrece una amplia panoplia de posibilidades, de manera que podemos orientar nuestra vida a una determinada profesión, nos podemos decantar por un concreto círculo de amistades y podemos aferrarnos a una cierta ideología o concepción del mundo. Todas estas opciones son posibles y contingentes; en cambio, hay una única posibilidad que se presenta como inevitable: la muerte, el hecho de que, en determinado momento, nuestra vida se acaba. En los primeros compases de la película, los replicantes Roy Batty y Leon Kowalski asaltan el taller en el que un operario fabrica las distintas piezas de las que se componen los robots. Su objetivo es someterlo a un duro interrogatorio para averiguar la manera de infiltrarse en la Tyrell Corporation, la fábrica en la que han sido desarrolladas todas las máquinas humanas. Su deseo no es otro que saber cuánto tiempo les queda de vida, conocer a su creador para descubrir si existe alguna manera de reprogramar su sistema operativo de tal forma que su corazón no deje de latir a los cuatro años de existencia. Merced a una hábil estratagema, Pris y Roy logran seducir al valetudinario J. F. Sebastian, un inofensivo fabricante de juguetes aquejado de una extraña patología que envejece prematuramente su cuerpo. Este, seducido por las portentosas habilidades físicas de los replicantes, decide ayudarlos a entrar en la Tyrell Corporation, engañando al dueño de la factoría y presentándose en su casa a altas horas de la madrugada con el pretexto de una supuesta victoria en la partida de ajedrez a distancia que ambos disputan. Llegados a este punto, asistimos a una de las escenas más sugerentes e inquietantes de la película: Roy Batty se entrevista con su creador y le exige más tiempo de vida. Sin duda, Eldon Tyrell —personaje, por cierto, interpretado por Joe Turkel, el célebre barman de El resplandor que conversaba con Jack Torrance— aparece como un auténtico Dios, pues, no en vano, es el creador de Roy, ¿y qué clase de Dios no puede enmendar su creación mediante la realización de un milagro? En cierta manera, el Nexus-6 le demanda a su Dios un verdadero milagro, pero Tyrell rehúsa la petición afirmando, tajantemente, que una vez se ha programado la vida de un replicante, cualquier intento de modificar su sistema operativo será en vano. Se podría decir que Tyrell es una suerte de Dios spinozista, pues es sabido que el filósofo judío afirmaba que Dios no podía obrar milagro alguno: si Dios es perfecto, ¿cómo es posible que su obra sea imperfecta? Los milagros, a la postre, remarcarían la imperfección de la presunta perfección divina. Encolerizado por la respuesta de su Dios, Batty consuma su asesinato nietzscheano, transformándose, en consecuencia, en el no menos nietzscheano superhombre, ese individuo más allá del bien y del mal que ama dionisíaca y enfebrecidamente su vida, hasta el punto de salvar la de su implacable perseguidor, el cazarreplicantes Rick Deckard.

"Bajo una persistente lluvia, el Nexus-6 decide salvarle la vida a su contrincante"

Los últimos minutos de Blade Runner son antológicos. Hace unos días, cuando revisaba la película por enésima vez, me percaté, una vez más, del alto vuelo poético que adquieren las escenas finales. Ridley Scott, demostrando de nuevo que no hay nadie como él en lo que a la creación de atmósferas caliginosas se refiere, orquesta una inolvidable persecución en los intersticios de un derelicto edificio. Bajo una persistente lluvia, el Nexus-6 decide salvarle la vida a su contrincante. Deckard, a punto de caer al vacío después de aferrarse a una inestable viga, es rescatado por el musculoso Batty, quien, sabedor de que su vida se acaba, decide obrar —ahora sí— un verdadero milagro. Acepta que es un ser para la muerte y, precisamente por eso, se convierte en un ser para la vida al salvar a un sorprendido Rick Deckard. El final ya lo conocemos todos: “he visto cosas que no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orion. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

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Ignatius
Ignatius
9 horas hace

Esta es una cruzada personal.

En el doblaje de la peli se tradujo “attack ships on fire” por “atacar naves en llamas”, y lo seguís usando. Es horrible y no tiene sentido.

“He visto naves de ataque ardiendo” o “destructores ardiendo” o algo así habría sido mucho más correcto.

Roberto Arizpe Larenas
6 horas hace

“Fue creado a su imagen y semejansa”entonces ese dios imaginario es lo mas parecido a un sicopata…..

Roberto Arizpe Larenas
6 horas hace

La vi en el cine cuando fue el estreno,la tengo descargada.